jueves, 3 de noviembre de 2011

El infierno II: El Mal


El otro día estaba viendo un documental acerca de las posibles razones por las que de cada vez hay menos abejas, cosa que ponía en seria dificultad incluso nuestra propia supervivencia. Hay diferentes hipótesis acerca de cual podría ser la razón por la que cada vez estos animales tienen menos fuerza, producen menos miel, tienen menos descendencia y, en definitiva, están desapareciendo a pasos agigantados. Decían que como siguiera este nivel de desaparición de estos insectos, habrían desaparecido completamente de Estados Unidos en 2035. Hay un mal que está destruyendo a las abejas, un mal que no se logra identificar, mucho menos atacar.

Entre los humanos también tenemos un mal que nos está destruyendo. Un mal que bien podría aniquilarnos en algún momento. Y no estoy hablando de la crisis ni del euribor, ni siquiera del referéndum de Grecia. Estoy hablando de algo mucho más serio, mucho más perjudicial y mucho más destructivo, aunque pueda parecer una broma. Estoy hablando del pecado.

Incluso aunque no seamos conscientes de lo que esto significa, el principal mal del que se aqueja la humanidad es el pecado. Es como una enfermedad a la que estamos sentenciados desde que nacemos y que nos destruye, no solamente a nuestros cuerpos, sino también a nuestros corazones, lo que hace que, a su vez, nos destruyamos unos a otros.

Está claro que casi nadie de entre vosotros reconoceréis el peligro del pecado, básicamente porque no es algo medible, no es algo tangible, aunque lo sean sus consecuencias. Esto es lo más peligroso, el peor mal es aquel que nadie ve, que actúa con total impunidad. Y sumado a su sutileza, está su gravedad. Es tan grave que lleva irremediablemente a la muerte.

Voy a explicar un poco a qué es debida esta gravedad.

Vamos a imaginarnos que estamos en el ejército, somos soldados de aquellos sin galones ni glorias. Entonces, en una trifulca con un compañero en la cantina, le damos un puñetazo. Ha sido algo malo que hemos hecho, pero tampoco es nada digno de mucha atención. Como mucho, se formará un corrillo de gente caldeando los ánimos y nos iremos los dos con algún moratón para casa y quizá un labio roto. Punto. Vamos a ponerle a esto que hemos hecho una calificación uno en nuestra escala.

Ahora vamos a cambiar este caso por otro un poco diferente. En lugar de darle el puñetazo al soldadito compañero, se lo damos a un oficial. Entonces la cosa cambia un poco, los militares lo sabrán de sobra. No se formará corro de gente animosa con la pelea, es más, la gente no tendrá ninguna gana de animarte. Esto es más grave que el caso anterior, probablemente pasarás una buena temporada a la sombra arrestado y haciendo algún que otro trabajito que no te gusta. Vamos a ponerle a esto que hemos hecho una calificación de cinco en nuestra escala.

Con el ánimo de rizar un poco más el rizo, vamos a plantearnos ahora que al que le arreas con todas tus fuerzas es tu general. No conozco cuales serían las consecuencias en este caso, pero seguramente no serían nada graciosas para ti si tuvieras esta ocurrencia. Vamos a ponerle a esto que hemos hecho una calificación de treinta en nuestra escala.

Y, ¿cuáles serían las consecuencias si este puñetazo se lo pegásemos al rey? Seguramente iríamos a la cárcel, tendríamos alguna multa millonaria y no sé cuantas cosas más. Vamos a ponerle a esto que hemos hecho una calificación de sesenta en nuestra escala.

Cuanto mayor es el rango de aquel al que estamos agrediendo, mayor es la consecuencia, esto es así. Pues bien, el pecar no es decirle una mentirijilla a mi novia, o insultar a mi compañero de trabajo, ni siquiera es dar un puñetazo al rey o matar a una niña. Cada cosa tiene su debida gravedad. Pecar es insultar a Dios, pecar es escupir a la cara de aquel que permite que respires a diario, pecar es dar ese puñetazo a la mayor autoridad del universo. Le podríamos poner a esto que hemos hecho una calificación de infinito en nuestra escala.

Cuanto mayor es el mal, mayores son las consecuencias. Así que un mal infinito, justamente, requiere de unas consecuencias infinitas.

Por esto precisamente no logro entender la clasificación de pecados en cuanto a cuales son más graves que otros. Todos los pecados son igualmente graves, todos tienen eterna e infinita gravedad. Si multiplicas uno por infinito, el resultado es el mismo que multiplicar mil por infinito.

