domingo, 20 de noviembre de 2011

Prima de riesgo


Aquí os dejo un artículo que me pasó un amigo. Creo que no tiene ningún desperdicio.
Alemania lleva año y medio jugando con las primas de riesgo de los demás, pero el peligroso experimento parece habérsele ido de las manos. Lo que empezó siendo una estrategia para imponer disciplina en la zona euro ha acabado provocando una estampida inversora que deja sin financiación a empresas, bancos y Estados y alienta las dudas sobre la supervivencia del euro.
El 60% del PIB de la zona euro (España, Italia, Francia, Bélgica, Grecia, Portugal e Irlanda) se encuentra ya aquejado por un virus que la irresponsabilidad de Berlín, la negligencia de Bruselas y la indiferencia de Fráncfort han transformado en amenaza letal para la economía del planeta.
Ayer mismo, el presidente de EE UU imploró de nuevo a Europa una solución a la crisis de la deuda soberana. "Es un problema de voluntad política, no técnico", tuvo que recordar Barack Obama. Y, en palabras que deberían haber dicho el presidente de la Comisión Europea (José Manuel Barroso) o el del Consejo Europeo (Herman Van Rompuy), el presidente estadounidense rogó a los Gobiernos europeos que demuestren de una vez por todas que "están dispuestos a respaldar el proyecto europeo".
Las crecientes dudas sobre ese respaldo figuran entre las principales causas del actual castigo de los inversores a una Unión Monetaria que se ha colocado a sí misma a merced de los vaivenes financieros. Resulta difícil encontrar precedentes de una crisis alimentada por las mismas autoridades que, teóricamente, deberían combatirla. Pero eso ocurre en la zona euro, donde el principal accionista, Alemania, cuestiona deliberadamente la salud financiera del resto de socios para imponerles ciertas condiciones.
La estrategia se puso en marcha a principios de 2010, cuando se comprobó que Grecia no podría financiarse por sí misma y necesitaría ayuda de la zona euro. A partir de ese momento, la Comisión Europea intentó contener las repercusiones del virus griego en la prima de riesgo de la deuda soberana del resto de países de la Unión, mientras que "declaraciones contundentes desde Alemania empujaban de nuevo los tipos de interés hacia arriba", según un análisis publicado entonces por el Centre for European Policy Studies, un instituto de estudios con sede en Bruselas.
El Gobierno alemán ha reconocido después que las primas de riesgo se han convertido en su principal instrumento de disciplina tras el repetido fracaso del Pacto de Estabilidad. Y Berlín la utiliza sin miramientos, frustrando cualquier relajación en el mercado de la deuda a base de alarmas sobre los ajustes pendientes en algún país o poniendo trabas a los mecanismos de rescate creados por la Unión. Alemania ha llevado su estrategia hasta el extremo de exigir que las emisiones de bonos de los países del euro incorporen a partir de 2013 las mismas cláusulas que alertan a los inversores en países emergentes sobre un posible impago.
Sin cuartel
No ha sido el único susto a los inversores en renta fija, un término que se ha convertido en papel mojado en la zona euro. Berlín también ha impuesto una quita del 50% a los tenedores de bonos griegos y ha dejado claro que la salida del euro es una posibilidad, lo que desencadenaría en el país expulsado una reestructuración de casi el 90%. Para colmo, la Autoridad Bancaria Europea ha obligado a las entidades financieras a computar la deuda pública de la zona euro a precio de mercado, estigmatizando una inversión considerada hasta ahora completamente segura.
El objetivo de Alemania parece ser una reforma del Tratado de la UE que erradique definitivamente los números rojos en la zona euro. Merkel se mostró ayer incluso dispuesta "a perder soberanía" en aras de ese nuevo marco. Y Van Rompuy adelantó ante el Parlamento Europeo que el futuro tratado, negociable durante 2012, podría incluir una mayor integración fiscal entre los países del euro que lo acepten y castigos como la retirada del voto a los socios más díscolos.
La cuestión es si la zona euro llegará viva a ese tratado o reventará con la imparable escalada de los tipos de interés de la deuda soberana. El juego de Merkel con la prima ha llegado tan lejos que incluso Alemania podría acabar pagándolo caro. El presidente del Eurogrupo, Jean-Claude Juncker, lanzó ayer el primer contraataque contra un bund alemán cuya fortaleza parecía incuestionable. "La deuda de Alemania es más alta que la de España 83% del PIB frente al 61%. Es preocupante, pero aquí nadie quiere darse cuenta", declaró Juncker a un diario de Bonn. Si la rebelión se generaliza, quizá Berlín tenga que parar el juego mucho antes de lo que desearía.

