miércoles, 9 de mayo de 2012

José II: Los sueños


El padre entró a su tienda con una sonrisa en los labios. Afuera esperaba su gran descendencia. 11 chicos eestaban en pie, por orden de edad, como siempre los colocaba su padre, ante la tienda que los había visto nacer a cada uno de ellos, en aquella tienda que había sido el fruto de la mayor alegría de su padre al poder recibirlos al venir al mundo.

Jacob salió de la tienda con una preciosa túnica de colores vivos, una cual nunca habían visto en su vida. Todos se quedaron maravillados por su belleza, por la perfección de su tejido. Era sencillamente bellísima, digna de un rey. La cara del patriarca era de una felicidad suprema. Jacob había volcado sus ilusiones y su felicidad en José, que ahora ya contaba con 17 años. Le había enseñado a leer y a escribir, siempre tenía tiempo para él. Era su ojito derecho, y sus hermanos lo sabían.

- Esta preciosidad de túnica, ha sido la razón por la que llevo largo tiempo apenas saliendo de mi tienda. Vuestro abuelo Labán me enseñó a tejer, y la he hecho con todo mi cariño para José. – Al joven se le iluminó el rostro. Había crecido muy sano y fuerte, y era un chico muy inteligente. De más de un apuro había sacado a sus hermanos, y siempre ayudaba a su padre con la contabilidad y los tratos con los ismaelitas y los cananeos.Su madre Raquel le miraba con una gran sonrisa en el rostro.

Pero sus hermanos no estaban tan conformes. Estaban hartos de trabajar durante todo el día para su padre, para que siempre se llevara las palmadas en la espalda el mocoso que solamente cantaba, leía y entretenía a su anciano padre. Ellos eran hombres hechos y derechos, toda su vida habían servido fielmente a Jacob, y parecía como si les ignorase. Nunca les prestaba la más mínima atención. Y para colmo, ahora le había regalado aquella túnica de rey. Todos, pero sobre todo Rubén, el primogénito, empezaban a temer que su padre tuviera otra idea acerca de su herencia, y que aquel gesto quisiera decir que la primogenitura iba a caer sobre aquel repelente mocoso, en lugar de ocupar el puesto que le correspondía. Después de todo, Jacob mismo era un usurpador que había robado la primogenitura a su hermano Esaú, no se podía esperar gran cosa de él.

Al poco tiempo de aquello, una mañana, mientras se sentaban alrededor de la hoguera a desayunar para prepararse para una dura jornada laboral, José compartió con su abultada familia el sueño que acababa de tener.

- Esta noche soñé que estábamos en el campo, atando manojos de trigo para recogerlos. Estábamos todos. Y vi que mi manojo se mantenía erguido, como si estuviera sostenido por una estaca, y todos los vuestros, puestos alrededor del mío, se inclinaban hacia mi manojo.

En un principio, fueron las bromas y las burlas las que inundaron el ambiente. Pero en cuanto sus hermanos marcharon a trabajar y él se quedó para hacer unos tratos con unos mercaderes arameos que iban a pasar por allí, se cabrearon profundamente. Este mocoso, se decían, se piensa que va a gobernar sobre nosotros, cree que padre le va a dar la autoridad y que él será nuestra cabeza. Tenemos que impedirlo como sea.

Y no había manera en que sus hermanos pudieran tratarlo bien. Cuando no los veía su padre, siempre le pegaban, le insultaban, se reían de él. En cambio, él siempre contaba a su padre cuando sus hermanos hacían lo que no debían. Más de un castigo les había caído a sus hermanos por contarle José a su padre de cuando habían robado vino para beber en medio de sus vigilias nocturnas con los rebaños, o de cuando se escabullían por turnos para visitar a las mujeres de compañía de las ciudades vecinas. Y esto solo hacía crecer el odio de sus hermanos hacia José.

Otro día vino José a contar a sus hermanos y a su padre otro sueño que había tenido.

- Ayer soñé que estaba en medio del campo, y estaba el cielo iluminado con el sol, y también la luna brillaba en lo alto. Once estrellas se veían en medio de todo este resplandor. Y cuando los miré, vi que el sol, y las once estrellas, incluso la luna se inclinaba ante mí.

En esta ocasión, entre las miradas de odio profundo de sus hermanos, fue su padre el que se levantó y se dirigió a José.

- Hijo mío, ¿qué es esto que dices? ¿Acaso piensas que tus hermanos, y tu madre y yo mismo vamos a  inclinarnos delante de ti?

José le miró con sus ojos despiertos, elevó los hombros con una media sonrisa en el rostro.

- No lo sé, padre. Yo solamente os cuento lo que he soñado.

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