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miércoles, 16 de mayo de 2012

El pajarillo


Hoy os dejo una canción que dede siempre me ha encantado, por su sensibilidad, sutileza y la historia tan bonita que nos cuenta. 
Se trata de "El pajarillo" de Marcos Vidal. Abajo os he dejado la letra, espero que la disfrutéis tanto como yo. 


 

 
Era un joven pajarillo que vivía en el canal
de un arrollo escondido en Guinea Ecuatorial,
y contaban en su aldea, con recelo y curiosidad,
que en algún país del norte celebraban la Navidad.
Decidió surcar el cielo, conocerla de forma personal,
pues decían que su historia, era capaz de transformar.
Estás loco, le dijeron, nunca lo podrás lograr.
Pero era mayor el deseo en su alma y ansia de volar.
 
¿Quién eres tú, Navidad. ¿Dónde te puedo encontrar?
Soy capaz de cruzar el mundo por saber si eres verdad, 
por ver si es cierto que puedes hacer feliz a un mortal.
 
Y voló sobre los montes de la selva hasta el mar,
noche a noche, día a día, se negaba a descansar.
Evadiendo los peligros, consiguió cruzar el mar
y alcanzando el continente, se decía, voy a llegar.
Pero cuanto fue su asombro su tristeza y decepción,
cuando vio que aquellas gentes eran igual en su interior.
Conocían, sí, la historia y era otro su color,
pero el  fuerte vacío en su ser era el mismo,
vivían sin amor.
 
¿Quién eres tú, Navidad. ¿Dónde te puedo encontrar?
Soy capaz de cruzar el mundo por saber si eres verdad, 
por ver si es cierto que puedes hacer feliz a un mortal.
 
Remontó otra vez el vuelo, aunque un poco lento ya,
porque el frío hacia mella en su sangre tropical.
Y, de pronto, se dio cuenta de que no podía volar,
y cayó sobre la nieve, le costaba respirar.
Una niña, en la mañana, lo llevo hasta su hogar,
donde, al fuego de una lumbre, celebraban la Navidad.
Todavía respiraba, pudo ver aquel lugar,
y escuchó con un ultimo aliento la historia
sublime y sin igual.
 
¡Oh Ven!, ¡ven a mi, Navidad! Soy un pajarillo tropical.
Es difícil dar contigo en un mundo de adversidad.
Al fin te veo y te saludo, sé que tu encuentro es mi final.
Por alcanzarte he perdido todo y sin embargo,
he aprendido a volar, he ganado tu verdad.
Conociéndote ya sé lo que es amar.
 
 
 

miércoles, 28 de diciembre de 2011

Inocentes

Aquella barbaridad caló tan hondo que aún hoy en día, dos mil años después, todos los inviernos se recuerda. Para eliminar al que, según las profecías, iba a sentarse en su trono, Herodes mandó asesinar a todos los niños menores de 2 años de Belén y sus alrededores. Inocentes asesinados para conservar el trono.

Tenemos ejemplos de muchas barbaridades a lo largo y ancho de la historia. Somos perfectamente conscientes de que los hombres somos capaces, de hecho con mucho ingenio, de hacer salvajadas con un nivel de bestialidad que nos ponen los pelos de punta. Tenemos a la vuelta de la esquina el atroz exterminio de seis millones de judíos el siglo pasado; el asesinato sistemático de enemigos, ya fueran de un bando o de otro, durante la guerra civil; las brutales condenas que daba el Santo Oficio a aquellos que no comulgaban con ellos, o que eran acusados de ello; tenemos las crucifixiones romanas; los desollamientos que hacían los persas; las empalaciones, la costumbre de cortar la cabellera a sus enemigos de los indígenas americanos...

No nos faltan aberraciones de todos los colores y gustos, maneras en que el ser humano se ha superado a sí mismo en el dudosamente noble arte de la muerte. Y en muchas ocasiones haciendo todas estas barbaridades a inocentes, a gente que no tenía la culpa, que no tenía capacidad de defenderse, ni siquiera de quejarse.

Pero esta capacidad destructora del ser humano ha llegado a cotas inimaginables de perfección y brutalidad en los últimos años. Hemos llegado a un nivel de bestialidad y de inhumanidad que ya quisieran para sí Jack el Destripador, Hitler o el mismísimo Jerjes.