Bernardo de Miguel
cincodias.com

viernes, 18 de noviembre de 2011

Egosurfing

La necesidad humana de reconocimiento tiene nombre y características propias para los usuarios de Internet.
 
En 1995, la revista Wired definía por primera vez ‘egosurfing’ como la búsqueda de Internet, en bases de datos, en medios escritos y en otros documentos menciones del propio nombre.

El término ha sido acuñado por Sean Carton, especializado en medios interactivos, y fue añadido al Dicccionario de Inglés Oxford en 2011.

La manera más sencilla de realizar ‘egosurfing’ es ‘googleizarnos’, es decir, buscar nuestro nombre y apellidos en el buscador Google.

Hay un paso más para quienes sienten la necesidad de controlar más de cerca su aparición en la Red, y es crear alertas en Google y Yahoo para recibir un aviso cuando se publican nuevos contenidos relacionados con su nombre.

El que no ha buscado alguna vez su propio nombre en Google, tire la primera piedra. Según una encuesta de 2007 realizada por Pew Internet, al menos un 47% de los adultos que usan Internet ha practicado alguna vez ‘egosurfing’, también conocido como ‘vanity searching’.
 
Fuentes: Muy interesante
© Protestante Digital 2011

jueves, 17 de noviembre de 2011

Menelik


Las trompetas que anunciaban una visita importante resonaron por todo el palacio. El anciano rey, que en ese momento se encontraba sentado en su escritorio, trabajando en uno de los libros en que estaba plasmando su enorme sabiduría, miró extrañado hacia la puerta del balcón, no esperaba visitas.

Pesadamente, se levantó mientras uno de sus súbditos apartaba hacia atrás la enorme silla, regalo del rey de Tarsis hacía ya 20 años. Se encaminó al balcón para comprobar a qué se debía tal revuelo mientras, en voz baja, maldecía. Le molestaba mucho que le importunasen mientras trabajaba. Los siervos ya estaban acostumbrados, la avanzada edad del rey le pasaba factura, y se estaba convirtiendo en un viejo gruñón.

Cuando vio los estandartes que portaban los abanderados, los atuendos de aquellos visitantes, el color de sus pieles, la belleza de los carros, los adornos de los caballos, la exótica belleza de las doncellas que entraban danzando a la ciudad de su padre, se le iluminó el rostro, se le aceleró el corazón. No era posible. Después de tantos años, al fin había vuelto. Ya pensaba que jamás volvería. Aún recordaba las bellas palabras que sirvieron de despedida.

“Volveré, amado mío. A tu lado he aprendido a amar al Dios verdadero, a amar la sabiduría, a amar la prudencia, a amar la vida, a amar a mi pueblo. Contigo he aprendido a amar a un hombre como a mi misma existencia. Amado mío, contigo he aprendido a amar.”

No pasaba un día en que no se le apareciera su dulce mirada, aquella bella cara, tan morena y tan bella como el Nogal tallado. Con aquellos labios de rubí, besándole las palabras que jamás olvidaría. Habían pasado más de 25 años. Seguramente habría envejecido, pero seguiría siendo la más bella de entre todas las hijas de Eva. Cuando una mujer es hermosa, en su vejez, la hermosura solamente crece, pues el corazón indómito de la doncella se transforma en pura dulzura, las arrugas son surcos de amor, las canas son hilos de plata. Lo había visto en su madre, su preciosa madre. Hasta el mismo momento en que murió, ella fue su ideal de mujer virtuosa. Y no solamente por su carácter afable, amoroso, responsable y cariñoso. Sino por su imponente belleza. Cuando una mujer bella, por dentro y por fuera, envejece, los años ponen valor y honra en sus cuerpos.

