martes, 17 de enero de 2012

La circular


“¡Vaya un desgraciado!”. Fue lo único que se le pasó por la mente al pastor protestante que pasaba junto a aquel hombre tendido, tan derrotado que ya ni siquiera suplicaba ayuda, solamente una lata de sardinas abierta y con algunas monedas en su interior mostraba sus intenciones. Había quedado con un miembro de su congregación para tratar un tema muy importante, habían decidido adquirir un nuevo cañón para proyectar las predicaciones y las canciones en la pared para que todo el mundo las viera y debía escoger la mejor, y al mejor precio. La crisis no para por nadie.

La línea circular del metro a esa hora era un hervidero de gente. Muchos habían comprendido que era más rápido y económico usarlo y, aunque resultara mucho menos glamuroso, la verdad es que a fin de mes se nota cada pequeño esfuerzo. Los vagones iban y volvían llenos hasta reventar.

Entre el tropel de gente que circulaba por los grandes pasillos, un comercial, con su corbata y su maletín iba rumbo a la zona que le tocaba cubrir ese día. También pasó junto al desgraciado drogadicto. Le miró. Pero en seguida apartó la vista. Había visto algo muy raro en sus ojos, probablemente fuera alguien peligroso. Estaba tirado en el suelo, con la ropa sucia y seguramente oliera mal, no lo captó bien porque había mucha gente alrededor, pero la pinta que tenía lo decía todo. La droga es mala, esa lección la aprendió hacía un tiempo. Aún jugueteaba con alguna que otra de vez en cuando, pero siempre controlando, eso sí. Le miró el tiempo justo para esquivarle y no contaminarse de su inmundicia. Y sus impolutos zapatos siguieron pisando el suelo. Cuando levantó la vista, contempló a una jovencita que le ayudó a olvidar la repugnancia de lo que acababa de ver. La siguió para situarse cerca de ella en el vagón. Así se olvidaría un rato de la discusión que acababa de tener con su mujer.

“Aquí no se puede estar.” El guardia de seguridad se paró delante del drogadicto. “Este es un lugar público y no se puede permanecer aquí entorpeciendo el paso de los usuarios.” Las palabras correctas trataban de enmascarar la repugnancia que sentía. “Si quiere limosnar, debería pedir un permiso al Ayuntamiento y, por lo menos cantar o algo.”  La gente se volvía para contemplar como era expulsado del lugar donde estaba tumbado este ser indigno. El hombre tardó un tiempo en levantarse, la verdad es que estaba tan débil que apenas se sostenía en pie. Al guardia le faltaban apenas 5 minutos para el cambio, y comenzaba a impacientarse. Quería llegar a casa y seguir con la partida del videojuego al que solía jugar. “¡Te he dicho que salgas de aquí!, ¡más rápido!”.

Su mujer le había dejado y el juez le había concedido la casa y la custodia de sus dos hijos a ella. Desde entonces, todo había ido a peor. Comenzó viviendo en una pensión, pero pronto, la paga que le tenía que dar a su exmujer, era demasiado como para poder seguir además viviendo y pagando la habitación, así que tuvo que decidir buscar otra cosa. Durante un tiempo estuvo durmiendo, cuando encontraba cama, en una casa de unas monjas que ayudaban a los pobres, pero no todos los días encontraba sitio. Su sueldo apenas le daba para mal comer, y sus ropas cada vez estaban más sucias. Todo esto hizo que le echaran del trabajo, no era lógico que un dependiente de una frutería oliera así de mal, o que fuera a trabajar con aquellas pintas. Así que bajó aún otro escalón. En la calle, se hizo algunos amigos, o él pensaba que lo eran. El caso es que aquellas drogas que probó alguna vez de joven y que ellos tomaban le dieron una salida temporal a su ruina de vida. Y llevaba ya 2 años malviviendo en las calles, sobreviviendo como podía, comiendo de lo que encontraba en la basura y, siempre que tenía mono, iba al metro a pedir limosna, al menos estando colocado podía olvidar por un rato todos sus problemas.

