Ha pasado mucho
tiempo desde la última vez que nos vimos por aquí. Mucho tiempo y muchas cosas.
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martes, 17 de noviembre de 2015
jueves, 9 de enero de 2014
Propósitos
Apuntarme
al gimnasio, aprender inglés, salir a correr, dejar de fumar, comer
sano o dedicar más tiempo a mis seres queridos. A la mayoría de
nosotros nos gusta hacer balance de lo que hemos hecho el año
anterior y tener propósitos que queremos cumplir para el nuevo año
que entra. Y esto es porque, en mayor o menor medida, reconocemos que
no lo hemos hecho tan bien como hubiéramos deseado en el año que se
nos ha agotado, y que tenemos una nueva oportunidad de volver a
intentarlo en el que estrenamos, y ahora ya sí sabemos que si nos
esforzamos en eso en particular, saldremos ganando. Buenos
propósitos, ganas de mejorar, sanas ambiciones.
Otra
cosa es que lo pongamos en práctica.
Según
las estadísticas, los gimnasios se llenan a primeros de enero, las
academias de idiomas se abarrotan al comenzar cada año, las tiendas
de deporte hacen su agosto, incluso se acuden mucho más a los
métodos más variopintos de dejar de fumar. Pero la potencia que
hemos adquirido a base de polvorones y buenos deseos, apenas dura un
par de semanas, con un poco de suerte, tres. Así que, lo más
probable, es en un año, estaremos pensando más o menos en los
mismos propósitos para el 2015 y pensaremos que, esta vez sí, los
vamos a llevar a cabo. Pero solo será la inercia de las buenas
intenciones y los polvorones, y solamente durarán dos semanas, con
un poco de suerte, tres.
Pero
siempre quedará ahí, en nuestro corazón, el deseo de cambiar, de
mejorar, de ser alguien que no somos y esperamos llegar a ser.
Porque, en lo más profundo de nosotros, tenemos la convicción de
que hemos sido creados para algo más, que no estamos aquí para
cometer una y otra vez los mismos fracasos, que no puede ser que
estemos destinados a fallar, a tropezar cada vez, durante toda
nuestra vida, en la misma piedra.
No
estás aquí para ser un fracaso, un cero a la izquierda. Este año
no tiene que ser una ruina, marcada profundamente por tus miserias y
por la gran crisis en que estamos metidos. No tienes por qué vivir
una vida sin propósito y sencillamente avanzando, sorteando las
zancadillas de la vida, a trancas y a barrancas, sin más potencia
que vivir la vida hasta que se acabe. Hay algo más alto, más
sublime.
El
propósito para este año puede ser el ser, estar y hacer exactamente
para lo que fuiste diseñado. Ese sí es un buen propósito de año
nuevo. Y este propósito será un gran fracaso si solamente lo
mantienes durante un par de semanas, con un poco de suerte, tres. Y
será todavía más fracaso si intentas llevarlo a cabo sin incluir
en la ecuación de tu vida al que te diseñó, te puso donde estás y
está llamando a tu puerta esperando a llenar tu vida de sentido.
...yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.
Jesús (Juan 10:10)
lunes, 17 de diciembre de 2012
Terminando el 2012
No soy profeta, como ya anunciaba a principios de este año. El 4 de enero escribía una entrada en la que recapacitaba sobre la que nos venía
encima en este simpático 2012 que hemos tenido que pasar todos y ahora, a solo
4 días del fatídico 21 de diciembre, en que los mayas nos anunciaron que
ocurriría la fatalidad me gustaría mirar atrás un poco, viendo las previsiones
que yo mismo hice hace casi un año, y ver qué ha sido de este año tan “especial”.
Para empezar, tengo varias razones por las que estoy seguro
que el 21 de diciembre no terminará este mundo, desde la experiencia de haber
pasado por varios vaticinios apocalípticos fallidos hasta la confianza en lo
que dijo Jesús acerca de que nadie sabía el día ni la hora. Así que, en opinión
de no profeta, podéis respirar tranquilos, no suicidaros y hacer planes para
este próximo fin de semana.
Aparte de eso, mirando lo que ha sido este año, y viendo las
altas expectativas que tenía, y del optimismo con que me planteaba estos 12
meses en enero, puedo ver cómo, sin dudarlo un segundo, este ha sido el mejor
año de toda mi vida. Si tenía una sensación positiva para con lo que iba a
pasarme, he sido sobrepasado por las circunstancias y sé que debo sentirme muy
agradecido por todo lo que me ha venido en este 2012 que ya casi despedimos.
Estoy mucho más agradecido que nunca por la familia en la
que he sido plantado, he sentido su cariño, su apoyo, su amor incondicional en
cada momento. No creo que haya manera humana de poder expresar todo lo que he
recibido de ellos. Mis padres, mis hermanos, mi abuelo, mis tíos, mis primas,
incluso mi vecina Mari, no encuentro las palabras adecuadas para poder
agradecer por tanto que he recibido, no solamente en este año, sino durante toda
mi vida.