Ilusionado, dio orden de que le vistieran con sus mejores galas, que perfumaran su maltrecho cuerpo, que cepillaran sus cabellos y aceitaran su barba. Quería ser el rey que su amada recordaba, o al menos parecérsele lo más posible. El enfado y las maldiciones iniciales se convirtieron en ilusión, en esperanza, había rejuvenecido de golpe aquellos 25 años que le separaban de aquella despedida.

Apenas una hora después, el poderoso rey se encontraba sentado en su ornamentado trono. No había ningún trono como aquel en toda la Tierra, como tampoco había ningún reino tan poderoso como el suyo, ni un rey tan sabio gobernando sobre nación alguna de entre los hijos de los hombres. Los soldados, todos con sus armaduras inmaculadas, sus escudos de broce bruñido, sus lanzas esbeltas y recién pulidas, sus cascos dorados, sus capas de lino. Los leones que flanqueaban las escaleras del gran trono brillaban como el día en que fueron esculpidos. El mayor rey del mundo, anciano pero tan ilusionado como un adolescente, contemplaba cómo entraban al salón del trono la corte que portaba tan bello estandarte mientras apoyaba su arrugada mano en el pomo de su preciada espada negra. Las doncellas danzaban, los soldados portaban sus galas, los esclavos traían regalos preciosos que dejaban a los pies del rey. Animales exóticos eran ofrecidos al monarca, oro, plata, piedras preciosas, instrumentos musicales, sedas, perfumes, marfil… Todo era poco para agasajar al más sabio de entre los hombres, al mayor rey, al envidiado de los poderosos.

Cuando el espectáculo de los presentes hubo concluido, entró el portavoz de los invitados, ataviado con una túnica de seda de colores vivos.

- Gran señor, el sabio Salomón, rey de Israel.- El portavoz avanzó lentamente, tan ceremoniosamente como pudo mientras continuó hablando con grandes gritos y mayores aspavientos- Desde las lejanas regiones de África, muy al sur, llega su invitado, el príncipe de Saba, el hijo de la reina Makeda,  ¡el gran Menelik!

Salomón se levantó, sorprendido. Él esperaba a su amada, la reina de Saba, la belleza de ébano. Y en su lugar, se presentaba ante él su hijo.

Entonces entró el joven. Era alto, fuerte, una hermosa cascada de rizado pelo cubría su cabeza, vestía como un rey. Su piel, tostada, era algo más clara que la de sus conciudadanos. Un peto de oro, unos brazaletes de platino, el cinturón con la cabeza de un león. En su frente, una diadema de oro con piedras preciosas adornaba su regia testa. La perilla culminaba en un aro de oro. Muslos fuertes, mirada inteligente, andar seguro. Aquel era el digno hijo de su poderosa y bella madre. Avanzó con andar firme, denotaba prudencia y decisión. Se paró frente al rey, hincó su rodilla en tierra y miró a los ojos al anciano.

-Gran rey Salomón, soy Menelik, hijo de Makeda, reina de Saba.- Sostuvo la mirada al rey, que permanecía de pie, con una mano apoyada en el trono y la otra sosteniendo aún el pomo de la espada. Levemente y por una fracción de segundo, al príncipe se le fue la vista al arma. La mirada del rey denotaba confusión.- Vengo en nombre de mi madre, que le guarda mucho respeto, honor y amor. Ella me ha enviado para aprender de tu sabiduría y poder llegar a convertirme en un buen gobernante para mi pueblo, en aquel que la nación de Saba se merece, con el favor de Dios y de los hombres.

Salomón estaba nervioso, muy nervioso. Comprendía perfectamente qué estaba ocurriendo allí. El joven debía contar con veintialgunas primaveras, su tez era clara, mucho más clara que la de su madre, si mal no recordaba. Sus cabellos no eran tan negros. Y lo más inquietante de todo, sus ojos contaban con un brillo, una inteligencia, una sensatez que no venían del sur. Incluso el color de aquellos ojos era exactamente igual al de su padre, David. Menelik, príncipe de Saba, era su propio retoño.