Decisiones fallidas, caminos erróneos. Este hombre acabado había equivocado el norte en demasiadas ocasiones, y allí estaba, saliendo humillado del metro bajo la atenta mirada de los curiosos, mientras le seguía un guarda malhumorado. La vida le había vapuleado vez tras vez de tal manera que poca diferencia había entre ese maloliente hombre y un cadáver. “Ya no tengo más salida”, pensaba “sobreviviré hasta que pueda volver a colocarme, después, solamente esperaré que se me pase para volver a sobrevivir el tiempo suficiente para volver a colocarme. No hay nada más para mí, no soy nada más que esto.” Al alzar la vista y contemplar un niño de la edad de su hijo pequeño que iba de la mano de su madre, mirándole con cara de asco, se le escapó una lágrima. “Yo no quería esto. He fallado, pero yo no quería esto. ¿Es que no hay una segunda oportunidad para un fracasado como yo?”

Porque la verdad es que Samaria queda muy lejos de Madrid, y los días en que nos ayudábamos unos a otros, muy remotos en el tiempo…

lunes, 16 de enero de 2012

13 años


Prácticamente, desde que tengo uso de razón, he acudido a la Iglesia. A una protestante. Es posible que esto me haya hecho ser un poquito más raro de la cuenta o que me haya hecho hablar de una manera extraña, pues como todo el mundo sabe, en esta vida se pega todo menos la hermosura y, para qué nos vamos a engañar, entre los protestantes hay gente muy rara.

En el colegio, era el único que no cursaba la asignatura de religión, pues en aquel entonces era únicamente católica, y claro, yo era de los otros, así que nada de nada. Me dedicaba a hacer dibujitos mientras era testigo de lo que aprendían mis compañeros.

Pero la verdad es que el hecho de ser raro, o de ir los domingos a cantar canciones en la Iglesia, o el hecho de aprender historias de la Biblia y memorizar versículos no me hacían ser más ni mejor. Es obvio que me alegro de haber estado en la Iglesia en lugar de andar por la calle tirando piedras a las ventanas de las casas, pero vivir en una familia protestante no me hacía mejor persona, ni más alto, ni más bueno, ni más listo. Ni siquiera me garantizaba absolutamente nada en el caso que yo hubiera muerto y me viera en la obligación de rendir cuentas a Dios.

Pero un día, todo cambió. Y hoy se cumplen 13 años de aquello. El 16 de enero de 1999, tomé una decisión personal. Una decisión que trastornaría toda mi vida a partir de entonces, y que me daría una seguridad de que la muerte no me enviaría a un lugar peor. Esta decisión que tomé fue la de aceptar como mío el sacrificio hecho por Jesús, Dios mismo, en la cruz, en mi favor, el sacrificio que pagaba toda deuda que yo había contraído con el Creador durante toda mi vida, incluso la que estaba por llegar. Aquel día no cambió todo de una manera radical, pero la semilla del cambio comenzó a germinar.

Desde ese día pasé de estar en una religión a estar en la otra, pasé de ser el chico raro que se diferenciaba por tener “otra religión” a ser un hijo de Dios, a ser un amigo del Creador. Ahora tengo la puerta abierta siempre que quiera para hablar con Él, para contarle mis problemas, para pedirle que me ayude, para recibir consolación en los buenos momentos, alguien a quien acudir para alegrarme en las dichas. Ahora ya nada es lo mismo. Ya no tengo que preocuparme por el mañana, pues sé que Dios, mi Padre es el soberano, puedo descansar por las noches sabiendo que nadie me apartará de aquello que debo hacer, de estar con quien debo estar, de ser quien, de hecho, soy.