Tengo que agradecer y reconocer lo precioso que es el poder formar
parte del Centro Cristiano de Béjar, el poder apreciar cómo han apostado por mí,
el poder sentir su cariño y aliento en cada paso.
Los estudios en Sefovan están
siendo sencillamente emocionantes, estoy mucho más que encantado con mis
compañeros, con los profesores, con lo que estoy aprendiendo, no solamente a
nivel intelectual, sino de una manera mucho más profunda.
Hoy mismo hemos
pasado las 200000 visitas al blog, sencillamente, es algo que me sobrepasa.
Tengo que estar muy agradecido por los amigos que tengo, por
sus hombros impermeables, por sus sonrisas, por sus ánimos y consejos, incluso por las collejas. Por
tanto como he recibido de ellos aún habiendo dado tan poco.
Eran muchos los años que andaba detrás de una chica, de una
mujer maravillosa de la que, a pesar de las circunstancias en contra, no podía
olvidarme. Pues este 2012 ha
visto cómo las circunstancias han cambiado de una manera drástica, y ahora
tengo una preciosa relación con ella, una esperanza de un futuro juntos y un
amor para ella como jamás imaginé sentir.
Es cierto que sigo sin tener dinero suficiente como para
sentirme seguro económicamente. Incluso, a pesar de las astronómicas 200000
visitas, no me ha llegado ni un céntimo de euro por esto que hago, ni falta que
hace. Pero sí puedo decir y agradecer que en este año no me ha faltado de
absolutamente nada, ni siquiera caprichos. Y el no tener seguridad económica me
ha llevado a buscar la seguridad en algo mucho más firme que el dinero.
He fallado, he caído, he defraudado, he pecado. Es cierto.
Pero he recibido las fuerzas para rectificar, he tenido la mano que me ha
ayudado a levantar, he tenido segundas y terceras oportunidades, he sido
perdonado mucho más profundamente de lo que jamás llegaré a entender. Este año
ha tenido sus oscuridades, sus sombras, sus recovecos. Pero echando la vista
atrás, puedo ver que ha sido un buen año, que he recibido muchísimo más de lo
que puedo digerir. Echando la vista atrás, puedo ver que, más allá de tanta
gente a la que tengo tanto que agradecer por este maravilloso año, hay alguien
que está tan directamente involucrado en mí y en mi bien que sencillamente no
puedo dejarlo pasar.
Quiero agradecer, desde lo más profundo de mi ser, a Dios. Es
a él a quien tengo que agradecer la preciosa familia en la que estoy, porque
fue Él quien me puso allí. Es a Él a quien tengo que dar las gracias con todo
mi corazón por la Iglesia
en la que estoy, por el lugar en el que estudio y todas las personas que están
involucradas en él. Es a él y a nadie más a quien debo la gloria por este blog
y por lo que en él digo. Es a Él a quien debo reconocer el tener a estos amigos
tan cercanos, tan profundamente arraigados en el corazón. Es Él quien ha creado
a Rebeca, quien la ha diseñado tan perfectamente, es suya la virtud, es suyo el
valor, y es a Él a quien quiero honrar profundamente en mi relación con ella. Es
suyo el mundo, es suya la economía, son suyos los gobiernos, es suyo mi
bolsillo. El depender económicamente del dador de la vida me hace ver cada día
cómo no hay de qué temer. El dedicarme a servir al Dios de dioses me hace
comprender que Él se ocupará de mí, que nada me faltará.
Este año 2012, hasta ahora, ha sido tan bueno, tan feliz,
tan excelente, que solamente tengo palabras de agradecimiento, de bendición. Probablemente
el 2013 no sea tan bueno en todos estos sentidos, no lo sé. Pero sí hay algo
que sé, que Dios seguirá estando ahí, que jamás me va a defraudar y que yo he
decidido poner mi vida en sus manos, con todo lo que tengo. Lo demás depende de
Él.
Un saludo.
martes, 27 de marzo de 2012
Debajo de las alas
La mamá pavo iba por el bosque muy contenta seguida de sus
polluelos en fila india. Hacía apenas unos pocos días que habían salido de los
huevos y la seguían a donde quiera que fuera. Ella estaba muy orgullosa, los
polluelos eran muy bellos, llegarían a ser muy buenos pavos, grandes, fuertes,
crecerían y se reproducirían para orgullo de su feliz mamá.
Era madre primeriza, pero había tenido buena maestra en el
arte de criar polluelos, y había deseado durante toda su vida que llegara el momento en
que engendrara vidas, aunque jamás se imaginó que los llegara a querer tanto y
que llegasen a ser tan preciosos como ella los veía. Se le caía la baba cuando
los veía corretear por entre los matorrales y los árboles siguiéndola por el
tupido bosque en la constante búsqueda de un verde manjar que llevarse a la
boca.
Pero ese día, algo comenzó a oler mal. La mamá pavo nunca
antes había tenido aquella sensación, pero algo en su cabeza le alertó de una manera
que no pudo obviarlo. El viento corría desde el arrollo que bajaba de la
montaña blanca, desde ese lugar del que llegan los vientos calurosos en verano,
y ese aire traía un olor extraño, rancio, incluso oscuro. Era hacia allí hacia
donde se dirigía con sus pequeños así que corrigió el rumbo y se encaminó lo más
rápido que puso en dirección contraria, huyendo de aquel mal que desconocía,
pero de todas maneras temía, ya no solo por ella, sino por sus polluelos que
ahora dependían de ella.
