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jueves, 12 de enero de 2012

Dios ha muerto


La cosa está mal.

Y no es que esté peor que nunca o que la situación sea completamente novedosa, pero sí que hay algo que se respira en el aire que no se percibía antes. El ser humano parece moribundo, y lo que olemos es el hedor de la putrefacción de sus miembros infectados. Varias veces he descrito algunos aspectos de la ruina moral, económica y social que vive esta humanidad malherida, la manera en que, en plena cúspide de nuestra evolución intelectual, tecnológica y científica, nos hemos dado cuenta de estar al borde de un precipicio, y la fuerza de la inercia nos empuja con tanta fuerza que ya dudamos que haya alguien que pueda salvarnos de esta hecatombe. En mayor o menor medida, esto es algo que cualquiera que se haya parado a pensarlo está de acuerdo. El ser humano agoniza, y se dirige irremediablemente hacia la tumba, desquiciado, abandonado, putrefacto.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿En qué momento se nos fue todo de las manos? ¿Qué hemos hecho tan mal? Pienso que la respuesta la podemos hallar en otra afirmación de una decadencia, de una muerte.

“Dios ha muerto”, afirmó Nietzsche. Este podría ser un resumen bastante eficaz de la sociedad desde el siglo XIX. El ser humano ha llegado al punto de afirmar la muerte de su progenitor, y en base a esta afirmación ha llegado a ser mayor de edad y ha buscado su camino alejado de cualquier rastro de la Biblia. Hemos echado a Dios de nuestras universidades, de nuestros colegios, de nuestras calles, de nuestros corazones, de nuestros televisores, incluso hemos intentado echarle de nuestras iglesias. Total, las iglesias son enormes tumbas de un dios que antaño reinó y hoy hemos conseguido destronar. “Dios ha muerto”. Ya no le necesitamos para explicar el paso de las estaciones, ya no le necesitamos para llegar a existir, ya no le necesitamos para protegernos, ya no le necesitamos para nada, le hemos repudiado. Ahora hemos crecido, somos mayores, orgullosos, fuertes, poderosos. Ya no le queremos. Nos hemos independizado. No hay lugar para Él, y le hemos enterrado.

Así que hemos creado una civilización a nuestra imagen y semejanza, una en la que no tengamos que responder por nuestros errores, una en la que cada vez sea más sencillo hacer lo que nos venga en gana, una en la que la medida de la verdad, de la justicia y de la libertad sea la que nosotros pongamos.

Pero hemos errado profundamente. Pensamos tener edad y madurez suficiente para independizarnos de Dios, supusimos ser lo suficientemente mayores como para guiar nuestro propio camino. Fuimos engañados. Atrapados en nuestra adolescencia, pedimos la herencia a Dios y nos fuimos a gastarla como bien nos vino en gana. Pero olvidamos lo esencial, y es que le necesitamos. La verdad es que enterrar a Dios fue enterrarnos a nosotros mismos.

Y ahora, creyéndonos libres, independientes, fuertes e invencibles, hemos caído, y seguiremos haciéndolo. Ahora, cuidamos a los cerdos de cuyas algarrobas ansiamos llenar nuestros estómagos. Ahora, en medio de nuestra altivez, nos planteamos si no será verdad que hay algo más allá, si es posible que hayamos sido engañados. Atrapados en medio de nuestros excrementos nos paramos a pensar si no sería posible que estuviésemos equivocados y no fuéramos tan adultos, tan capaces, tan independientes como pensamos en un principio.

Ha venido una crisis económica, sí. Pero no es más de una cara de la crisis que tenemos encima, es posible que sea la que nos haga reaccionar, pues nos afecta la zona más sensible y querida, el bolsillo. Pero si el hambre nos hace recapacitar y reaccionar, bienvenida sea.

Porque el hecho es que, por mucho que nos hayamos empeñado en enterrarlo, Dios no ha muerto. Sigue ahí, esperando. Nos hemos empeñado en expulsarlo de nuestras vidas, sin ser conscientes que firmábamos nuestra condena con tinta de oro. Y hoy agonizamos a causa de nuestro orgullo.

viernes, 22 de julio de 2011

I Can Only Imagine

Buenos días.

Hoy escribo deprisa y corriendo porque en breves tengo que irme a trabajar. Siento tener que reducir la frecuencia de publicaciones, pero el caso es que está siendo un tiempo muy liado.

Este verano está siendo muy especial. Con muchos proyectos, de todo tipo, ilusiones renovadas, mucho trabajo y mucha diversión también. Hoy quería dejaros con una canción preciosa acompañada de un vídeo impresionante de un padre que está dispuesto a hacer lo que sea para que su hijo logre cumplir sus sueños. Para mí, el recuerdo de lo que estuvo dispuesto a hacer mi Padre para que yo cumpliera los míos, tanto en veranos como este como en el resto de mi vida, y más aún en la eternidad. Disfrutadlo.


Os dejo la traducción de lo que dice la letra.