Aprendí una lección, que Dios no tiene nietos, solo hijos. Que el hecho de estar en una familia que va a la Iglesia, o el hecho de hacer esto y lo otro de una manera mecánica o “religiosa” no tiene más sentido que el hacerlo en sí mismo. Que seguir a Dios es una decisión personal, que aceptar la salvación que ofrece Cristo y tener la confianza de una vida plena y una eternidad increíble es una decisión que nadie puede tomar por uno, es totalmente personal y absolutamente consecuente.

Hoy hace 13 años que pasé de muerte a vida, de condenación a salvación, de tristeza a alegría. Es evidente que me influyó el hecho de haber sido criado en la familia donde estuve y que todo a mi alrededor condicionó en mayor o menor medida este momento, pero lo que sí que puedo decir es que fue mi decisión, de nadie más. Decisión de la que en ningún momento me arrepiento porque aún no ha llegado el día en que Dios haya dejado de ser fiel, ni llegará. Porque hoy más que nunca estoy seguro del acierto que hice ese día.

El 16 de enero de 1999 tomé la mayor y más importante decisión de toda mi vida. Y pienso vivir el resto de mis días en este mundo como una consecuencia de aquella decisión.

viernes, 13 de enero de 2012

Por qué odio la religión pero amo a Jesús

¿Qué tal si te digo que Jesús vino a abolir la religión?
¿Qué tal si te digo que votar por el PP no era realmente su misión?
¿Qué tal si te digo que "de derechas" no necesariamente quiere decir cristiano, y que sólo porque llames a algunos “ciegos" no te hace ver?
Es decir, si la religión es tan buena, ¿por qué ha comenzado tantas guerras?
¿Por qué construye iglesias enormes, pero falla al alimentar al pobre?
Les dice a las madres solteras que Dios no las ama si se han divorciado, aún cuando en el Antiguo Testamento Él llama “prostitutas” a los religiosos.
La religión predica gracia, pero otra cosa practica.
Tiende a ridiculizar a la gente de Dios, lo hicieron con Juan el Bautista.
No pudiendo arreglar sus problemas, trata de enmascararlos, sin darse cuenta que es como echar perfume en un ataúd.

El problema con la religión es que nunca se llega a la base.
Solo una modificación de conducta, como una larga lista de tareas.
Así que vistamos el exterior, hagamos que luzca bonito y pulcro.
¡Qué gracioso!, eso es lo que hacen con las momias, mientras el cuerpo se pudre debajo.

No estoy juzgando, sólo digo "ten cuidado de parecer falso, porque hay un problema si la gente sólo sabe que eres cristiano por tu Facebook".
Es decir, que en cualquier otro aspecto de la vida sabes que esa lógica indigna, es como decir que juegas en el Madrid sólo porque te compraste la camiseta.
Mira, ese era yo también y nadie parecía estar encima de mí, actuaba como un niño de iglesia, mientras era adicto a la pornografía.
Yo iba a la iglesia el domingo, pero el sábado me desvanecía actuando como si hubiera sido creado simplemente para tener sexo y terminar desgastado.
Pasé toda mi vida poniendo una fachada de pulcritud, pero ahora que conozco a Jesús, me alegro de mis debilidades.

Porque si la Gracia es agua, entonces la Iglesia debería ser el océano.
No es un museo de gente buena, es un hospital para el quebrantado.
Ya no tengo que ocultar mis faltas, no tengo que ocultar mi pecado, porque mi salvación no depende de mí, sino depende de Él.
Porque cuando era el enemigo de Dios, y desde luego no era su fan, Él me miró abajo y dijo, “yo quiero a ese hombre”.
Por eso es que Jesús odiaba la religión, y por eso los llama necios, ¿no ves que Él es mejor que sólo seguir algunas reglas?

Ahora quiero aclarar algo, yo amo la Iglesia, amo la Biblia y sí, yo creo en el pecado, pero si Jesús llegara a tu iglesia, ¿realmente lo dejarían entrar?
Recuerda que Él fue llamado glotón y borracho por gente “religiosa”.
Pero el Hijo de Dios no aplica nuestra propia justicia, no lo hace ahora, ni en ese entonces.