Asesinar a niños es algo que se lleva haciendo miles de años. Los dioses de la antigüedad están saciados con la sangre de inocentes, desparramada en los altares buscando un bien mayor. Lo sabemos y nos produce repugnancia, consternación la idea de que unos padres sacrifiquen a sus pequeños en los altares de sus dioses. Ni siquiera el aborto es una práctica que se haya inventado en el último siglo. No faltan las historias de descubrimientos de esqueletos de fetos en los subterráneos de los conventos, o de historias de rudimentarios abortos a lo largo de la historia por miedo a que el marido de turno se enterase de lo que no se tenía que enterar.

Pero lo que ocurre ahora no tiene parangón en ningún lugar ni momento, por bestial que este sea, de la historia. En 15 años, en Europa han sido segadas, de la manera más aséptica posible, 20 millones de vidas. Ahí es nada. Una población comparable a casi la mitad de la del país de España ha sido exterminada.

Hace poco tiempo estuve viendo la semejanza entre la manera de pensar de los Nazis y demás engendros y los defensores a ultranza actuales del aborto, curiosamente gente de un modo de pensar de izquierdas. Y la idea central de todo esto es que hay gente que merece la vida, y gente que no la merece. Los niños que tienen la suerte de ser engendrados en una familia bien, merecen vivir. Si un niño es engendrado por una pareja que no tiene recursos, no merece la vida, mejor eliminarlo. Si un niño, en el momento de la gestación, presenta síntomas de llegar a tener una deformidad, una minusvalía o una deficiencia, eliminadlo. No merece la vida. Los espartanos a nuestro lado eran unos aficionados. Aquel Herodes que todos tenemos como un brutal asesino de niños no es nadie a nuestro lado.

Sí, amigos. Dudo mucho que haya habido una barbaridad mayor que la que estamos presenciando en nuestro tiempo. Y no solamente por la frialdad de los asesinatos de humanos, sino también por la ingente cantidad de agravantes. Son asesinatos con el consentimiento de los padres, permitidos e incluso fomentados por las autoridades, subvencionados por el gobierno (al menos 40 millones de euros han ido de las arcas públicas a las clínicas abortivas el último año), alimentando un sucio y multimillonario negocio que ni siquiera es controlado por absolutamente nadie. Los asesinados son completamente inocentes, no tienen opción de quejarse, de hacer huelga de hambre para que el mundo los escuche, no pueden ser grabados por sus asesinos haciendo sus últimos alegatos, ni suplicar clemencia. Millones de vidas segadas en clínicas bajo el consentimiento y el fomento de los gobiernos, rodeados de los aplausos de una sociedad narcotizada.

Si esto es la libertad, que paren ahora mismo, que yo me bajo.

Y lo peor de todo esto, es que de lo que hablo no es ninguna inocentada.

martes, 27 de diciembre de 2011

Aquel invierno III: Los magos

En medio de la imponente cúpula celestial, cargada de miles y miles de estrellas, todas tan perfectas, tan inmutables, se encendió una nueva. Una que ni los más ancianos recordaban, una de la que jamás se había leído en los antiquísimos rollos que manejaban los más sabios. Una que, por su fulgor, su magnificencia, su posición y su gloria, solamente podía significar una cosa para aquellos magos que escudriñaban los cielos en busca del momento, de la verdad, de Dios.

Había llegado, había nacido. Sus vidas habían dedicado al estudio de las señales, a la búsqueda entre el saber antiguo, entre las revelaciones divinas, entre la propia naturaleza, que les llevaran a vislumbrar este momento, el momento en que Dios mismo bajaría a la tierra a poner paz, a reinar, a imponer justicia, a redimir a su pueblo, a bendecir al mundo. Y había llegado.

Prepararon el largo viaje que les separaba de su destino. Según sus estudios, la estrella les guiaba hacia Israel, el pueblo escogido por el Creador para manifestar su justicia, gloria y bendición al resto de la humanidad. Y hacia allí se dirigieron, equipados con regalos dignos del rey que había nacido. El camino sería largo, seguramente estaría cargado de peligros, pero la recompensa merecía la pena, por supuesto que la merecería.

Y ante ellos se alzaba Jerusalén, la Ciudad de David. El lugar en que estaba el Templo del Altísimo, los palacios de los príncipes, del rey de Israel. Allí estaba la gloria que debía haber rodeado el nacimiento de tan insigne bebé. Así que fueron al palacio de Herodes, si el niño no estaba allí, él sabría dónde encontrarle. Pero, al parecer, se equivocaron.