No podía ir más rápido, sus pequeños tenían las patas mucho
más cortas que ella y se agotaban con facilidad, así que tuvo que adecuarse a
su ritmo. Al poco rato, se dio cuenta que el aire ya no solamente traía un olor
extraño, sino que también transportaba algo así como una niebla rara, que olía
a rayos. Seguía sin saber qué era, pero sí que supo aún más que era algo de lo
que debía huir, y de lo que debía esconder a sus crías. Los animó a que fueran
más rápido, pero ellos no podían más, estaban agotados, así que tuvo que
aminorar el ritmo, los pobres estaban haciendo lo que podían.
Y entonces fue cuando empezó a nevar. Pero no era una nieve
normal, era una nieve muy extraña. No mojaba, solo manchaba. Y tampoco era del
todo blanca, parecía como gris. Pronto, todo se comenzó a llenar de esa nieve. Cuando
se quiso dar cuenta, vio que estaba sola, que sus pequeños no habían podido
seguirla. Desesperada, se dio la vuelta y volvió sobre sus pasos para intentar buscarlos, no
podía dejarlos a merced del mal que los perseguía.
Lo encontró un poco más atrás en el camino. Estaban
exhaustos. No podían dar un paso más. Ella podía seguir adelante, pero sus
polluelos no lo lograrían. Los abrazó mientras fue consciente del calor que
estaba empezando a hacer, los guardó a todos bajo sus alas. Ya era muy difícil respirar a causa de la niebla que
lo estaba llenando todo. Y entonces fue cuando vio lo que estaba causando ese
infierno.
Delante se alzaba imponente una masa amarilla, roja,
brillante, ardiente, demoledora. Estaba devorando los árboles uno a uno, todos
los animales que no huían de esa destrucción eran deglutidos sin compasión.
De pronto, la desesperación le embargó. No podía ser, ella y
sus pequeños iban a ser destruidos por ese ardiente y brillante mal que se
acercaba, alentado por el viento, justamente hacia ellos. Entonces tuvo que
tomar una decisión. Aún podría huir, pero solamente ella, tendría que dejar atrás
a sus pequeños. Pero no podía hacerlo, los amaba, quería que crecieran, que
experimentaran la belleza de la vida, que aquel no fuera su último día. Sus
pequeños no lo lograrían.
Y allí continuó, abrazando a sus pequeños, no los iba a
dejar solos ante el terrible enemigo que les tocaba enfrentar. Abrazó con más fuerza a sus polluelos, los sentía ahí debajo. Provablemente fuera lo último que sintiera en su vida, pero se alegró de morir con sus crías bajo sus alas. Aquella
niebla estaba acabando con su consciencia, y con ese último momento de lucidez, deseó con todas sus fuerzas que al menos sus pequeños sobrevivieran a aquella destrucción. Teniendo a todos sus hijos bajo las maternales alas del ave,
dejó de sentir, de pensar, de existir.
Cuando el mal hubo pasado, dejando todo muerto y gris a su
paso, solo quedó un montículo carbonizado de lo que había sido aquella madre
que se sacrificó por estar con sus hijos en esos fatídicos momentos.
Y entonces fue cuando algo dentro de ese negro montículo se
movió. Un poco, después un poco más, hasta que de él salió un pequeño pico, que
se revolvió para hacer paso a la cabecita de uno de los hijos de la sacrificada
madre. Poco a poco, salió de entre esa montañita que marcaba lo que había sido
su madre. Le siguieron el resto de los pequeños que, en fila india, siguieron
al primero que salió en su búsqueda de la nueva vida que su madre, con su
sacrificio, les había regalado.
miércoles, 30 de noviembre de 2011
La partida
Todos nacemos con unas cuantas cartas en la mano. No todos
iniciamos esta partida con las mismas, ni siquiera parecidas ni en el mismo número.
Pero el hecho es que todos y cada uno comenzamos esta partida de la vida con
alguna carta, alguna valiosa manera de sacar jugo de los años que viviremos en
esta mota de polvo del universo.
Creo que todos
conocemos casos de gente que ha disfrutado de todo en la vida, que su familia
tenía dinero, que han tenido oportunidades para triunfar y que las han
aprovechado, que eran trabajadores, entusiasmados con lo que hacían y les ha
ido realmente bien. Que lo han conseguido. Son gente que nació con buenas
cartas en la mano, que las han sabido jugar correctamente y que, al menos
aparentemente, van ganando su partida.