Solo puedo imaginar cómo será cuando ande a tu lado.
Solo puedo imaginar qué verán mis ojos cuando tu cara se encuentre frente a mí.
Solo puedo imaginar.
Solo puedo imaginar.

Rodeado de Tu Gloria, ¿qué sentirá mi corazón?
¿Bailaré para ti, Jesús, o con miedo me quedaré quieto?
¿Permaneceré erguido en tu presencia o caeré de rodillas?
¿Cantaré Aleluya, seré capaz siquiera de hablar?
Solo puedo imaginar.
Solo puedo imaginar.

Solo puedo imaginar, cuando ese día llegue y me encuentre de pie en el Hijo.
Solo puedo imaginar, cuando todo lo que haga sea adorarte por siempre.
Solo puedo imaginar.
Solo puedo imaginar.

Rodeado de Tu Gloria, ¿qué sentirá mi corazón?
¿Bailaré para ti, Jesús, o con miedo me quedaré quieto?
¿Permaneceré erguido en tu presencia o caeré de rodillas?
¿Cantaré Aleluya, seré capaz siquiera de hablar?
Solo puedo imaginar.
Solo puedo imaginar.

Rodeado de Tu Gloria, ¿qué sentirá mi corazón?
¿Bailaré para ti, Jesús, o con miedo me quedaré quieto?
¿Permaneceré erguido en tu presencia o caeré de rodillas?
¿Cantaré Aleluya, seré capaz siquiera de hablar?
Solo puedo imaginar.
Solo puedo imaginar.


Solo puedo imaginar, cuando todo lo que haga sea adorarte por siempre.
Solo puedo imaginar.

martes, 21 de junio de 2011

El burro

Hace unos años, había un padre y su hijo que viajaban con su burro desde su pueblo a otro para mostrárselo a un posible comprador.

El caso es que el camino era bastante largo y, para que el burro no se cansase demasiado, decidieron que irían andando. De esta manera el asno llegaría bien lustroso y sano para que lo viera el comprador.

Cuando pasaron por el primer pueblo de su ruta, todo el mundo se paraba y les miraba descaradamente. Vieron que la mayoría se reía entre dientes. Escucharon algunos que cuchicheaban con sus compañeros diciendo: “¿habéis visto este par de pringaos? Van con un burro el padre y el hijo, el par de tontos y ninguno va montado en él, seguramente sean tan tacaños que tengan miedo de desgastar al burro, ¡vaya par de idiotas!”

El padre, humillado, pensó que la gente podría tener razón y que quizá debería ir montado su hijo en el burro para que se cansase menos el niño y así el burro tampoco llegaría demasiado fatigado. Así que agarró al chico y lo subió al burro para continuar su travesía.

En el siguiente pueblo que cruzaron, iba el padre guiando al animal y el chico subido encima. También vieron que todo el mundo se les quedaba mirando, pero esta vez no se reían, esta vez eran miradas inquisitorias las que atravesaban a los paseantes. Escucharon las conversaciones de alguno, “Pues no tiene poca vergüenza el chico, el pobre padre andando y el joven tan feliz y tan contento subido encima del burro. Hace falta ser desgraciado para tener al padre andando con el calor que hace.”

Cuando hubieron atravesado el pueblo, el padre pensó que quizá tenían razón, así que bajó al crío del burro y se subió él. Así llegaron al tercer pueblo.

Cuando lo anduvieron cruzando, también todo el mundo se paraba y les miraba, esta vez las miradas eran más como exámenes. La cara de la gente era como una condena hacia el padre, mientras miraban con ternura al chico que guiaba al burro. “Menudo padre más desvergonzado, él va encima del burro tan contento, mientras el pobre crío tiene que ir andando. A saber de dónde vendrá el pobrecito andando mientras su padre va sentado, seguramente le irá riñendo y todo.”

El padre, ya seriamente cansado de las opiniones de la gente de los pueblos, decidió que, para que nadie se quejase en el siguiente, lo que haría sería montar también a su hijo en el burro, así nadie iría andando y no tendrían motivos para juzgarle por nada.

Cuando llegaron, aún las miradas eran peores. Parecía como si, de pronto, todo el mundo odiase a ese hombre. “¡Habrase visto!, ¡vaya par de zánganos!. Pues ¿no van los dos tan felices y tan contentos subidos a lomos del pobre burro y el pobre animal no puede ni respirar?. ¡Más les valdría tener un poco más de vergüenza y dejar al asno vivir en paz!.

Cuando el hombre con su hijo y el burro hubieron llegado al fin a su destino, habían aprendido una valiosísima lección. Si lo que intentas al hacer algo es agradar a la gente, no seguirás lo que tú piensas que es mejor, y hagas lo que hagas, jamás tendrás a todos contentos.

sábado, 19 de marzo de 2011

Justo reconocimiento

Era el 7 de junio del 2007, como las once y cuarto de la noche. Iba conduciendo de Béjar a La Calzada, después de estar un rato en el gimnasio y otro con unos amigos tomando el fresco en la calle. Sonaba Sistem of a Down en el equipo de música del Peugeot 206. En el pueblo me esperaba mi madre en el bar que llevábamos durante un par de años con la cena preparada.