Ahora, vuelvo al tema y creo que una cosa es vital mencionarla, cómo Jesús y religión son aspectos opuestos.
Razón por la cual la salvación es gratuitamente mía, y el perdón es mío propio. No basado en mis esfuerzos, sino solamente en la obediencia de Jesús.
Porque Él tomó la corona de espinas, y su sangre goteaba por su rostro. Él tomó lo que todos merecíamos, creo que por eso lo llamamos Gracia.
Mientras era asesinado, Él gritó “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Porque cuando era colgado en esa cruz, Él estaba pensando en ti.
Él pagó por todos tus pecados y luego lo enterraron en la tumba, es por eso que estoy de rodillas en la cruz diciendo “vamos, hay espacio”.
Ahora sé que odio la religión, de hecho, literalmente, estoy resentido.
Porque cuando Jesús dijo, “Todo está pagado”, estoy seguro que lo decía en serio.

"Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia." Romanos 4:5






(La traducción es básicamente la que aparece en el vídeo, he modificado algunas cosas para que se entiendan mejor en España y otras porque considero que no estaba bien traducida del todo. De todos modos, si veis algún fallo, no dudéis en comentármelo.)

jueves, 12 de enero de 2012

Dios ha muerto


La cosa está mal.

Y no es que esté peor que nunca o que la situación sea completamente novedosa, pero sí que hay algo que se respira en el aire que no se percibía antes. El ser humano parece moribundo, y lo que olemos es el hedor de la putrefacción de sus miembros infectados. Varias veces he descrito algunos aspectos de la ruina moral, económica y social que vive esta humanidad malherida, la manera en que, en plena cúspide de nuestra evolución intelectual, tecnológica y científica, nos hemos dado cuenta de estar al borde de un precipicio, y la fuerza de la inercia nos empuja con tanta fuerza que ya dudamos que haya alguien que pueda salvarnos de esta hecatombe. En mayor o menor medida, esto es algo que cualquiera que se haya parado a pensarlo está de acuerdo. El ser humano agoniza, y se dirige irremediablemente hacia la tumba, desquiciado, abandonado, putrefacto.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿En qué momento se nos fue todo de las manos? ¿Qué hemos hecho tan mal? Pienso que la respuesta la podemos hallar en otra afirmación de una decadencia, de una muerte.

“Dios ha muerto”, afirmó Nietzsche. Este podría ser un resumen bastante eficaz de la sociedad desde el siglo XIX. El ser humano ha llegado al punto de afirmar la muerte de su progenitor, y en base a esta afirmación ha llegado a ser mayor de edad y ha buscado su camino alejado de cualquier rastro de la Biblia. Hemos echado a Dios de nuestras universidades, de nuestros colegios, de nuestras calles, de nuestros corazones, de nuestros televisores, incluso hemos intentado echarle de nuestras iglesias. Total, las iglesias son enormes tumbas de un dios que antaño reinó y hoy hemos conseguido destronar. “Dios ha muerto”. Ya no le necesitamos para explicar el paso de las estaciones, ya no le necesitamos para llegar a existir, ya no le necesitamos para protegernos, ya no le necesitamos para nada, le hemos repudiado. Ahora hemos crecido, somos mayores, orgullosos, fuertes, poderosos. Ya no le queremos. Nos hemos independizado. No hay lugar para Él, y le hemos enterrado.

Así que hemos creado una civilización a nuestra imagen y semejanza, una en la que no tengamos que responder por nuestros errores, una en la que cada vez sea más sencillo hacer lo que nos venga en gana, una en la que la medida de la verdad, de la justicia y de la libertad sea la que nosotros pongamos.