El rey no sabía nada acerca del nacimiento de ningún otro rey en sus tierras. Pero si alguien lo sabía, eran los sacerdotes, los escribas y todos aquellos que dedicaban sus vidas al estudio de las escrituras antiguas de los profetas. Allí debería estar predicho en qué lugar nacería este Rey que gobernaría sobre todo y para siempre. Y así fue. Apenas hizo falta preguntar al sacerdote de menor rango para que lo supiera, cualquiera que hubiera estudiado minimamente a los 12 lo sabría, sin ninguna duda. El profeta Miqueas apunta sin oscuridad ni sombra de dudas a Belén Efrata como el lugar donde nacería el Mesías, el pastor que guiaría a su pueblo, aquel que sería gobernante en Israel, aquel cuyos días son desde la eternidad.

Con buenas palabras, Herodes envió a los magos a ver al gran rey que había nacido en Belén. Pero a su alrededor ya se alzaba una conjura de sombras que le guiaban a cometer una atrocidad como pocas ha habido en la historia. Les dijo que cuando le hubiesen presentado sus respetos y lo hubieran adorado, volvieran a Jerusalén para decirle de quién se trataba y dónde estaba para que él mismo fuera a adorarlo. Una vez más, las sombras movían oscuras fichas para asesinar a la esperanza de la humanidad. El rey de Israel no dejaría vivo a nadie de quien se dijera que iba a suplantar su trono.

Y allí lo encontraron. El Rey del mundo, el hijo de David, aquel de quien el gran profeta Isaías dijo: “Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.”

Todo fue mucho más impresionante de lo que jamás hubieran soñado. No solamente Dios se había acercado a los hombres humillándose a sí mismo, sino que había llegado a nacer entre bestias y suciedad. Olvidado de los hombres. Aquel para el que el mayor palacio de la humanidad habría sido poco en magnificencia, había elegido nacer en un establo, pasar sus primeros momentos en un pesebre. Dios había nacido, el Rey había llegado, pero no solamente eso. En su primer respiro en nuestro mundo ya había hecho toda una declaración de intenciones de lo que sería su vida, su crecimiento, incluso su muerte. El Rey del mundo no venía a ser servido, ni a recibir. El Creador venía a dar, a bendecir.

Se arrodillaron ante tan majestuosa muestra de humildad, ante tan solemne manera de expresar autoridad, sin palabras. A sus pies dejaron los presentes que trajeron. Oro, incienso y mirra. Sencillamente perfectos. El oro para el Rey que nacía, el incienso para el Dios que, aún hecho carne, merecía toda gloria y la mirra. Mirra que, en ese momento no tenía mucho sentido, pero más adelante lo tendría, totalmente. La mirra es una sustancia que se obtiene de una resina, muy amarga, que se usaba como ungüentos y, sobre todo para embalsamar cadáveres.

Cuando hubieron hecho lo que fueron a hacer, aquello para lo que habían nacido, pusieron camino de vuelta a Jerusalén. Pero tuvieron un sueño. En él, un ángel se les aparecía avisándoles de los planes de Herodes. Así que dieron media vuelta y volvieron a su tierra sin decirle nada al rey.

Pero una vez más las sombras gritaron a los oídos de los hombres en contra del plan de Dios. Herodes, al verse traicionado por los magos, ordenó el asesinato masivo y sistemático de todos los niños menores de 2 años de Belén y los alrededores.

José, el marido de María, fue avisado por ángeles para que huyeran. Fueron a Egipto.

Dios estaba aquí, los planes demoníacos solamente lograban hacer que Jesús cumpliera todas y cada una de las profecías que de él se habían hecho. Los planes de Satanás estaban siendo usados magistralmente por Dios para hacer lo que quería hacer, no dejar ninguna duda acerca de la naturaleza de este hombre. Hombre que nació en un establo, huyó para salvar su vida sin siquiera tener edad para andar, creció como un anónimo, hizo milagros, vivió una vida santa, expresó palabras jamás dichas por nadie anteriormente, revolucionó el mundo, fue acusado injustamente, asesinado brutalmente, resucitado con poder, dejado su huella en la historia hasta tal profundidad que jamás será borrada y que volverá para reinar, con la gloria y el poder que le pertenecen.


sábado, 24 de diciembre de 2011

Aquel invierno II: Aquella Navidad


El pequeño pueblo había multiplicado sus habitantes en apenas una semana. El edicto del César, que ordenaba a todos los habitantes del imperio empadronarse en el pueblo de sus padres, había obligado a mucha gente a volver a la pequeña Belén.

