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martes, 5 de febrero de 2013

Post-cristianismo


Represión, avaricia, hipocresía, restricciones, política, acaparación, destrucción de la libertad, guerras, egoísmos, matanzas, pobreza, desidia, afán de superioridad, injusticias, ansia de controlar a los demás, uniformidad, diferentes varas de medir, destrucción, mentiras, maldad, juicios falsos, guerras fratricidas, impuestos a los pobres para enriquecerse unos pocos, inquisiciones, muerte a los infieles, violaciones, aprovecharse del débil, amar el poder y a los poderosos, callar ante atrocidades, incluso aplaudirlas, asesinar a los disidentes, cerrar bocas a fuego, retrasar el avance de la ciencia, sembrar la discordia, hacer el mal, amar más el dinero y el poder que a las personas, prevaricar, pasado, felizmente pasado…

Puede ser que esto sea lo que te viene a la mente cuando escuchas la palabra “cristianismo”. Vivimos en una  sociedad que ya ha probado el cristianismo, y está claro que solamente ha traído miseria, desolación, injusticias, retraso. Pero eso ya ha pasado (gracias a Dios, dirá alguna mente mordaz), ha pasado y ahora hemos evolucionado, porque después del túnel debe venir la luz, porque después de la tormenta, felizmente, llega la calma.

Vivimos en un país, y en un continente, que se tiene por post-cristiano. Aquello ya lo probamos durante demasiado tiempo, y está claro que no funcionaba. Ahora somos más listos, la ciencia nos ampara, y todo el mundo sabe que la ciencia es el enemigo de la fe, luego ahora ya nada de eso funciona.

Es obvio que hay muchas, muchísimas, demasiadas cosas que se han hecho muy mal en el seno de la iglesia de Roma, acaparadora de ese mal llamado cristianismo durante siglos. Y no me corresponde a mí defenderlos, pero me parece bastante injusta esta postura con los Romanos, es cierto que han hecho muchas cosas malas, auténticas aberraciones, eso no lo quita nadie, y no creo que haya más justificación que la de la maldad humana; pero también es verdad que hay muchas cosas que se han hecho muy bien, es cierto que hasta hace muy poco tiempo las únicas ayudas que recibían los pobres y desamparados, eran gracias a la iglesia de Roma, al menos en nuestro país, es cierto que, de una manera o de otra, se ha mantenido una unidad, una estabilidad en nuestro continente que de otra manera no habría sido posible.

Pero no es mi intención llamar la atención sobre lo que fue el pasado de nuestro país, no quiero remover el estiércol y sacar a la luz el poco bien entre el mucho mal. No quiero llamar la atención sobre el pasado y sus sinsabores, sobre la miseria o la falta de ella que dejó lo que tú consideras como cristianismo, quiero llamar la atención sobre el cristianismo mismo.

El cristianismo no se trata de gente que se cree superior a otros intentando imponer su criterio, el cristianismo trata de gente que se sabe inferior intentando ayudar a los demás. El cristianismo no va de los buenos contra los malos, va de los malos redimidos y perdonados. El cristianismo no es una sociedad de gente que se tiene por buena, va de gente que se sabe necesitada, que se sabe salvada, que se sabe perdonada, que se sabe amada, y que solo quiere que los demás entiendan qué es eso tan grande que ellos han encontrado. El cristianismo va de Dios mismo buscando pecadores, muriendo en su lugar. Ese es su valor, el auténtico valor del cristianismo reside en una horrible cruz, en una tumba vacía. No reside en el oro, en la elocuencia o en el poder. El cristianismo va de Dios mismo viniendo a buscar lo que se había perdido.

Lo que estoy diciendo es que España, que Europa no es una sociedad post-cristiana. Lo que estoy diciendo es que nuestra sociedad nunca ha conocido el cristianismo, lo que ha conocido es una organización que en nombre del cristianismo ha hecho y ha deshecho el bien y el mal que ha estimado oportuno.