Pero hemos errado profundamente. Pensamos tener edad y madurez suficiente para independizarnos de Dios, supusimos ser lo suficientemente mayores como para guiar nuestro propio camino. Fuimos engañados. Atrapados en nuestra adolescencia, pedimos la herencia a Dios y nos fuimos a gastarla como bien nos vino en gana. Pero olvidamos lo esencial, y es que le necesitamos. La verdad es que enterrar a Dios fue enterrarnos a nosotros mismos.

Y ahora, creyéndonos libres, independientes, fuertes e invencibles, hemos caído, y seguiremos haciéndolo. Ahora, cuidamos a los cerdos de cuyas algarrobas ansiamos llenar nuestros estómagos. Ahora, en medio de nuestra altivez, nos planteamos si no será verdad que hay algo más allá, si es posible que hayamos sido engañados. Atrapados en medio de nuestros excrementos nos paramos a pensar si no sería posible que estuviésemos equivocados y no fuéramos tan adultos, tan capaces, tan independientes como pensamos en un principio.

Ha venido una crisis económica, sí. Pero no es más de una cara de la crisis que tenemos encima, es posible que sea la que nos haga reaccionar, pues nos afecta la zona más sensible y querida, el bolsillo. Pero si el hambre nos hace recapacitar y reaccionar, bienvenida sea.

Porque el hecho es que, por mucho que nos hayamos empeñado en enterrarlo, Dios no ha muerto. Sigue ahí, esperando. Nos hemos empeñado en expulsarlo de nuestras vidas, sin ser conscientes que firmábamos nuestra condena con tinta de oro. Y hoy agonizamos a causa de nuestro orgullo.

sábado, 7 de enero de 2012

El dinero II: Patrón oro

El pasado 15 de noviembre, reduje la extensa historia que condujo a la creación del dinero en una historieta que nos contaba la manera en que el trueque llevó necesariamente, por razones de logística y comodidad, al uso de un comercio con bienes que, aunque no tuvieran un uso en sí mismos, valían para intercambiarlos por otros bienes o servicios. 

En el cuento narraba cómo una comunidad comenzó a usar pepitas de oro como bien intercambiable, pero la historia nos cuenta cómo fueron muchos otros objetos los que fueron usados de esta manera como alimentos, conchas, otras piedras preciosas o incluso plumas, al terminar la Segunda Guerra Mundial, se llegó a usar como moneda de cambio el chocolate. La única condición para estos bienes de intercambio era que todos los que lo usaban lo apreciaran y lo aceptaran como moneda de cambio valiosa. Tanto es así que incluso hoy en día se usan como moneda de cambio en las prisiones cigarrillos, y son usados de esta manera incluso por los no fumadores, sabedores que pueden intercambiarlos por bienes y servicios.

Con el tiempo, se comenzó a extender el oro y la plata como dinero por todo el mundo mediterráneo por su facilidad de conservación y movilidad. Pero esto tenía un problema, y es que si se usaban piezas de oro, o bien eran demasiado valiosas para la gente de a pie, o bien demasiado pequeñas para que se pudieran usar de una manera normal, mucho más para no perderlas. Entonces se comenzaron a usar mezcladas con otros materiales para que su valor dependiera de la cantidad de oro o de plata que contenía.

Pero esto llevó a que, como suele pasar, saliera a relucir la picaresca y se solían usar mezclas de baja calidad para engañar a los incautos. Entonces los reinos y los gobernantes tomaron cartas en el asunto, y comenzaron a acuñar monedas oficiales que, mientras servían de método de publicidad de los gobernantes, daban su aval a la calidad de las monedas, poniendo punto y final a los intentos de particulares de lucrarse con monedas de baja calidad. Así, comenzaron a circular monedas de metales preciosos en mayor o menor cantidad y con las efigies de diferentes reyes, reinas o símbolos de imperios y naciones, y así continuó siendo durante miles de años.