El viaje había sido largo y tortuoso. Y frío, muy frío. Era una locura ponerse a viajar hasta Belén desde Nazaret en estas fechas, y la pareja había intentado retrasar la partida hasta que naciera el pequeño, pero ya no habían podido retrasarlo más y habían tenido que salir. Y fue en el momento en que pasaron junto a las pequeñas puertas del pueblo, cuando María tuvo su primera contracción.

Agarró la mano de su amado fuertemente. Le miró a los ojos con una mirada cargada de miedo. José le envolvió la mano con las suyas, quería hacerle saber que, pasase lo que pasase, él la protegería. La protegería a ella y al pequeño que llevaba en sus entrañas, ese que ahora, en el peor momento posible, se esforzaba por salir.

Pasaron cerca de una posada, fueron a preguntar a la puerta. Estaba llena, incluso tenían a gente hospedada en lugares donde no solía, y ya le informó que así sería en todo el pueblo. Habían llegado demasiado tarde, ahora ya no encontrarían un lugar donde hospedarse. Ni el estado de la joven, ni sus gritos de dolor conseguían arrancar misericordia del tabernero, ni de ningún otro. Se les cerraron todas las puertas. Incluso llegaron a llamar a puertas de casas particulares para que les hicieran el favor de dejarles dormir. A nadie se le enterneció el corazón, aquello parecía una pesadilla.

Las mismas sombras que habían estado motivando y volviendo locos a los que intentaron asesinarlos en medio de la enorme batalla espiritual que se desató en el camino a Belén, ahora estaban petrificando los corazones de los habitantes de Belén. Aquellos que habían sido contenidos con firmeza por las legiones de Miguel, ahora habían cambiado de estrategia, ahora iban a negar a la pareja toda posibilidad de dar un techo al bebé, lo que aquella noche significaría, con toda seguridad, la muerte.

Pero dejaron escapar un pequeño detalle. Hubo un hombre, un ganadero, que negó la posibilidad de un lecho a la pareja en su hogar, pero les permitió quedarse en su cuadra. José estaba desesperado. En aquella situación, un montón de pajas podría hacer perfectamente las veces de lecho. Un buey y su mula, podrían dar calor al bebé y a la joven como una hoguera, y el pesebre para que comieran las bestias, podría hacer las veces de cuna. La pareja aceptó, dando gracias a Dios y bendiciendo a aquel hombre. Había salvado la vida de María y del pequeño.

La sucia y maloliente cuadra de Belén fue el lugar que recibió al Rey de reyes. Los ángeles se arremolinaban a su alrededor para adorarle, para ofrecerle tributo. Al fin, el momento tan esperado, tan soñado, había llegado. Miles de personas habían muerto soñando con ese momento, incluso viéndolo nubladamente. Y allí estaba.

Unos pastores hacían noche cerca del pueblo. Ellos fueron testigos del coro celestial que anunciaba la llegada del Rey. El Cielo entero estaba de fiesta. El plan que comenzó en el Edén se hacía realidad. Dios mismo tomaba forma de hombre, con un propósito muy claro, un propósito que le llevaba directamente a la cruz.

El Emperador del Universo se hacía carne. Y no nacía en un palacio, ni rodeado de los mayores lujos, ni poder o autoridad humanos, no. Lo más importante que le ha sucedido al hombre en su historia, ante lo cual contenían la respiración en absoluta adoración al completo las huestes celestiales, nacía en un pesebre, entre bestias malolientes, en una familia modesta, en medio de una batalla espiritual.

Y es así como debería ser. El camino hacia la cruz había comenzado. Y nada lo torcería, nadie lo tapiaría. Dios estaba entre nosotros con una misión clara. Y ahora ya respiraba, ya era sangre y carne, ahora ya era completamente humano, el Creador de los Cielos y la Tierra. Este bebé envuelto en pañales, acostado en un pesebre, adorado por pastores y calentado por bestias, ya tenía la mente puesta en el Golgota.


viernes, 23 de diciembre de 2011

Aquel Invierno I: La batalla

La noche era muy fría. El viento del norte helaba el maltrecho camino que surcaba el helador desierto. Una pareja circulaba, solitaria, rumbo al sur. La chica, apenas una adolescente, se arrebujaba dentro de su capa, para resistir el frío y proteger al pequeño que crecía en sus entrañas. El avanzado estado de gestación, hacía su periplo mucho más arriesgado. Por suerte, la mula de su marido la transportaba, guiada por él, un varón visiblemente mayor que la joven.