Seguramente pensarás que el cristianismo ya nada tiene que ofrecer al mundo de hoy en día, pero es precisamente hoy, en esta sociedad en la que vivimos, en donde el cristianismo auténtico tiene mucho más que decir que en cualquier otro momento histórico. Miro a mi alrededor y pienso hasta qué punto nuestro mundo sería mejor si todo el mundo supiera de su bajeza, si tuviésemos a los demás como superiores a uno mismo, si tratásemos de ser el reflejo del amor que Dios nos ha mandado, si buscásemos el bien de los otros por encima del nuestro propio, si viviésemos nuestras vidas como debemos, literalmente, como Dios manda. 

Si cuando escuchas la palabra “cristianismo” te viene a la mente lo que hay arriba, sencillamente debes pensar en si en realidad, alguna vez en tu vida has entendido el cristianismo.

martes, 21 de febrero de 2012

La caída del Imperio


Érase una vez un imperio que dominaba el mundo. Este imperio estaba rodeado de pueblos que deseaban sus avances tecnológicos, su riqueza, sus facilidades y su grandeza.

Pero este imperio, aún adornado por luces, monumentos y sabiduría, aún defendido por ingentes ejércitos y gozando de lo mejor de todo el mundo, se basaba en la explotación de los más débiles para seguir adelante. Era una maquinaria implacable cimentada en las desigualdades, en el derecho de los gobernantes, en la prevaricación y en el brillo del oro.

Pero había varias razones por las que este imperio estaba abocado a desaparecer. Razones que estaban en la base de su maquinaria y que, de una manera despiadada, iban a desmenuzar hasta las entrañas del sistema que mantenía erguido a este imperio.

Aquellos que estaban dentro del sistema se habían acostumbrado a la vida fácil. El imperio facilitaba las vidas en las ciudades. El abastecimiento de dinero y de comida no faltaba, así que la gente comenzó a pensar que los alimentos se producían en los mercados, en lugar de en los campos. Cuanto más dinero tenían los ciudadanos, más alejados de la realidad se encontraban. Entretenidos por miles de pasatiempos destinados única y exclusivamente a adormilar sus mentes, cada generación se iba metiendo más y más en un mundo nebuloso y completamente ajeno a la objetividad que imposibilitó su visión de la vida real, y cuando llegó el peligro, no fueron capaces de discernirlo hasta que fue demasiado tarde.

La vida fácil a la que se estaban acostumbrando, les llevó a considerar a su progenie como estorbos. De cada vez era menos atractivo tener hijos, porque entretenía su vida de la facilidad y la necedad en que estaban metidos. Como ya no los necesitaban para sobrevivir porque el sistema suplía sus necesidades, cada vez fue menos atractivo tener descendencia. Tan lejos llegaron en su mentalidad de despreciar a sus hijos que llegaron al punto de asesinar a sus propios vástagos al nacer, o incluso idearon métodos para poder evitar su nacimiento, matándolos en el vientre de su madre. El problema que trajo esto fue catastrófico, y aunque hubiera sido el único, habría firmado la sentencia de muerte del imperio. Con una sociedad tan rica y en clara disminución demográfica, rodeada de pueblos que desean sus avances y su dinero en clara explosión demográfica, el imperio estaba destinado a ser insostenible y terminar engullido, y los pueblos circundantes estaban destinados a repartirse los despojos.

Tuberías de plomo de época imperial
Hubo muchos avances tecnológicos que llevaron a este imperio a ser envidiado por todos los pueblos que le rodeaban. Sistemas de comunicaciones que hacían distancias enormes mucho más pequeñas, el comercio floreció por todo el mundo “civilizado”, y rápidamente se propagó la idea de que aquellos pueblos que no habían entrado a formar parte del imperio eran gentes de menor grado, que necesitaban ser incluidos en el “primer mundo” y comenzar a formar parte de esta maquinaria definitiva, que conocía todos los detalles de la vida y que, por supuesto, era la respuesta a las inquietudes sociales, familiares, espirituales, económicas y laborales. Todo aquel que no estaba dentro del sistema, era un enemigo, y debía ser incluido o destruido. Lo que no sabían es que estos “avances” suponían la ruina del propio sistema. Sin ir más lejos, tenían la costumbre de beber vino en cantidades exorbitadas en ollas de plomo, además, sus novedosos sistemas de fontanería que llevaban el agua hasta los mismos hogares, estaban hechos de plomo también. El resultado es que injerían unas 8 veces la cantidad de plomo necesaria para padecer una intoxicación por este metal al día. Los resultados por esta ingesta masiva de plomo trajeron muchas enfermedades y demencias, entre ellas, la disminución drástica de la capacidad reproductiva, empeorando aún más la situación demográfica y envejeciendo la población.