Su madre, la reina de Saba, aquella que había agradado las noches de Salomón, le había llevado ante su amante para que aprendiera del más sabio, del más poderoso, del más ingenioso, del mejor. Los siguientes meses, Menelik los pasó aprendiendo de la mano de Salomón. Era evidente que sabía que se trataba de su auténtico padre, pero en ningún momento le sorprendió, estaba claro que lo sabía desde antes de salir de su hogar. Allí aprendió acerca del dios de los israelitas, del que tanto le había hablado su madre, de las palabras que salían de los labios del Gran Rey, aprendió a resolver conflictos, aprendió nociones de estrategia, de arquitectura, de justicia, de todo aquello que necesitaba para ser un gran monarca cuando volviera a su tierra. Salomón tampoco le reconoció que había descubierto su secreto, pero en cambio le trataba incluso mejor que a sus propios hijos.

Y llegó el día en que Menelik tuvo que abandonar a su padre para dirigirse al sur, al lugar en donde pondría en práctica aquello que había aprendido de mano del mejor. Allí se convertiría en el mayor rey que Saba jamás tuvo, en la envidia no solamente de África, sino de todo el mundo.

Antes de su partida, pidió al rey si podía ordenar construir una réplica del Arca de Dios, de aquel que construyó Moisés en el desierto y que residía en el Templo, del lugar donde habitaba el mismo Dios creador de los cielos y de la tierra. Se lo pidió en nombre del amor que profesaba a su madre, diciendo que a ella le encantaría tener eso para rendir culto al dios que ella había conocido del tiempo que pasó con Salomón, el hijo de David.

Menelik salía, escoltado por miles de soldados, algunos propios, otros enviados por Salomón para guiar al hijo de su amor, y al suyo propio al lugar donde pertenecía. Miles de presentes, símbolo de la amistad de los pueblos y del amor de los gobernantes se dirigían al sur portados por el fruto de su pasión. El corazón de Menelik estaba mucho más que satisfecho. Había aprendido mucho más de lo que esperaba, se sentía preparado para suceder a su madre en la ardua tarea de capitanear a sus muchedumbres hacia un futuro mejor, había aprendido a seguir, respetar y agradar al Dios Verdadero y volvía a casa con el Arca de la Alianza. Con la auténtica. La había cambiado por la falsa en una misión nocturna y cargada de traición, pero así es como debería ser. Había contemplado con sus propios ojos cómo Salomón guiaba a su pueblo tras falsos dioses por influencias de su multitud de mujeres, ese rey no era digno de ser el del pueblo elegido por Dios, él convertiría al pueblo de Saba en aquel en el cual debía caer la bendición de Dios, y convertiría a su pueblo en el elegido por Yahweh de entonces en adelante. Construiría un templo aún más majestuoso que el de su padre y todos se rendirían ante este dios del que le habló su madre. Pero aquello no era todo lo que se había llevado, la traición del hijo secreto de Salomón iba mucho más allá.

Desde su balcón, Salomón veía partir a aquel hijo que, hasta hacía varios meses, ni siquiera sabía que existía, y ahora era tan amado por su anciano corazón como el mismo Jeroboam. Portaba regalos a su amada, la réplica del Arca, soldados, honores. Pero todo era poco. Aquel rey sería sabio, capaz, audaz, poderoso. Aquel rey daría honor a su amada madre, incluso a él, su padre.

Esa misma tarde, Salomón ordenó a sus criados que le vistieran con el atuendo del rey, debía juzgar sobre su reino, esa era su tarea. Cuando fue a completar su regia imagen con la negra espada, símbolo de su poder, el regalo más preciado que le había legado su padre, vio que no estaba. Desesperado, la buscó por todos lados.

El joven se había llevado, rumbo al sur, a las verdes y frondosas tierras de Saba. Salomón supo en aquel momento que, por encima del plan de Menelik de instruirse, de aprender, de conseguir una copia del Arca, por encima del conocimiento o del saber. Aquel era el plan de Makeda. Ella había aprendido cuando estuvo entre sus brazos, alojada debajo de sus sábanas, la importancia de la sabiduría del rey, de su confianza en Dios, de la benevolencia para con su pueblo, pero también había conocido el poder de “La Rosa”. La espada que guía al mundo. Esa mujer le había dado un hijo, un digno hijo, pero le había robado el poder. 