También están los casos de aquellos que lo tienen todo,
nacen con unas cartas inmejorables, y sin embargo, las juegan desastrosamente. Todos
conocemos también casos de aquellos que han nacido en buenas familias, con todo
en la vida, con dinero, oportunidades, incluso atractivo físico, absolutamente
todo lo que puedan necesitar, al menos aparentemente, para ser felices. Y sin
embargo acaban fatal, parece una tragedia, como una maldición que cayó sobre
ellos y el negro del sudario les envuelve por una decisión fallida, o una
cadena de ellas. Vienen a mi mente personajes como Lady Di, Heath Ledger o
Michael Jackson. Ejemplos de poderosos y gente que lo tenían todo que mueren en
las peores circunstancias por errores.
Otro caso que nos podemos encontrar en la vida son aquellas
personas que tienen cartas normales, nada del otro mundo, o incluso podríamos
considerar que tienen malas cartas, no tuvieron suerte en el reparto. Teniendo
estas cartas, cualquiera podría pensar que se rendirían a la evidencia y que
dejarían de luchar, que se conformarían con sobrevivir y tratar de hacer el
menor ruido posible. Sin embargo, luchan. Conscientes de sus propias miserias,
se lanzan a cumplir sus sueños amparados por la fuerza que da la esperanza. Estas
“flores que crecen en medio de la basura” son casos raros que logran triunfar
partiendo de una base mucho más baja que otros que triunfan. Desde luego nadie
pensaría que triunfaran con aquellas cartas en la mano. Pero juegan con
brillantez y arduo trabajo cada carta, poniendo toda la carne en el asador. Estos
personajes son dignos de admiración. No faltan los casos de grandes compañías
informáticas que comenzaron en un garaje, con un par de adolescentes buscando
ganarse la vida de una manera modesta.
Y el último caso, el que lamentablemente más nos tiene
acostumbrada la vida, es el de aquellos que no parten con buenas cartas en la
mano, algo normal o incluso malo, al menos desde el punto de vista del poseedor
de aquella mano. La verdad es que pocas son las ocasiones en que alguien
reconoce que tiene buena mano, nos gusta quejarnos demasiado. Al tener estas
cartas tan “malas”, el poseedor piensa que no merece la pena luchar por
absolutamente nada. Así que malgasta sus cartas a la menor, sin buscar su bien,
sin intentar ganar una mano siquiera. Me da mucha pena el ver, según ando por
la calle, adolescentes que han entregado algunas de sus mejores cartas a
jugadas tan penosas como las drogas, gente que apuesta todo por alguien a quien
quiere, cuando resulta que lo único que obtiene a cambio es desprecio, y ahí
sigue, entregando una y otra vez sus mejores cartas al dolor, conociendo
perfectamente el resultado de la jugada. Los casos de aquellos que no tienen
dinero para alimentar a sus familias, y sin embargo, gastan lo poco que tienen
en alcohol o en juego son ejemplos perfectos para los jugadores de este último
tipo.
La partida que jugamos es a vida o muerte. No nos jugamos el
honor, unas fichas ni unos euros. Nacemos con unas cartas, que debemos jugar lo
mejor que podamos. Está claro que podemos tener un golpe de suerte y robar de la bajara en algún momento una carta que cambie el sino de nuestra partida, o todo
lo contrario, recibir un varapalo en forma de carta desastrosa que nos hunda en
aquel lugar del que nos costará sangre, sudor y lágrimas salir. Pero lo que está
claro en esta partida es que lo más importante de todo no son las cartas que
tenemos en nuestra mano. Es algo importante, claro está, pero en ninguna manera
determinante para el cómo acabaremos. Lo más importante es qué haremos con esas
cartas que tenemos, a qué jugadas las apostaremos, en qué momento enseñaremos
los ases que teníamos guardados.
¿Qué jugadas haremos? ¿De dónde aprenderemos a usar nuestras
cartas de la mejor manera posible? ¿Hay alguna manera de tener la garantía de
saber que ganaremos esta partida cósmica? La verdad es que hay tantas
soluciones a estas preguntas casi como personas habitan nuestro mundo, y como
en casi todo en lo que podemos encontrar varias respuestas, no todo el mundo
puede tener razón. La prueba es evidente viendo la cantidad ingente de personas
que fallan estrepitosamente en sus apuestas y lo pierden todo.
¿Cuál es la jugada más importante? ¿Hay algo lo
suficientemente importante para apostarlo todo y asegurame la victoria? ¿Algún órdago
a la vista? Hay algunos que dirán que si lo apuestas todo al dinero, si te
conviertes en un millonario, ganarás esta partida. O que si encuentras a
alguien que te quiera lo suficiente y tal y como eres, obtendrás la victoria. O
que si logras acumular suficiente poder para que los demás bailen a tu son, o
quizá si tienes fama y la gente te admira.
Yo os propongo una solución. Una que sé que merece la pena
para asegurarnos la victoria de nuestra partida, esta en la que, queramos o no,
tenemos que jugar, pues se trata de nuestra propia vida. Creo que para
aprender a hacer nuestras jugadas de quien mejor podemos fiarnos es de Dios
mismo, de nuestro Creador. Él nos dejó en su Palabra cuales eran las mejores
jugadas, a dónde debíamos apostar ese as que tenemos reservado. Cual era el órdago
más importante de nuestras vidas. El resto de las cosas poco importan. En el
evangelio de Mateo, Jesús mismo dice: “Porque, ¿qué aprovechará el hombre, si
ganare el mundo entero, pero pierde su propia alma? ¿O qué recompensa dará el
hombre por su alma?”