El imperio se pavoneaba de sus leyes y su modo de impartir justicia. Pero lo cierto es que el tiempo fue echando tierra sobre los jueces y acabó por convertirse en una justicia comprada en que los más ricos siempre tenían más posibilidades de quedar impunes ante un delito y los más pobres usualmente eran los culpables y los que más duramente pagaban sus penas.

En este imperio, la iglesia gozaba de mucho poder político y económico, pero se encontraba completamente narcotizada y al servicio de los poderosos. Las fuerzas políticas la utilizaban como escudo ante los ataques y como espada en sus manos para ejecutar estocadas. Además, se encontraba sumamente dividida por diferentes puntos de vista de doctrinas que para nada eran trascendentes. En suma, se había olvidado de su lugar en el mundo detrás de filosofías, de búsqueda de poder, de activismo vacío y de su propio ego dejando de lado sus raíces. El resultado fue que la mayoría de aquellos que se llamaban cristianos lo eran solamente de nombre. De cada vez tenían menos sentido los valores y la fe, ya que no los necesitaban en esa sociedad tan avanzada en que vivían. Los dioses pasaron a ser el dinero y la pseudo-libertad.

Este gigante con pies de barro que era el imperio, como dije antes, estaba rodeado de muchos pueblos que envidiaban todo el poder, la riqueza, los avances y los recursos de los que gozaban los ciudadanos de este imperio, pero los habitantes de estos pueblos eran completamente diferentes a la gente “civilizada”. Ellos habían crecido en otra sociedad completamente diferente a la imperial, una sociedad en que se premiaba el esfuerzo, en la que para tener algo había que ganárselo, una en la que el que no trabajaba no comía; una en la vida real, en la que el alimento sale de los campos, no de los mercados, una en la que los entretenimientos excesivos significaban el morir de hambre. Ellos sí trabajaban y sí sabían lo que era el esfuerzo y la responsabilidad. Al tener que trabajar para ganarse su sustento, necesitaban tener muchos hijos, lo que hizo que estos pueblos crecieran exponencialmente, al contrario que el imperio. Por último, estos pueblos sí conservaban sus creencias. Ellos sí que tenían fe, esperanza y sabían apreciar los valores. No habían crecido en esta sociedad en la que solamente los débiles creían en Dios y cada día rezaban para que sus cosechas crecieran para que sus familias no murieran de inanición. La fuerza de la creencia aún seguía siendo un motor para ellos.

Y para aquellos que no se habían dado cuenta, he estado hablando del Imperio Romano, sí. Pero más nos valdría tener un poco más en cuenta las valiosas lecciones que podemos sacar de la historia. Pues parecemos mucho más que dispuestos a repetirla casi al pie de la letra.

lunes, 7 de febrero de 2011

Sociedad adolescente

Vivimos en una sociedad avanzada, plural, racional y adaptada a nuestras necesidades. Que nos apoya para que saquemos lo mejor de nosotros mismos sin reprimir nuestra conducta, nuestras creencias o nuestros intereses.

Esa es la idea que se supone que debemos tener de nuestra civilización. Somos un pueblo adulto que ha sabido adaptarse al ritmo de los tiempos y que ha madurado, aprendiendo de nuestros errores. Una sociedad que apoya nuestras individualidades sin rechazar nuestra pertenencia a grupos.

Pero eso es solamente la teoría, al menos en mi opinión, nuestra sociedad no es ni mucho menos lo que debería ser. Y considero que nuestro principal problema es que no somos tan adultos como pensamos. Vivimos en una sociedad que cada vez es más adolescente.
Personalmente considero madurar como el proceso en que vamos tomando cada vez más responsabilidades, en que vamos siendo más conscientes que nuestros actos traen consecuencias y que, por una parte, tenemos que actuar conociendo y previendo esas consecuencias y por otra parte, tenemos que afrontar y dar la cara ante esas consecuencias.