La verdad es que era muy mala época para viajar, el frío helaba los huesos y los asaltadores merodeaban por doquier. Una pareja solitaria en aquel recóndito camino que llevaba al pequeño pueblecito tenía una enorme diana para cualquier rufián que quisiera atacarlos. Y aquella noche, el matrimonio viajante, no tenía la dicha de estar solo.

 Detrás de unas piedras, junto al camino, tres bandoleros esperaban a los pobres desdichados que circulaban inocentemente por la senda. Oscuras sombras les habían guiado hasta aquel punto. Probablemente no pudieran robarles mucho, pero algo era algo. Además, la mula tendría algo de valor, no era muy vieja. Y la joven, aunque embarazada, serviría para aliviar alguna tensión que otra. El hombre seguramente muriera intentando defender a su amada, y el niño... nada importaba el niño. Que muriese también.

Con las manos en los cuchillos, tratando de hacer el menor ruido posible, esperaban a los pobres ingenuos. Se sentían exultantes, invencibles. Parecía como si algo sobrenatural les estuviera regalando una valentía y una fuerza inhumanas. A cada paso que daban los viajantes, se sentían más motivados, más sedientos de sangre, más dispuestos a matar. Ya ni el hecho de violar a la joven les resultaba llamativo, ahora querían sangre, muerte. En aquella noche, nadie saldría con vida, ni el padre, ni la adolescente, ni el bebé. Puede que ni siquiera la mula. La locura de las sombras que los controlaba les había cegado la mente. Ya no querían robar, ni sacar ganancia. Cada vez estaban más enfocados en la mujer. Tan enfocados que ya solo veían el fruto de su vientre. El bebé. Ese niño no nato. Debía morir. Ya.

Aquel camino parecía desierto. Pero solo lo parecía. Había unos asaltadores que estaban siendo engañados por sombras, para llevar a cabo sus crueles, sucios y perversos planes. Aquellos demonios se agrupaban en torno al camino. No estaban dispuestos a permitir que ese bebé naciera. Cientos, miles de enemigos tenía la pobre pareja en aquel solitario camino. Y no veían a ninguno.

Pero también tenían amigos.

Legiones angelicales custodiaban a los enamorados. En el vientre de aquella joven, estaba lo más precioso que había visto la humanidad, lo más importante de toda la historia, de todo el universo. Y ellos lo sabían. Debían defenderlo contra todo ataque, contra toda conjura.

Faltaban pocos metros para que llegaran a la altura de la emboscada, cuando comenzó la batalla invisible.

Un grupo de ángeles fue directamente contra los asesinos a la orden de su superior. Se estrellaron contra una muralla demoníaca. Otros batallones de sombras atacaron los flancos del grueso del grupo que protegía a los que, inocentemente, pensaban que su peor enemigo era el frío. Los ángeles se prepararon para la embestida.

La batalla encarnizada comenzó, espiritualmente. Las lanzas chocaron contra los escudos, las espadas contra las corazas. El destino de la humanidad dependía de aquella misión. La determinación de las huestes angelicales, capitaneadas por el General de los ejércitos celestiales, el Arcángel Miguel, penetró hasta el grupo de asaltadores que ansiaban la sangre del pequeño. Hicieron retroceder a los engendros tenebrosos a golpe de mandoble. Cuando hubieron llegado, justo en el momento en que ellos iban a saltar contra la pareja, un certero ataque de un querubín cegó las mentes de los atacantes, haciéndoles caer desmayados en el acto.

El resto del grupo, con obstinación ciega, resistieron los oscuros envites de las hordas de Satanás. El mismo caudillo de los demonios dirigía aquel ataque titánico. Los escudos de los ángeles taponaron todo intento de Lucifer. Poco quedaba ya para el gran momento.

Pocos cientos de metros más adelante, estaba el destino de la pareja. Un pequeño pueblecito que en ese momento bullía actividad gracias al edicto de un emperador a miles de kilómetros. Aquella batalla se recrudecía en ese momento, pero había comenzado miles de años atrás, y se prolongaría otros miles en el futuro, aunque daría un giro decisivo en los años por venir. Y este giro comenzaba en ese mismo momento.

 El Rey llegaba, al fin.

Y los ejércitos celestiales no permitirían por nada del mundo que nada malo le ocurriera.

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