No estoy hablando de una victoria física, de una que te
concederá favores entre los hombres como los triunfadores que estamos
acostumbrados a ver. Te estoy diciendo que en la Biblia está descrita la
manera en que Jesús ya ganó esa partida por ti, la manera en que te ofrece esa
victoria de una forma absolutamente gratuita y el medio por el que podrás
disfrutar de esta victoria de una manera completa y eterna.
lunes, 18 de abril de 2011
Los tres árboles
Había una vez, en un bosque a orillas de un río, tres pequeños árboles. Estos árboles siempre habían vivido muy cerca entre sí y se habían hecho muy amigos. Compartían cada día con los otros sus sueños, las ilusiones que tenían para cuando crecieran. Todas las mañanas, con una conversación cargada de esperanzas y de confianza, hablaban de su futuro, de cómo sería su porvenir.
El primero, con gran entusiasmo, compartía: “Yo sueño con crecer grande y fuerte, que mi madera llegue a ser una de las más preciosas del mundo, y que con ella hagan un enorme y cuidado cofre. Un cofre labrado por los mejores artesanos con las filigranas más preciosas, que los cerrojos y las junturas sean de plata fina, quiero tener oro y diamantes engarzados en mi piel. Quiero encerrar en mi interior los más grandes tesoros del mundo, las piedras más preciosas, la corona del mayor rey de la historia, quiero que el oro que yo encierre valga más que un país. Sí, eso quiero ser, quiero ser el que encierre la mayor riqueza del mundo.”
El segundo, con determinación férrea comentaba: “Cuando crezca yo seré un árbol con una madera tan noble y dura que la usarán para crear un galeón. El galeón más robusto que se haya construido jamás. Mi madera será tan noble, tan valiosa, que el agua jamás la pudrirá. Adornarán el casco del galeón con flores y con especias aromáticas para que siempre huela como merece. Pero no será un galeón cualquiera, será el galeón de un gran rey. En mi galeón, este rey, el mayor sobre la faz de la tierra, surcará los enormes mares y océanos para moverse por las vastas tierras sobre las que es soberano. Me llamarán “El Rey de los Mares”. Todos me admirarán, todos me amarán. Sí, eso seré, seré el robusto y precioso galeón del Rey.”
El tercero, ilusionado, decía: “Pues yo quiero ser un árbol muy alto, tan alto que incluso las aves al volar puedan cobijarse a mi sombra. Desde las mayores y más famosas ciudades sabrán de mí, y me verán al horizonte desde los confines de la tierra. Todo el mundo sabrá que yo estoy aquí, y me vendrán a ver desde los lugares más recónditos de todo el planeta. Los animales y las familias se acercarán a mi descomunal sombra para descansar en verano, y para refrigerarse en los preciosos regatos de agua cristalina que surcarán las sombras de mis muchas hojas. Sí, eso voy a ser, el lugar que se vea desde todo el mundo, el sitio donde todos, grandes y pequeños vayan a refugiarse del sofocante sol.”
Pasaron los años, y parece que nada salió como ellos esperaban.
El primero, no creció tan grande y tan fuerte como imaginaba. Su dureza y la pureza de su madera no eran las necesarias para un cofre tan precioso como él imaginaba. Y un día vinieron a cortar su tronco. Con él hicieron algo que no le gustaba nada. Uno de aquellos cajones donde ponen la paja para que coman los burros. Lo que fue el árbol con sueños gloriosos lloraba angustiado, su existencia había sido un fracaso.
La madera del segundo no terminó siendo tan robusta como para construir un galeón, mucho menos para un rey, además, no era tan grande como para abastecer para toda una nave tan descomunal. Un día vinieron a por su madera. La usaron para hacer un pequeño bote de pesca, uno de aquellos diminutos que usan los pobres pescadores para conseguir su sustento. Sus sueños de llevar a un rey, de ser admirado, de oler a rosas, fueron truncados. Ahora llevaba a un pobre, daba bastante lástima y siempre olía a pescado de una manera tan profunda que nadie quería acercarse a él. Otro sueño truncado, otro fracaso para los sueños del pobre árbol.
Y en cuanto al tercero, bueno, no creció mucho. Terminó siendo un árbol débil y deforme. Nadie venía a refugiarse a su sombra, porque sencillamente no tenía. Ni los leñadores quisieron su madera, era demasiado fea y poco ardería. Un día, una tormenta de agua, desbarató sus maltrechas raíces y destruyó el ya penoso árbol. Ahora se moría, tumbado, penoso, acabado.
Unos años más tarde, una familia tuvo que quedarse a dormir en el establo donde estaba el primer árbol. La mujer estaba embarazada y tuvo que dar a luz en semejante cochiquera. Cuando el precioso bebé hubo nacido, usaron el cajón, el pequeño pesebre que un día fue el árbol con sueños, como cuna para el pequeño. Cuando el pesebre vio que venían a verle pastores que le adoraron, cuando vio los coros celestiales que cantaban en su honor, se dio cuenta. Había logrado su sueño, pero no como esperaba. Ahora, en su interior, estaba el mayor tesoro de todo el mundo, del universo entero. Y esto fue posible gracias a que no creció tal y como él imaginaba que iba a ser lo mejor.