Así que, cada vez que faltamos a la santidad de Dios con alguna de nuestras actitudes, mintiendo, insultando, robando, o lo que sea que sabemos que contradice lo que debe ser, estamos incurriendo en el pecado, estamos escupiendo en la cara del creador y justamente las consecuencias deben ser tan eternas e infinitas como aquel a quien hemos faltado.

viernes, 28 de octubre de 2011

Los premios Poe

¡Muy buenas a tod@s!

Recientemente, La Pajarería del Tío Poe ha recibido un premio de parte de Esteer desde su blog, Susurros del tiempo, por "sus redacciones que despiertan la fe en algo superior". Así que como corresponde a la costumbre de los bloggers, me gustaría entregar los Premios Poe a los mejores blogs.

Y ahí voy con los premios.

-"La Caverna de Zaratrusta" por ser capaz de comprimir tantos sentimientos en tan pocas palabras con tanta brillantez.

- "Tu mirada me hace grande" por conseguir abrir el corazón sin ponerle diques.

- "El viento que mueve los molinos" por lograr remover lo más profundo de uno mismo.

- "Una cruz entre un millón" Por su gran calidad y su enorme ilusión.


Enhorabuena a los ganadores.

jueves, 27 de octubre de 2011

Éxodo


No lo entendía. Pero, aunque no lo entendiera, lo aceptaba. Había llegado demasiado lejos como para echarse atrás, además, no tenía ninguna razón para dudar. Desde el principio sabía que el Dios verdadero iba de su parte.

Él ya era un hombre muy mayor, demasiado para la tarea que le había sido encomendada. Aunque era innegable que el pueblo confiaría más en la autoridad de un anciano que en la de un muchacho, el caso es que llevaba muchos años vividos, y aún tenía la impresión de que le quedaba mucho por hacer y por vivir. Tampoco se sentía digno de aquella tarea. Debía guiar al pueblo de Dios a la Tierra prometida, aquella de la que fluye leche y miel. Él. El que se había aprovechado por años de su sufrimiento, el que había vivido con Faraón, el que había tenido la vida de un rey en medio de la esclavitud de sus hermanos, el que había asesinado a sangre fría a un hombre, el anciano al que ya le dolían los huesos. No es que se sintiera indigno e incapacitado para aquella titánica tarea, es que lo era, y lo sabía. Pero cuanto más inválido se sentía, más agradecido y confiado estaba en aquel que los había liberado con tal despliegue de poder. Nadie podía dudar que el mismo Creador los acompañaba. De hecho, lo podían ver, delante del campamento, abriendo el camino, allí estaba. De día era una columna inmensa de humo, pero de noche se hacía aún más espectacular, era una columna de fuego. Disfrutaba contemplando la manera en que los niños más pequeños veían su magnificencia. Solía descansar pensando que aunque él no valiera para aquella tarea, no se trataba de él, sino de aquel que había demostrado sobradamente que sí podía, y que sí quería.

Moisés había sido criado por los egipcios, más aún, por la madre del actual faraón. Ramsé había sido su hermano durante 40 años, hasta que se vio obligado a abandonar la que había sido su tierra huyendo de la justicia por cometer un asesinato. Era judío, eso lo sabía desde que era pequeño. Su madre le salvó milagrosa y desesperadamente de la masacre de niños hebreos que ordenó el entonces faraón, el que después le sería por abuelo.

Todo aquello se lo habían contado, claro. Moisés nada recuerda de su travesía a través del Nilo montado en un pequeño cesto  para llegar al fin a los brazos de su madre egipcia, Batía. Su madre, la hebrea, Iojebed, le amamantó y se hizo cargo de él gracias a su hermana mayor, Miriam. Así que él conocía la historia perfectamente. Y esto era una de las cosas que más le carcomían. El conocía la situación de su pueblo, de su propia familia. Y nada hizo más que aprovecharse de ellos. No solamente en su juventud, como habría sido normal, sino que hasta que no tuvo que huir a los 40 años, no entró en la cuenta de lo que había estado haciendo. El pensaba que aquella posición sobre sus hermanos, todo el poder que ostentaba, sus caros linos, sus caballos, sus carros, sus armaduras, su oro, sus esclavos… pensaba que los tenía por derecho propio, porque si el dios de los hebreos, o alguno de los dioses de los egipcios lo habían querido así, era para que él lo disfrutara, para que lo aprovechara. Moisés pasó cuarenta años pensando que era alguien.

