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miércoles, 11 de mayo de 2011

¡A la rica anca!

Los entendidos en cocinar ranas lo tienen muy claro.

Cuando quieres cocer una “deliciosa” rana no puedes seguir el método tradicional. Porque si calientas el agua hasta que hierva y hechas al animalillo dentro de la cazuela, lo único que conseguirás será que dé un salto inmenso huyendo despavorida del calor y que te ponga la cocina hecha unos zorros. Al mínimo contacto con el agua caliente, la rana huye con todo su potencial, y este es, saltar. Saltar con todas sus fuerzas y sin miramientos. Después, será divertido ver cómo la persigues por toda la cocina intentando agarrar su resbaladiza piel. Y esto contando que solamente hayas echado una rana al agua. Que como hayas ido esa misma mañana a buscar ranas y hayas conseguido un par de docenas de ellas vas a estar un buen rato persiguiendo ranas por toda tu casa. Si esto sucede, por favor, di a alguien que lo grabe con el móvil y hacedmelo ver. Me echaría unas buenas risas.

Así no se hace. Lo que tienes que hacer para cocinar unas ranas, aunque parezca una paradoja, es hacerlas sentir bien.

Con las dos docenas bien encerraditas en una cesta o una bolsa, pones agua fría en una cazuela. Antes de poner el agua a calentar, introduces las ranitas dentro. Ellas estarán felices y contentas dentro del agua, se sentirán como en casa. El agua está a su gusto y no tienen porqué huir despavoridas. Una vez están dentro, pones el agua en el fuego y comienzas a calentarla. Verás como las ranas no saltan, no tratan de esquivar el líquido elemento. Ellas disfrutan de cómo el agua va calentándose sin darle mayor importancia. Seguramente pensarán que alguien les está invitando a un yacuzzi bien calentito, sin tener que pagar ni nada.

Y así, poco a poco, las ranas van cociéndose hasta quedar en su punto sin que ellas se den cuenta y sin tratar de huir de su funesto final.

Muchas veces pensando en muertes como esta, o como la de aquellos lobos que cazaban los esquimales, me pregunto si es posible que nos esté pasando lo mismo. Si puede ser que alguien o algo nos esté engañando tan lentamente, con unas trampas tan sibilinas, que cuando nos queramos dar cuenta, nuestros propios instintos nos hayan llevado a la muerte, y sin enterarnos de que nos estaban cocinando, hayamos caído en la trampa de quien quiere comernos.

lunes, 21 de febrero de 2011

Cómo cazar un lobo

En el ártico, hay una tribu de esquimales que han encontrado un método impresionantemente sencillo y eficaz para cazar lobos.

Lo primero que tienen que hacer es afilar un cuchillo con ahínco, el filo tiene que estar muy trabajado. Después deben cazar una foca (cazar focas es relativamente fácil, a diferencia de cazar lobos, que es mucho más complicado y, por supuesto, peligroso). El siguiente paso del proceso es mojar el filo del cuchillo en la sangre de la foca hasta que esté bien empapado, después lo sacan y esperan a que se congele, a continuación repiten lo mismo varias veces más, de tal manera que al final habrá varias capas de sangre de foca congelada recubriendo el afilado filo del cuchillo. Un sangriento “polo” que entierran en la nieve, en algún lugar que sepan que pasan lobos, de tal manera que el filo quede afuera de la nieve. La idea es que el “helado para lobos” quede al descubierto y sea lo más accesible posible para las bestias. Entonces se vuelven a sus casas.

Un lobo llega atraído por el irresistible olor de la sangre en el cuchillo. Para el lobo aquello es un regalo. Lo huele más detenidamente. Realmente es sangre buena, apta para alegrarle la tarde. Comienza a lamer el sorbete de sangre de foca. Le gusta. Conforme sigue lamiendo, su placer va creciendo, al mismo ritmo que su lengua se va enfriando, y, por lo tanto, comienza a perder la sensibilidad.

Después de un rato lamiendo la sangre de la foca, llega al cuchillo tan cuidadosamente afilado. Y entonces es cuando, aunque él no lo sepa, el lobo firma su sentencia de muerte. Con la lengua completamente insensibilizada, roza el filo del cuchillo, corta su propia lengua, y comienza a sangrar. En un principio, para él es una alegría encontrar al fin sangre caliente que corre por su garganta, aparentemente dando nuevas fuerzas a su cuerpo. El descubrimiento de la sangre caliente le da más ansia por seguir lamiendo el manjar que acaba de convertirse en algo aún mejor. Al tiempo que la nueva y caliente sangre llena su estomago, se vacían sus venas, y poco a poco el lobo nota cómo las fuerzas que aparentemente le daba el festín de sangre que se estaba dando le abandonan, dejándolo cada vez más cansado, cada vez más somnoliento, cada vez más derrotado.

Sus últimos pensamientos son de lo rica que está la sangre caliente, de la siesta tan merecida que se va a echar.

El esquimal vuelve al día siguiente, él sabe que su lobo estará ahí, muerto. El lobo sencillamente no puede escapar a esta trampa. Su propia naturaleza le obliga a morir saboreando su propia sangre. No tiene escapatoria.

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