Pero la evolución, aunque tardó en llegar, no paró en las monedas de metales preciosos. Los estados comenzaron a emitir monedas que, en sí mismas carecían de valor, pero se basaban en el oro o la plata que había en las reservas del estado o banco en cuestión. De esta manera, se introdujo el billete, un papel que básicamente era un cheque al portador, es decir, este papel significaba que quien lo poseyera tenía el derecho de ir al banco o a la entidad que lo emite para que les de la cantidad de oro consecuente.

Durante los siglos XVIII y XIX se usaron los patrones oro y plata, aunque en la Primera Guerra Mundial, se impuso el patrón oro para todos los estados y sistemas monetarios. Pero llegó la crisis del 29, en que la desconfianza en el sistema económico llevó a que millones de personas se presentaran en los bancos para reclamar el oro que valían los billetes que tenían. Esto, acompañado, o más bien generado, por una crisis bursátil, llevó a la bancarrota de los estados y de las familias. Para que no volviera a suceder, se prohibió que los particulares pudieran cambiar el papel-moneda en oro.

A través de la segunda mitad del siglo XX, todo cambió tan rápido y fuera de control que se impuso una nueva evolución al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Este cambio se llamó Bretton Woods, y se basaba en que la moneda de cambio seguiría siendo el oro, pero con un precio en dólares, es decir, que todas las divisas serían convertibles en dólares estadounidenses y sólo el dólar estadounidense sería convertible en lingotes de oro a razón de 35 dólares por onza para los gobiernos extranjeros.

miércoles, 4 de enero de 2012

2012

Bueno, pues aquí estamos, ya hemos llegado. El 2012 vino, fue recibido, al menos en mi caso, con 12 uvas y ya lo tenemos encima. Y este año no es uno cualquiera, es un año que promete, para bien o para mal, pero promete, y mucho.

Para empezar, estamos metidos, como ya he recordado, para vuestro regocijo personal, en multitud de ocasiones, en una de las mayores crisis económicas que se recuerdan, o al menos que yo recuerdo. Con cifras de paro históricas, de déficit y de no sé cuantas cosas más. El caso es que, entre todos, nos hemos dejado contagiar del pesimismo de los estadistas y los telediarios parecen más grises, la gente anda con el ánimo caído. Estamos metidos en algo de lo que no sabemos salir, y ahora, el nuevo gobierno, va a hacer recortes durísimos. Empezamos el año de la manera más oscura posible.

Además, por si fuera poco, no faltan los presuntos profetas, intérpretes del saber antiguo y agoreros en general que se afanan en aclamar cataclismos para este fantástico año. Según parece, en un principio, se dijo que los mayas habían hecho muchas profecías que habían sido reales, nadie decía cuales, pero el caso es que las había, en algún sitio. Estos mayas, habían puesto la fecha del fin del mundo en diciembre del 2012. Después se decía que no, que los mayas tenían un sentido de la vida cíclico y que, por lo tanto no podían predicar el fin del mundo porque no creían en él, sino más bien debía ser un cambio de ciclo. Recientemente he leído que lo que pasaba en realidad es que los mayas tampoco eran tan profetas como se pensaban y que todo esto del fin del mundo fue un invento de un escritor de los 70. Pero ahí queda. Y hay mucha gente que piensa que, si no el fin del mundo, algo catastrófico va a suceder a finales de este año.

Lo que está claro es que este no será un año normal. Puede ser que sea muy malo el comienzo, o las expectativas que tenemos de este 2012 sean que bien nos irá si logramos sobrevivir. Pero no todo lo que creemos que comienza mal, termina mal.

Como estuve hablando hace un tiempo, la palabra “crisis”, en japonés, viene de la unión de la palabra “peligro” con “oportunidad”. Este es un año peligroso, seguramente será duro. Muchas familias lo pasarán realmente mal para salir adelante. Otros vivirán con miedo a que a fin de año les caiga encima un asteroide, o a que estalle una guerra mundial o mil cosas más. El peligro está ahí, y es más palpable que nunca. Estamos rodeados de una seria de situaciones contra las que no podemos y que nos nublan la vista, nos hacen verlo todo gris. Pero más allá de la crisis hay vida, más allá de todo lo malo que parece que nos amenaza a la vuelta de la esquina. Tenemos que aprovechar la oportunidad que tenemos cada día. No centrarnos en todo aquello que tenemos a nuestro alrededor tan malo tan malo que no podemos cambiarlo, sino mirar directamente a lo que sí podemos cambiar, a aquellos que tenemos alrededor por los que merece la pena cambiarlo. A buscar las oportunidades para salir adelante.