Pero la salida de Egipto fue como un mazazo para su ego, para la concepción que había tenido de la vida hasta ahora. Es triste, pero fue a los 40 años cuando se dio cuenta que no era nada, que no era nadie, que si algo había tenido había sido de prestado, para que lograra un fin y que no había hecho más que aprovecharlo para su sucio beneficio. Y ya no le quedaba nada, solo la amargura y el recuerdo de su estupidez. Pero era demasiado tarde.

Con el tiempo se dio cuenta que no era demasiado tarde, y que hasta las más profundas vilezas pueden ser usadas por el único y auténtico Dios para cosas impresionantes.

En el desierto conoció una familia que le cambió la vida por completo. La familia de Jetro. Ellos adoraban a un solo Dios, al que puso las estrellas en la bóveda celeste, al que se encarga de dar vida a cada planta, al que hace que cada estación llueva, nieve, salga el sol, se ponga. Moisés se unió a ellos al casarse con su hija, Séfora. Comenzó una nueva vida, una completamente diferente de la anterior. Una en la que tenía que preocuparse de los demás y no simplemente aprovecharse de ellos, una en la que tenía que ser responsable de él mismo y de otros, una en la que cualquiera de la familia valía lo mismo que él, una en que para debía trabajar.

Y allí pensó que debía quedarse para siempre. Tenía una familia, tenía una estabilidad, estaba feliz. Pero, nuevamente, se equivocó.

Un día cuidando de las ovejas por los montes, cuando vio detrás de un risco algo que le extrañó demasiado, y así comenzaría lo que fue la experiencia que cambiaría su vida para siempre. Rodeó el risco y se encontró ante una zarza que ardía, pero que no se consumía. Extrañado, Moisés se acercó.

Dios mismo le habló, con voz audible. Incluso le declaró cual era su nombre. Ahora sí que no había ninguna duda. El dios de Jetro, el dios de los hebreos, el auténtico Señor, estaba de su parte. Moisés cambió a partir de aquel momento. Ya rondaba los 80 años, pero se sintió con fuerzas para hacer lo que fuera, por la sencilla razón de que el mismo Dios estaba acompañándole. Pero la labor que le encomendó este dios fue esto que le vino demasiado grande. Aunque quiso excusarse, aunque se propuso desentenderse, Dios no se lo permitió.

Había oído las plegarias de su pueblo. Había visto el sufrimiento al que les sometían los egipcios. Iba a actuar. Y él sería su mano. Dios había hablado, y Moisés debía obedecer. Nunca se arrepintió de hacerlo, pero reconocía que si podía era por la continua ayuda que recibía del Altísimo.

Así que Moisés, 40 años después, y con bastante peor pinta, volvió al lugar que le vio nacer y crecer. Se encontró con el que había sido su hermano, pero que ahora ocupaba el trono, y estaba demasiado cambiado. Aquel con el que había jugado, reído, bailado, bebido… ahora era el gran emperador, adorado como dios. La Espada Negra del Rey, la que le daba todo el poder y llevaba en manos de los monarcas del Nilo desde que los dioses se la entregaron. Y la verdad es que parecía que se lo había terminado por creer. Moisés sabía que sería una insensatez pedirle que dejase ir a su pueblo, pero eran las órdenes que había recibido del auténtico Dios, así que fue lo que hizo.

Lo que vino después, nadie lo habría previsto. Bueno, la parte en que Ramsés rechazó de pleno el dejar irse al pueblo de Israel era previsible, pero lo que aquello conllevó fue lo más impresionante que habían visto los hombres en toda su historia, y llevó a Moisés a dar fe ciega de que aquello iba en serio, que Dios no estaba bromeando.

En un enfrentamiento sin cuartel de los dioses egipcios con el dios hebreo, por medio de 9 plagas, destruyó la credibilidad y el poder de los míticos dioses del Nilo al tiempo que asoló la floreciente tierra. Estas plagas, siempre precedidas por otro ruego de que dejara ir a su pueblo y advertencia sobre las consecuencias de la negativa, fueron como saetas lanzadas contra el corazón de los dioses, una contra cada uno. Hasta que llegó la última, aquella que más le dolía a Moisés, pero que inequívocamente les daría la libertad total.

Solamente quedaba un dios, o alguien que se tenía por ello, por destruir, este era el que fue el hermano de Moisés, el faraón, Ramsés. El Dios que se le presentó en la zarza ardiente, Yahwéh, el que siempre ES, iba a matar al primogénito de aquel que quería robarle su potestad, iba a tomar su vida, acompañada de la vida de todos los primogénitos egipcios para demostrar de una vez por todas ante quién se estaban rebelando.