Algunos años después, el segundo árbol llevaba a un tal Jesús por el Mar de Galilea. No surcaba grandes océanos, olía a pescado más de lo que se atrevía a aceptar. Pero cuando vio la multitud que esperaba siempre allá donde iba, cuando escuchaba las palabras de su huésped, fue consciente que también había cumplido su sueño. Era el transporte del mayor rey, del único rey de todo el mundo. Y esto no lo habría podido conseguir si se hubiera convertido en el galeón que soñaba.
Un tiempo más tarde, un grupo de soldados romanos andaban por el bosque buscando árboles caídos para llevarlos a Jerusalén. Encontraron al tercer árbol. Lo cargaron hasta un pequeño monte junto a la ciudad. Allí, lo cortaron para sacar una cruz donde moriría un criminal, iba a servir para matar a una persona. Cuando colgaron al preso en su madera, fue consciente de la verdad. Había cumplido su sueño de la forma más increíble. Cuando se oscureció el cielo, cuando vino un terremoto, cuando todo el mundo se volvió loco y aquel romano dijo que verdaderamente era el Hijo de Dios, lo vio. No creció alto y fuerte, pero en todas las ciudades de la tierra se terminaría viendo su forma, no circularon manantiales de agua cristalina, pero circuló la sangre que limpiaría al hombre de sus pecados. No terminaría acogiendo a familias en verano, sino que serían millones los que acudirían a sus pies a refrigerar sus almas. Este árbol, de haber sido precioso y enorme, no habría logrado tal gloria.
El primero, con gran entusiasmo, compartía: “Yo sueño con crecer grande y fuerte, que mi madera llegue a ser una de las más preciosas del mundo, y que con ella hagan un enorme y cuidado cofre. Un cofre labrado por los mejores artesanos con las filigranas más preciosas, que los cerrojos y las junturas sean de plata fina, quiero tener oro y diamantes engarzados en mi piel. Quiero encerrar en mi interior los más grandes tesoros del mundo, las piedras más preciosas, la corona del mayor rey de la historia, quiero que el oro que yo encierre valga más que un país. Sí, eso quiero ser, quiero ser el que encierre la mayor riqueza del mundo.”
El segundo, con determinación férrea comentaba: “Cuando crezca yo seré un árbol con una madera tan noble y dura que la usarán para crear un galeón. El galeón más robusto que se haya construido jamás. Mi madera será tan noble, tan valiosa, que el agua jamás la pudrirá. Adornarán el casco del galeón con flores y con especias aromáticas para que siempre huela como merece. Pero no será un galeón cualquiera, será el galeón de un gran rey. En mi galeón, este rey, el mayor sobre la faz de la tierra, surcará los enormes mares y océanos para moverse por las vastas tierras sobre las que es soberano. Me llamarán “El Rey de los Mares”. Todos me admirarán, todos me amarán. Sí, eso seré, seré el robusto y precioso galeón del Rey.”
El tercero, ilusionado, decía: “Pues yo quiero ser un árbol muy alto, tan alto que incluso las aves al volar puedan cobijarse a mi sombra. Desde las mayores y más famosas ciudades sabrán de mí, y me verán al horizonte desde los confines de la tierra. Todo el mundo sabrá que yo estoy aquí, y me vendrán a ver desde los lugares más recónditos de todo el planeta. Los animales y las familias se acercarán a mi descomunal sombra para descansar en verano, y para refrigerarse en los preciosos regatos de agua cristalina que surcarán las sombras de mis muchas hojas. Sí, eso voy a ser, el lugar que se vea desde todo el mundo, el sitio donde todos, grandes y pequeños vayan a refugiarse del sofocante sol.”
Pasaron los años, y parece que nada salió como ellos esperaban.
El primero, no creció tan grande y tan fuerte como imaginaba. Su dureza y la pureza de su madera no eran las necesarias para un cofre tan precioso como él imaginaba. Y un día vinieron a cortar su tronco. Con él hicieron algo que no le gustaba nada. Uno de aquellos cajones donde ponen la paja para que coman los burros. Lo que fue el árbol con sueños gloriosos lloraba angustiado, su existencia había sido un fracaso.
La madera del segundo no terminó siendo tan robusta como para construir un galeón, mucho menos para un rey, además, no era tan grande como para abastecer para toda una nave tan descomunal. Un día vinieron a por su madera. La usaron para hacer un pequeño bote de pesca, uno de aquellos diminutos que usan los pobres pescadores para conseguir su sustento. Sus sueños de llevar a un rey, de ser admirado, de oler a rosas, fueron truncados. Ahora llevaba a un pobre, daba bastante lástima y siempre olía a pescado de una manera tan profunda que nadie quería acercarse a él. Otro sueño truncado, otro fracaso para los sueños del pobre árbol.