Ahora lo sabía. Aquel reino, el mayor de toda la tierra, hasta ahora seguro bajo su trono, no sobreviviría a él.

Y en el sur se erigiría una civilización, sobre el poder del príncipe y su espada, que se levantaría como un león sobre la tierra, que despedazaría a sus enemigos y que miles de años después seguiría rugiendo con toda su fuerza.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Jotta A.

Hace un tiempo ví este vídeo. Es de un niño que participa en un programa del tipo "Tú si que vales" de Brasil, y la verdad es que no puedo escucharlo sin que se me pongan los pelos de punta. Una voz impresionante, una de las más increíbles que he oído en mi vida, además de cantar canciones con tanto sentido, al menos para mí.

Ahí os lo dejo para que lo disfrutéis.


martes, 15 de noviembre de 2011

El Dinero I: Trueque


Un día había un ganadero que tenía cabras. Se dedicaba a criarlas y a protegerlas. Ponía todo su empeño en que estuvieran sanas y salvas, que crecieran fuertes. Porque él vivía de ellas. 

Entonces se encontró a un agricultor. Este agricultor cultivaba trigo. El trigo sirve para hacer pan, entre otras cosas. Así que el ganadero pensó que sería una buena idea el cambiar alguna de sus cabras para poder tener trigo con el que hacer pan. Así mejoraría su dieta, y podría mojar en el delicioso caldo que dejaba el guiso de sus cabras. Así que llegaron a un acuerdo. 

Entonces conoció a un herrero. Este herrero hacía herraduras y herramientas de todo tipo. El ganadero no necesitaba herraduras, pues no tenía caballos, ni herramientas. Así que el herrero se quedó no consiguió ninguna cabra. Pero el agricultor sí que reclamó sus servicios. Cambió parte de su producción por herramientas para labrar la tierra, y por herraduras para el caballo que tiraba del arado. Entre ellos eran felices, se las arreglaban bien. Entonces llegó un artesano que hacía vasijas que podían utilizar todos para conseguir agua, y se encontraron con un leñador que les aprovisionaba de madera para el invierno y para cocinarse los guisos de cabra con pan que hacían en las cazuelas que hacía mañosamente el herrero. Estaba bien, pero era cada vez más complicado el mercado.

Todo cambió cuando llegó a la incipiente tribu un comerciante. Traía sedas, perfumes y animales de lugares lejanos. El ganadero le compró un paño para su mujer por una cabra, el agricultor adquirió por tres sacos de lana un simpático mono y el artesano cambió una bella tinaja por un frasco de perfume. Entonces el comerciante se dio cuenta que el viaje sería bastante más duro teniendo que cuidar una cabra por el camino mientras cargaba a la espalda dos sacos de trigo y una tinaja. Tuvo tiempo de acordarse de los que le habían vendido todo aquello, incluso de mentar a sus respectivas familias.

Llegó al siguiente pueblo. Era un lugar cercano a una mina de oro. Tenían pequeñas piezas que valían tanto como todo lo que él llevaba pesadamente. Tremendamente cansado del camino, lo vendió todo por unas cuantas piedrecitas de ese material brillante y ligero. Y con ello volvió al pueblo, donde compró el doble de cosas a los aldeanos que, hipnotizados por el dorado brillo, se dejaron cautivar.

Ahora el comerciante tenía 2 cabras, 4 sacos de trigo y 2 tinajas. Había hecho un negocio redondo. Vendió la mitad para comprarle a un carpintero recién llegado al pueblo un carro para que fuera más sencillo el transporte. Usó el carro para llevar sus bienes al pueblo de las pepitas brillantes. Repitió la operación.

Vio que era mucho más sencillo el viaje de vuelta en el que solamente cargaba unas pocas piedrecitas que el de ida, en el que debía encargarse de muchos bienes.