Yo no soy profeta, ni falta que hace, a finales de este año ya veremos si tengo razón o no. Pero la verdad es que tengo una sensación muy positiva con este año, creo que será muy bueno y que, si sabemos aprovechar las oportunidades y escapar de los peligros, esta crisis puede ser de lo más beneficiosa para todos.

Seguramente todos pensamos que nos iría mucho mejor con más dinero. Yo lo pienso. Pero debemos recordar que el dinero no soluciona todos los problemas, solo soluciona los problemas de dinero, que, visto lo visto, son de los menores problemas que tenemos por delante.

martes, 3 de enero de 2012

Polémica Cohen

Richard Cohen (Filadelfia, 1952), es autor del polémico libro ‘Comprender y sanar la homosexualidad’. Se define como un exgay que tiene la clave para corregir las tendencias homosexuales. Su libro, escrito originalmente en 2000, ha sido editado por Libros Libres en España. 

El martes pasado, El Corte Inglés lo retiró de su librería, tras las protestas de varias agrupaciones homosexuales. Cohen define esa decisión como “un atentado contra la libertad de expresión”. No es la primera vez que su libro genera polémica. En 2009 se empleó en Uganda para apoyar un proyecto de ley que castigaría las conductas homosexuales con pena de muerte. Cohen asegura que se malinterpretó su mensaje y que no odia a los gais. Aquí en Estados Unidos es el principal representante de lo que se llama "terapia de conversión", que promete a los pacientes hacer desaparecer tendencias homosexuales.

Cohen no es psiquiatra. Obtuvo un máster en terapia psicológica por la Universidad de Antioch. En este momento tampoco tiene licencia para ejercer como psicoterapeuta. Regenta una organización llamada International Healing Foundation, para la que trabajan otros terapeutas. Recibe a EL PAÍS en su casa en las afueras de Washington, en una consulta decorada con una pequeña bandera gay, muchos libros y una foto con su mujer y sus tres hijos.

 Pregunta: ¿Cree que la homosexualidad se puede curar? 
 Respuesta:  ¿Qué quiere decir con curar? No entiendo la palabra.

 P: ¿Sanarla, entonces? Es la palabra que emplea en el libro. 
 R:  En 2008, la Asociación Norteamericana de Psicología dijo que aunque ha habido muchas investigaciones sobre las posibles causas genéticas, biológicas u hormonales de la orientación sexual, no ha habido descubrimientos que les permitan a los científicos llegar a la conclusión de que la orientación sexual esté determinada por uno o varios factores particulares. La ciencia dice que la gente no nace gay.

 P: Lo que usted hace, ¿es una terapia que revierte una supuesta fase gay? 
 R:  Yo creo en el derecho del cliente a la autodeterminación y libre albedrío. Si alguien quiere vivir una vida gay, lo respeto. Y si alguien quiere explorar las posibilidades de cambiar de gay a heterosexual, también lo respeto.

 P: Pero niega la posibilidad de que la homosexualidad sea biológica. 
 R:  Si hay algo biológico en ella, mi experiencia dice que es que aquellos que experimentan sentimientos homosexuales son hombres y mujeres extremadamente sensibles.Viven una relación con sus padres, con sus compañeros y con su entorno, distinta a la de sus hermanos y a las de otra gente a su alrededor. Esa sensibilidad puede sentar las bases para los sentimientos homosexuales.