Y en cuanto al tercero, bueno, no creció mucho. Terminó siendo un árbol débil y deforme. Nadie venía a refugiarse a su sombra, porque sencillamente no tenía. Ni los leñadores quisieron su madera, era demasiado fea y poco ardería. Un día, una tormenta de agua, desbarató sus maltrechas raíces y destruyó el ya penoso árbol. Ahora se moría, tumbado, penoso, acabado.
Unos años más tarde, una familia tuvo que quedarse a dormir en el establo donde estaba el primer árbol. La mujer estaba embarazada y tuvo que dar a luz en semejante cochiquera. Cuando el precioso bebé hubo nacido, usaron el cajón, el pequeño pesebre que un día fue el árbol con sueños, como cuna para el pequeño. Cuando el pesebre vio que venían a verle pastores que le adoraron, cuando vio los coros celestiales que cantaban en su honor, se dio cuenta. Había logrado su sueño, pero no como esperaba. Ahora, en su interior, estaba el mayor tesoro de todo el mundo, del universo entero. Y esto fue posible gracias a que no creció tal y como él imaginaba que iba a ser lo mejor.
Algunos años después, el segundo árbol llevaba a un tal Jesús por el Mar de Galilea. No surcaba grandes océanos, olía a pescado más de lo que se atrevía a aceptar. Pero cuando vio la multitud que esperaba siempre allá donde iba, cuando escuchaba las palabras de su huésped, fue consciente que también había cumplido su sueño. Era el transporte del mayor rey, del único rey de todo el mundo. Y esto no lo habría podido conseguir si se hubiera convertido en el galeón que soñaba.
Un tiempo más tarde, un grupo de soldados romanos andaban por el bosque buscando árboles caídos para llevarlos a Jerusalén. Encontraron al tercer árbol. Lo cargaron hasta un pequeño monte junto a la ciudad. Allí, lo cortaron para sacar una cruz donde moriría un criminal, iba a servir para matar a una persona. Cuando colgaron al preso en su madera, fue consciente de la verdad. Había cumplido su sueño de la forma más increíble. Cuando se oscureció el cielo, cuando vino un terremoto, cuando todo el mundo se volvió loco y aquel romano dijo que verdaderamente era el Hijo de Dios, lo vio. No creció alto y fuerte, pero en todas las ciudades de la tierra se terminaría viendo su forma, no circularon manantiales de agua cristalina, pero circuló la sangre que limpiaría al hombre de sus pecados. No terminaría acogiendo a familias en verano, sino que serían millones los que acudirían a sus pies a refrigerar sus almas. Este árbol, de haber sido precioso y enorme, no habría logrado tal gloria.
viernes, 25 de marzo de 2011
El fin de semana
Hoy es viernes, lo que significa que comienza el fin de semana. Para la mayoría, esta es una genial noticia. Significa que, al fin, podemos descansar de la semana, podemos concentrarnos más en nosotros y dejar de lado las preocupaciones que nos asedian diariamente.
El fin de semana intentaremos disfrutar de la paz, o del movimiento, depende de cada uno. Y seremos un poquito más felices durante un par de días para después volver al lunes y desear que pasen las horas y nos lleven a un nuevo fin de semana.
Esta es la dinámica que me lleva dirigiendo ya varios años, y, teóricamente, esta es la tónica que regirá mi existencia durante mucho más tiempo del que llevo vivido, o al menos eso espero.
Con un poco de suerte, un día encontraré a una chica que merezca la pena y con quien desee pasar el resto de mi vida. Procuraré conseguir un trabajo que no sea demasiado malo, comprarme una casa, un coche, casarme y tener hijos. Todo dentro de esta dinámica, constantemente esperando al fin de semana para que pase rápidamente y vuelva a esperar su llegada.
Envejeceré, mis hijos crecerán y me darán nietos, serán buenos chicos. Seguramente en algún momento hagan cosas un poco feas, pero, tampoco será para tanto. Puede ser que, incluso, engañe a mi mujer con alguna otra en algún momento, pero, tampoco será para tanto, porque, aunque físicamente la engañe, por dentro seguiré queriendo a mi esposa.
Al final de mi vida, tengo que irme empezando a mentalizar, mis hijos me dejarán en alguna residencia, me vendrán a ver una vez o un par de ellas al año.
En mi lecho de muerte, pensaré que, en mi vida, he hecho lo que he podido, he intentado ser lo más bueno posible. Como decía Frank Sinatra, “lo he hecho a mi manera”. Probablemente se acordarán de mí mis familiares, por lo menos durante diez o veinte años. Después, el olvido eterno. Al fin habrá terminado mi espera, ya no tendré que contar las horas para el fin de semana.
Si este es tu plan de vida, si realmente piensas que has nacido para morir, y ser recordado por algunos años. Si crees que la complejidad de tu vida, todos los sentimientos que te embargan cada noche, esa necesidad de sentirte amado, comprendido, aceptado, son producto de una serie de casualidades naturales sin ningún fin. Si piensas que, después de todo, somos como un soplo en medio del viento del universo. Si la meta de tu vida es tener la mejor muerte posible, si tu único destino es el ser recordado, debes saber algo.