En el pueblo de nuestros amigos, el agricultor invitó a cenar al herrero, que probó el guiso exquisito de cabra con pan untado. Se enamoró del sabor. Él solamente comía pan que le cambiaba el agricultor por sus herramientas. No tenía nada que le pudiera servir al ganadero para que se lo cambiara por una cabra. Entonces recordó la piedrecita de oro que tenía. Había herrado el caballo de aquel comerciante, y a cambio le había dado aquella preciosidad. Quizá el ganadero la quisiera. Realmente deseaba aquel suculento plato de cabra cada noche en su mesa, mesa que había comprado al nuevo, al carpintero, a cambio de un buen martillo, unos clavos y un serrucho. El ganadero, encantado con la oferta del herrero, le cambió la dorada piedrecita por una cabra. De hecho, le ofreció la cabra más gorda de su rebaño si a cambio le hacía una señal en el oro para que todos supieran que era suyo.

Poco a poco, a la gente le fue gustando más y más aquellas piedrecitas que traía el comerciante y que, como a todo el mundo le gustaban, todos las aceptaban. Si el artesano cambiaba sus tinajas por oro al carpintero, y ese oro se lo cambiaba al leñador por madera para cocer sus obras, nadie salía perdiendo, y sin embargo, era mucho más sencillo, el valor de todo era el oro. No tenían que complicarse pensando cuántos sacos de trigo valía cada cabra, o cuantas tinajas se necesitaban para comprar un carro.

Pronto, todos los comerciantes, compraban y vendían en oro, sabiendo que era muy fácil de transportar, a todo el mundo le gustaba e incluso tenían la posibilidad de dejar su señal en él.

Y así nació el dinero.

lunes, 14 de noviembre de 2011

La paradoja


La paradoja de nuestros tiempos en la historia es que tenemos:
Edificios más grandes, pero almas más pequeñas,
Autovías más anchas, pero mentes más estrechas.
Gastamos más, pero tenemos menos;
Compramos más, pero nos alegramos menos.
Tenemos casas más grandes pero familias más pequeñas,
Tenemos más accesorios, pero menos tiempo;
Tenemos más cargos, pero menos mente
Más conocimientos, pero menos juicio
Más expertos y, sin embargo, más problemas
Más medicina pero menos salud.
Bebemos demasiado, fumamos demasiado, gastamos demasiado con demasiada imprudencia,
Reímos demasiado poco,
Conducimos demasiado deprisa,
Nos acostamos demasiado tarde, nos despertamos demasiado cansados,
Leemos demasiado poco, vemos demasiado la tele y rezamos raramente
Hemos multiplicado nuestras fortunas pero hemos reducido nuestros valores.
Hablamos demasiado, amamos rara vez y odiamos demasiado a menudo.
Hemos aprendido cómo ganarnos la existencia pero no cómo vivir nuestra vida,
Hemos añadido años a la vida, pero no vida a los años,
Hemos llegado hasta la luna y atrás pero tenemos problemas cuando tenemos que cruzar una calle y conocer a un vecino.
Hemos conquistado el espacio cósmico, pero no el interior.
Hemos hecho cosas mayores, pero no mejores.
Hemos limpiado el aire, pero hemos contaminado el suelo.
Hemos conquistado el átomo, pero no nuestros prejuicios.
Escribimos más, pero aprendemos menos.
Planeamos más cosas, pero realizamos demasiado pocas.
Hemos aprendido a tener prisa, pero no a esperar.

Hemos fabricado más ordenadores que sostengan más información, que produzcan más copias que nunca, pero nos comunicamos cada vez menos.
Estos son los tiempos de las comidas rápidas y de la digestión lenta; de los grandes hombres y de los caracteres mezquinos, de los beneficios rápidos y de las relaciones superficiales.
Estos son los tiempos en los que tenemos dos sueldos y más divorcios,
Casas más bellas, pero hogares rotos.
Estos son los tiempos en los que tenemos pañales de uso único, moral barata, aventuras de una noche, cuerpos demasiado pesados y pastillas que te inducen a cualquier estado, desde la alegría a la tranquilidad y a la muerte.
Son unos tiempos en los que hay demasiadas vitrinas, pero nada en el interior.

viernes, 11 de noviembre de 2011

El Infierno III: Pagado


Infierno. Es una palabra terrible para designar algo aún más terrorífico. Hemos crecido en un país en que el Infierno y el Cielo ha sido usado durante demasiado tiempo como un medio para atemorizar a la gente y mantener el control sobre la masa. El Infierno al servicio del poder. Durante milenios nuestros antepasados han pensado que era mucho mejor dejar de lado lo que pase en esta tierra, olvidarnos de las injusticias, enfocarnos en lo que pasará después de morir, en cuál es el lugar en que habitarán nuestras almas en el más allá.

