En el ártico, hay una tribu de esquimales que han encontrado un método impresionantemente sencillo y eficaz para cazar lobos.
Lo primero que tienen que hacer es afilar un cuchillo con ahínco, el filo tiene que estar muy trabajado. Después deben cazar una foca (cazar focas es relativamente fácil, a diferencia de cazar lobos, que es mucho más complicado y, por supuesto, peligroso). El siguiente paso del proceso es mojar el filo del cuchillo en la sangre de la foca hasta que esté bien empapado, después lo sacan y esperan a que se congele, a continuación repiten lo mismo varias veces más, de tal manera que al final habrá varias capas de sangre de foca congelada recubriendo el afilado filo del cuchillo. Un sangriento “polo” que entierran en la nieve, en algún lugar que sepan que pasan lobos, de tal manera que el filo quede afuera de la nieve. La idea es que el “helado para lobos” quede al descubierto y sea lo más accesible posible para las bestias. Entonces se vuelven a sus casas.
Un lobo llega atraído por el irresistible olor de la sangre en el cuchillo. Para el lobo aquello es un regalo. Lo huele más detenidamente. Realmente es sangre buena, apta para alegrarle la tarde. Comienza a lamer el sorbete de sangre de foca. Le gusta. Conforme sigue lamiendo, su placer va creciendo, al mismo ritmo que su lengua se va enfriando, y, por lo tanto, comienza a perder la sensibilidad.
Después de un rato lamiendo la sangre de la foca, llega al cuchillo tan cuidadosamente afilado. Y entonces es cuando, aunque él no lo sepa, el lobo firma su sentencia de muerte. Con la lengua completamente insensibilizada, roza el filo del cuchillo, corta su propia lengua, y comienza a sangrar. En un principio, para él es una alegría encontrar al fin sangre caliente que corre por su garganta, aparentemente dando nuevas fuerzas a su cuerpo. El descubrimiento de la sangre caliente le da más ansia por seguir lamiendo el manjar que acaba de convertirse en algo aún mejor. Al tiempo que la nueva y caliente sangre llena su estomago, se vacían sus venas, y poco a poco el lobo nota cómo las fuerzas que aparentemente le daba el festín de sangre que se estaba dando le abandonan, dejándolo cada vez más cansado, cada vez más somnoliento, cada vez más derrotado.
Sus últimos pensamientos son de lo rica que está la sangre caliente, de la siesta tan merecida que se va a echar.
El esquimal vuelve al día siguiente, él sabe que su lobo estará ahí, muerto. El lobo sencillamente no puede escapar a esta trampa. Su propia naturaleza le obliga a morir saboreando su propia sangre. No tiene escapatoria.
lunes, 21 de febrero de 2011
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5 comentarios:
Genial tu entrada.Cada criatura es víctima de sus debilidades,que pueden zanjar su vida.Pero estas debilidades,bien utilizadas,enseñan el arte de la precaución.
Un saludo!!
Historias como esta o la de las ranas en el agua caliente nos hacen darnos cuenta de que los humanos somos exactamente iguales con el pecado... En el fondo todos somos bastante parecidos...
Tío Poe,a un lobo disfrazado de oveja,¿como se le caza? Porque el lobo, lobo es, aunque vaya disfrazado de oveja.
Ostia Pozo, que método mas cruel...
Cierto, cruel, pero efectivo. Además, si te das cuenta, el lobo no sufre...
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