No has sido creado para morir. He estado hablando acerca de un dios durante un tiempo. Un dios que creó el universo y a ti mismo con un gran propósito, con un plan que ni siquiera puedes imaginar. Este dios, tan alto que, como decíamos el otro día es imposible llegar a conocerle, no podemos agradarle, no podemos siquiera llegar a comunicarnos con él. Pero, a pesar de todo, este Dios desea tener una relación personal contigo. Puedes tener claro, que su plan para ti no es el olvido, ni siquiera el mero recuerdo, y lo puedes tener tan claro porque, aún a pesar de nuestra bajeza, a pesar que en ningún momento buscamos seguir su voluntad o agradarle, envió a su Hijo como el sacrificio perfecto, estuvo dispuesto a sacrificar lo más valioso, lo más importante, solamente por pagar tu pena, por ofrecerte la posibilidad de instaurar esta relación, para que, al fin, pudieras cumplir este propósito que el mismo Dios tiene para ti.
No has sido creado para vivir una rutina hasta la muerte. No has nacido simplemente para morir. No eres un accidente del destino sin un propósito.
En el día de hoy tu creador te está buscando, Dios mismo ha bajado para rescatarte. Si quieres aceptar el plan de Dios para ti no dejes pasar un día más, no malgastes tu dolor o tu vaciedad. Hoy puede ser un día más de tu rutina, o el primer día del resto de tu vida, una vida con un propósito increíble.
El fin de semana intentaremos disfrutar de la paz, o del movimiento, depende de cada uno. Y seremos un poquito más felices durante un par de días para después volver al lunes y desear que pasen las horas y nos lleven a un nuevo fin de semana.
Esta es la dinámica que me lleva dirigiendo ya varios años, y, teóricamente, esta es la tónica que regirá mi existencia durante mucho más tiempo del que llevo vivido, o al menos eso espero.
Con un poco de suerte, un día encontraré a una chica que merezca la pena y con quien desee pasar el resto de mi vida. Procuraré conseguir un trabajo que no sea demasiado malo, comprarme una casa, un coche, casarme y tener hijos. Todo dentro de esta dinámica, constantemente esperando al fin de semana para que pase rápidamente y vuelva a esperar su llegada.
Envejeceré, mis hijos crecerán y me darán nietos, serán buenos chicos. Seguramente en algún momento hagan cosas un poco feas, pero, tampoco será para tanto. Puede ser que, incluso, engañe a mi mujer con alguna otra en algún momento, pero, tampoco será para tanto, porque, aunque físicamente la engañe, por dentro seguiré queriendo a mi esposa.
Al final de mi vida, tengo que irme empezando a mentalizar, mis hijos me dejarán en alguna residencia, me vendrán a ver una vez o un par de ellas al año.
En mi lecho de muerte, pensaré que, en mi vida, he hecho lo que he podido, he intentado ser lo más bueno posible. Como decía Frank Sinatra, “lo he hecho a mi manera”. Probablemente se acordarán de mí mis familiares, por lo menos durante diez o veinte años. Después, el olvido eterno. Al fin habrá terminado mi espera, ya no tendré que contar las horas para el fin de semana.
Si este es tu plan de vida, si realmente piensas que has nacido para morir, y ser recordado por algunos años. Si crees que la complejidad de tu vida, todos los sentimientos que te embargan cada noche, esa necesidad de sentirte amado, comprendido, aceptado, son producto de una serie de casualidades naturales sin ningún fin. Si piensas que, después de todo, somos como un soplo en medio del viento del universo. Si la meta de tu vida es tener la mejor muerte posible, si tu único destino es el ser recordado, debes saber algo.
No has sido creado para morir. He estado hablando acerca de un dios durante un tiempo. Un dios que creó el universo y a ti mismo con un gran propósito, con un plan que ni siquiera puedes imaginar. Este dios, tan alto que, como decíamos el otro día es imposible llegar a conocerle, no podemos agradarle, no podemos siquiera llegar a comunicarnos con él. Pero, a pesar de todo, este Dios desea tener una relación personal contigo. Puedes tener claro, que su plan para ti no es el olvido, ni siquiera el mero recuerdo, y lo puedes tener tan claro porque, aún a pesar de nuestra bajeza, a pesar que en ningún momento buscamos seguir su voluntad o agradarle, envió a su Hijo como el sacrificio perfecto, estuvo dispuesto a sacrificar lo más valioso, lo más importante, solamente por pagar tu pena, por ofrecerte la posibilidad de instaurar esta relación, para que, al fin, pudieras cumplir este propósito que el mismo Dios tiene para ti.
No has sido creado para vivir una rutina hasta la muerte. No has nacido simplemente para morir. No eres un accidente del destino sin un propósito.
En el día de hoy tu creador te está buscando, Dios mismo ha bajado para rescatarte. Si quieres aceptar el plan de Dios para ti no dejes pasar un día más, no malgastes tu dolor o tu vaciedad. Hoy puede ser un día más de tu rutina, o el primer día del resto de tu vida, una vida con un propósito increíble.
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