La pura verdad es que se ha mentido mucho a lo largo del tiempo en este sentido, se ha falseado lo que decía la Biblia a favor de aquellos que se negaban a soltar ni un ápice de su férreo control sobre sus súbditos. Pero el caso es que todas estas mentiras, todas estas manipulaciones, toda la falsedad que se ha echado sobre el infierno no cambia la realidad de su existencia. Cosa que, por supuesto, no quita valor de lo que ocurra aquí, y no nos autoriza a no preocuparnos por la justicia y el bienestar nuestro y de los que nos rodean.

Hace un par de semanas, tuve una conversación muy interesante con un musulmán. Siempre es de agradecer el encontrarse a alguien que no piensa lo mismo que uno y que, en cambio se ofrece a hablar, a compartir opiniones y creencias en un clima de concordia y respeto. Gran parte de nuestra conversación se basó en el tema de la justicia divina.

Como hablábamos el otro día, el pecado es algo mucho más importante y trascendente de lo que pensamos, se trata ni más ni menos de la falta al mayor ser del universo, a la mayor autoridad, es una falta elevada al infinito. Por lo tanto, la justa paga por esto también debe ser infinita, así es la justicia.

Este chico me decía que cuando haces algo malo, lo que debes hacer es pedir perdón, cosa con la que estoy de acuerdo. Y que si la persona a la que has hecho eso malo te perdona, entonces Dios te perdona, asunto resuelto. En eso ya no estoy de acuerdo. Cuando haces algo mal, no solamente estás faltando a esa persona, también estás fallando severamente a la Ley de Dios. Esto significa que la aparente pequeña falta, se convierte en algo tremendamente grave. Está bien, es más, es necesario, que pidas perdón a aquella persona a la que hiciste algo malo, pero eso no cambia la situación terrible en la que te encuentras por haber faltado a esta ley. En la Biblia dice claramente que la paga del pecado es la muerte. Y no se refiere únicamente a la muerte física, sino a la espiritual. La paga del pecado, como falta infinita y eterna, es un castigo infinito y eterno.

Si Dios se limitara a perdonar los pecados sin más, estaría siendo injusto. El arrepentimiento no es suficiente. Si tienes una deuda con el banco, no basta con que vayas y le pidas perdón al director, debes pagar. Por la sencilla razón que si tu no pagas, ellos tendrán que asumir esa deuda.

Esta es la tremenda diferencia del cristianismo bíblico y el resto de las “religiones”. Mientras el resto de las religiones tratan de salvar este tremendo obstáculo con una serie de “cosas buenas”, conocimientos trascendentes o algún tipo de vía de trascendencia, el cristianismo real parte de la base de nuestra incapacidad de pagar por nuestras faltas, de nuestra imposibilidad de escapar de esta sentencia eterna y justa que pesa sobre nuestras cabezas.

Pero no son todas malas noticias. Es verdad que no podemos hacer nada, es cierto que la justa sentencia que merecemos es el castigo eterno, porque todos somos malos, absolutamente todos. Pero la feliz verdad es que ya está pagado. Es curioso que mientras Jesús, el mismo Juez pagando la justa sentencia, estaba colgado en una cruz hace casi 2000 años, pronunció una frase restringida al mundo monetario y de los banqueros. “La deuda está saldada”.

Ya está. Hecho. 

El infierno es escalofriantemente real. Contra el poder de su fuego, de su justicia, de su potencia no podemos hacer nada, absolutamente nada. Pero lo cierto es que, a pesar que no lo merecíamos, Aquel que debía hacer caer sobre nosotros su justa ira, ya pagó por eso. Con solamente aceptar este regalo de amor, de justicia, de infinita misericordia, el infierno perderá todo su poder, su justicia será satisfecha. Y sus puertas serán cerradas para siempre.

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