Responsabilidad, según la R.A.E., es la capacidad existente en todo sujeto activo de derecho para reconocer y aceptar las consecuencias de un hecho realizado libremente.

Y este es nuestro problema en la sociedad en que vivimos. Nos hemos especializado en que no tengamos que reconocer y mucho menos aceptar las consecuencias de los hechos que libremente realizamos. Nos negamos a madurar, nos negamos a ver que nuestros actos pueden hacer daño a lo que nos rodea.

Y me gustaría poner un ejemplo para este hecho. Según he estado leyendo, cada año aumentan el número de abortos un 10%, lo que significa que en los últimos 10 años, se han duplicado el número de abortos anuales. Esto significa que cada año, hay 100000 interrupciones voluntarias del embarazo, según datos del 2008, lo que significa que si ha seguido creciendo, ya rondaremos los 120000. No quiero entrar en el eterno debate de si es una buena noticia o una mala noticia, quienes me conocen saben que personalmente no me hace mucha gracia el asesinato masivo de bebés no-natos bajo la responsabilidad y consentimiento de sus padres, pero ese será un debate para otra ocasión. El caso que nos ocupa es que hemos puesto todos los medios a nuestro alcance para no tener que afrontar las consecuencias de nuestros actos. El hecho es que es algo completamente normal, lícito e incluso sano (a ojos de nuestra sociedad) el tener sexo con quién nos parezca oportuno en el momento que nos venga bien, y, aunque todos sabemos que para estos casos ya hemos inventado otro método para eludir responsabilidades (método que en absoluto critico o considero dañino) llamado preservativo, siempre podemos argumentar que en ese momento no lo usamos apelando a la excusa del “calentón”. Y aún dentro de nuestra evidente irresponsabilidad, no tenemos que aceptar las consecuencias lógicas de nuestros actos, para eso mismo hemos inventado otro mecanismo para eludirlas, un método que pondrá fin al problema que nosotros mismos nos hemos creado. Asunto resuelto, no tengo que pagar las consecuencias de mis actos.

Y como este, podemos ahondar en nuestra civilización aparentemente madura, para contemplar cómo está favoreciendo nuestra eterna adolescencia. La idea está muy clara, no tenemos porqué responsabilizarnos por las consecuencias de nuestros actos, ya hemos inventado una serie de mecanismos que sirven para eludirlas, mecanismos aceptados por todos y todas, de un uso completamente normalizado y que a nadie le parecen extraños.

Si nos casamos, jurando incluso en muchas ocasiones ante los ojos de Dios y vemos que la cosa no funciona, o que hemos cometido un tremendo error, o una cadena de ellos, no ocurre absolutamente nada, hemos inventado algo precioso llamado divorcio que pondrá fin a nuestra responsabilidad, ahora incluso nos podemos divorciar por internet, prueba del avance de estos mecanismos adolescizantes.
Pero claro, el problema de todo esto, es que, como consecuencia de no vivir las consecuencias de nuestros actos, estamos empezando a difuminar la naturaleza de estos, es decir, que al no ver que lo que yo haga puede perjudicarme, comienzo a pensar que realmente no es tan malo como podía pensarse, y no solo eso, sino que puede llegar a ser algo positivo. Solamente me trae buenas sensaciones sin pedirme nada a cambio, pase lo que pase por el camino. Estamos comenzando a llamar bueno a lo malo y malo a lo bueno, y esta maquinaria sigue en funcionamiento, incitándonos a no madurar y avanzando a velocidades vertiginosas.

Yo no sé hasta qué punto llegaremos o cómo mejorará el uso de estas herramientas, pero la verdad es que me da un poco de miedo, no por los hechos en sí o las consecuencias físicas que pueden traer, que ya son bastante devastadoras, sino por el impacto que tienen en nosotros y más aún el que tendrá en las futuras generaciones. Generaciones que crecerán sabiendo a ciencia cierta que hagan lo que hagan, siempre saldrán beneficiados.

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