Cantaba yo alegremente mientras tomaba las curvas que separan Béjar de La Calzada, y en un instante, todo se estropeó. En una curva noté cómo la parte de atrás del coche se resbalaba por la arena. Lo que pasó después lo recuerdo como un nudo de sensaciones. Sentí que el coche iría a la cuneta, que mi padre me iba a matar, sentí cómo explotaba en pedazos el cristal delantero mientras gritaba, acompañado de Serj Tankian, el cantante de los Sistem, sentí cómo todo a mi alrededor se revolvía, sentí miedo, mucho miedo.

Estaba colgado del cinturón de seguridad, metido en un 206 que berreaba con la canción de BYOB. Ante mí se encontraba un airbag deshinchado, una luna rota. Desabroché el cinturón, caí al techo del coche. Abrí la puerta y salí, arrastrándome. El maletero estaba abierto y lo que llevaba dentro estaba esparcido por toda la carretera. Sin pensar, en silencio, mientras las lágrimas recorrían mis mejillas, comencé a recoger mis pertenencias desparramadas. Entonces me di la vuelta para ver el coche. Era un amasijo de hierros. La única zona que estaba respetablemente bien era en la que yo había estado. Si hubiera habido alguien en el asiento del copiloto, le habría ido muy mal. Sistem seguían tocando, como si no hubiera pasado nada. Me aventuré a volver a entrar en lo que instantes antes era un coche para apagar la música que me estaba carcomiendo la moral. Apagué el motor. Se apagó la música y las luces. Me quedé solo en medio de la carretera, en silencio, llorando.

Agarré mi móvil y llamé a mi madre, no me lo cogió, habría gente en el bar y no podría atenderme. No quería llamar a mi padre, me daba demasiado miedo, pero necesitaba hacerlo. Marqué su número y me senté en la cuneta, con la mano temblorosa sujetaba el teléfono para dar la peor noticia que he dado en mi vida, enfrentarme a las consecuencias de mis actos y suplicar ayuda a mi padre en medio de aquella pesadilla. No cogió el teléfono, sabía que estaba trabajando desde las diez y media, así que llamé al ayuntamiento. Lo cogió un compañero, Elías. Con evidente temblor de voz, como pude, le pregunté por “Pozo”, en seguida me lo pasó. Os aseguro que lo recuerdo como si estuviera pasando ahora mismo.

“Papá, he tenido un accidente” fue todo lo que pude articular en un enorme ejercicio de fuerza, realmente estaba derrumbado en aquella cuneta. “¡No, Dios, no!” fue la contestación de mi padre.

10 minutos después, vi aparecer el coche en el que llegaba mi padre, no quería enfrentarme a su ira, realmente en ese momento hubiera preferido haber muerto en el accidente a tener que enfrentarme a la realidad, a la, aquella noche, terrible realidad.

Mi padre aparcó el coche algo detrás del 206 y salió. Me levanté y me quedé quieto, llorando, esperando, con la cabeza agachada. Se acercó, aquellos momentos se hicieron eternos. Entonces me abrazó. Jamás un abrazo ha significado más para mí. A partir de aquel momento, el miedo se tornó en dependencia, en el conocimiento que aquel a quién yo temía, iba a protegerme, iba a cargar él mismo con las consecuencias de mis actos. Él se hizo cargo de todo, de absolutamente todo. Un amigo que había venido como consecuencia de mi llamada me llevó al bar.

Jamás he recibido un reproche por parte de mi padre. Es como si no se acordara. Para él fue un susto impresionante, un disgusto. Pero cargó con eso, lo hizo y no lo proclamó después, o lo usó en alguna discusión o me lo recordó para intentar sacar algo.

Mi padre no es perfecto, eso creo que lo podemos decir todos. Pero os puedo asegurar que tengo la completa certeza que, en los tiempos malos, se puede recurrir a él, se puede confiar en él en medio de la tormenta. Cuanto peor es la situación, tanto más saca de la flaqueza unas fuerzas que jamás habría imaginado posibles. A mi me lo ha demostrado muchas veces, cuanto más difícil es la situación, más fuerzas saca, más valentía, más amor.

Yo no sé si habrá un padre más perfecto, pero lo que sí que tengo claro es que, si tuviese que elegir a un padre entre los hombres, sin ninguna duda elegiría al mío. Eso lo tengo clarísimo, esa es la decisión que tomaría si lo tuviera que hacer cada día.

Dios me ordenó que honrara a mi padre, y yo quiero hacerlo. Pero no solamente por cumplir el mandato de Dios, quiero hacerlo porque le quiero, porque lo que soy, en mucha parte, es gracias a él, porque cuando yo no he podido sostenerme, él me ha apoyado como nadie ha sabido, porque apuesta por mí conociendo como conoce mis deficiencias.

Por todo esto, a mi padre y a todos los padres, tened un muy feliz día del padre.

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