 P: Por lo que usted ha escrito, cree que es el entorno familiar, escolar, de amistades, lo que determina la homosexualidad. 
 R:  Efectivamente, es algo de suma importancia.

 P: Y, ¿cómo hace usted que alguien evolucione de tendencias homosexuales a tendencias heterosexuales? 
 R:  Durante los pasados 21 años, en los que trabajé como psicoterapeuta, desarrollé un protocolo para aquellos que quieran cambiar, no para los que estén contentos siendo gais. Yo mismo viví como gay, tuve una pareja gay durante tres años.

 P: ¿Había algo dentro de usted que le decía que aquello no era correcto? 
 R:  No. Lo que pasa es que desde pequeño, siempre tuve un sueño: estar casado con una mujer y tener una familia. No fue la presión de mis padres, de la sociedad o de la religión. Era yo mismo, que tenía el sueño de casarme con una mujer y tener niños.

 P: ¿Fue fácil para usted dejar de ser gay? 
 R:  No. Se me dijeron muchas mentiras. Que encontrara a la mujer adecuada que me volviera heterosexual. Me casé. Pero reprimía los deseos homosexuales. No los había resuelto. Hice mi terapia después de casarme. Fue un proceso complejo, duro. Muchos terapeutas me decían que yo había nacido gay, que no había nada que hacer. Que debía aceptarlo y vivir una vida gay.

 P: ¿Nunca tuvo una aventura con un hombre después de casarse? 
 R:  Tuve una relación con un hombre. Y se lo dije a mi mujer. No buscaba sexo, sólo un mentor masculino. Bajo mi deseo por los hombres había una herida. No recordaba que mi tío había abusado sexualmente de mí. Es algo que reprimí durante 25 años, hasta que hice mi terapia. Entonces encontré a un mentor masculino, heterosexual. Cuando experimenté el luto por ese abuso mis tendencias homosexuales desaparecieron.

 P: Usted hace especial insistencia en la figura del abuso sexual como una razón para desarrollar sentimientos homosexuales. ¿Cree usted que es una razón común? 
 R:  Es una de las 10 razones posibles que detallo en mi libro. Nunca es una cosa sola. Es una combinación de varios factores. Un 50% de mis clientes sufrió abuso sexual por parte de alguien de su mismo sexo.

 P: ¿No cree que esto se puede interpretar como que usted caracteriza a los gais como abusadores sexuales? 
 R:  Es lo opuesto. Si se da cuenta de las proporciones de la población, la mayoría de abusadores son heterosexuales.

 P: ¿Por qué? 
 R:  Porque en la sociedad no hay más de un 2 o 3% de homosexuales. Es una cuestión de proporcionalidad. En mi caso, fue un hombre heterosexual quien abusó de mí.

 P: Hace usted una reflexión en su libro sobre por qué los homosexuales tienden a cultivar su cuerpo, cuidar su apariencia... algo muy asociado a los tópicos que hay sobre la cultura gay. 
 R:  Es lo que se llama sobrecompensación, porque no sienten su propia masculinidad. He tratado a hombres culturistas, con físicos increíbles. No importa cuántos músculos desarrollen, aun se sienten inferiores interiormente.

 P: Usted habla de un mito, reforzado por los medios, Hollywood, las novelas... 
 R:  Es el mito de que se nace gay, que es una afirmación que científicamente no es válida. Pero tampoco se puede decir que ser gay sea una opción. Uno no se despierta un día y decide ser gay. Hay una serie de factores combinados que hacen que alguien se comporte como gay. Tratando a cientos de homosexuales he descubierto que hay una serie de contextos comunes en todos ellos. En las biografías de los famosos queda claro también: tuvieron experiencias similares. Rosie O’Donnell, Greg Luganis, Elton John, Ricky Martin, Ellen DeGeneres... todos tienen historias similares. Es algo clínico. Decir que alguien ha nacido así es contrario a la naturaleza.


 (*) Reproducción de la entrevista publicada en el diario español El País 
©Protestante Digital 2011


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