Les dejó ir, con el dolor de su corazón. Dios fue fiel, usó su poder como nunca antes para rescatar a su pueblo, para cumplir su palabra.

El pueblo estaba de celebración. Durante cientos de años habían sido esclavos, y ahora eran libres, completamente libres. Y no solamente eso, sino que sabían que su dios tenía cuidado de ellos, que era real y que les había prometido una tierra, una en la que por fin podrían vivir tranquilos, cultivar sus vides, criar a sus hijos, construir casas propias. Ahora eran un pueblo rescatado, el Pueblo Elegido.

Ni el mar, ni los enemigos, ni la naturaleza, ni los mismos dioses podrían con aquel pueblo. Si permanecían unidos y confiaban completamente en Dios como hasta entonces, nada tenían que temer. Dios había demostrado ser fiel y lo seguiría siendo por siempre.

Además, Moisés no se había ido de vacío de la presencia de Faraón. La espada negra, la joya de la corona del Nilo, el filo de Dios. Ahora sí que nadie se interpondría entre ellos y la tierra que les había sido prometida. Nada lo haría si eran fieles.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Rubalcaba, Rajoy y la economía de Dios

Cuando llegan las campañas electorales y los mítines se multiplican, hay el peligro de que la abundancia de palabras haga germinar la palabrería, el verbo se convierta en verborrea y la charla en charlatanería.

Y es que intentar ser durante las semanas que dura la campaña, a todas horas, brillante, agudo, original, exhaustivo, profundo y hasta divertido, es tarea que creo está más allá de la capacidad de cualquier ser humano; además de dar respuesta a todas las incógnitas, tener soluciones para todos los problemas, disipar todos los temores y contestar a todas las preguntas. Es una tarea titánica, por no decir sobrehumana, y por lo tanto que está más allá de la capacidad de cualquier mortal, pero eso es lo que espera la audiencia que el candidato haga. Éste se sabe limitado, pero el reconocimiento de tal limitación dejaría decepcionados a los que le escuchan, por lo que no le queda más remedio que subirse a un carro alado tirado por briosos caballos que son las palabras, frases e ideas de su discurso que le levantan hasta alturas tan encumbradas como peligrosas, a causa de la debilidad congénita que tienen no solo las palabras sino el que las pronuncia.

 No creo que haya sido un acierto meter a Dios en la campaña electoral por parte de los candidatos para las próximas elecciones presidenciales en España del 20 de noviembre. La frase del señor Rajoy de que si gana hará una política económica “como Dios manda”, ha sido respondida por el señor Rubalcaba con la de que “anda que, como tengamos que esperar a que Dios nos mande algunas indicaciones económicas, vamos listos.”

En el primer caso porque la frase, tomada literalmente, puede, cuando llegue el momento de aplicar medidas, indicar que ésas serían las que Dios tomaría. Como no sabemos todavía cuáles son esas medidas es un tanto aventurado identificarse con la frase, porque pudiera resultar que cuando llegue la hora de la verdad el nombre de Dios quede en entredicho e incluso sea motivo de desprecio y escarnio, como tantas veces ha ocurrido. En el segundo caso porque la frase supone una ofensa hacia una parte del electorado que es creyente y que puede sentir que su sensibilidad religiosa está siendo atacada, por la alusión mordaz a Dios que el señor Rubalcaba ha hecho. Es un principio básico de cualquier candidato en campaña no enajenarse innecesariamente la simpatía de un sector de los votantes, porque las consecuencias pueden salirle caras.

 Pero yendo al fondo de la cuestión, ¿tiene algo que ver Dios con la economía, como el señor Rajoy ha afirmado, o no tiene nada que ver, como el señor Rubalcaba ha contestado? En mi opinión la respuesta es que sí, que Dios tiene que ver con la economía, lo que rebate el tono desafiante y burlón del señor Rubalcaba, aunque no necesariamente la política económica de Dios coincida con la que el señor Rajoy aplicará si llega a la presidencia de la nación.

Parto del hecho de que considero que  en la Biblia encontramos enseñanza suficiente para saber qué es lo que Dios piensa sobre la economía. Y en primer lugar  descubro que hay un vínculo indisoluble entre economía y ética, de tal modo que la honradez, la honestidad, la equidad y la transparencia son principios ineludibles y por eso hay un mandato para que incluso en las transacciones comerciales más pequeñas tales principios las presidan (Levítico 19: 35, 36) . Si eso se aplica a la economía doméstica, cuánto más a las grandes operaciones financieras.

 También descubro que en la Biblia hay enseñanza suficiente acerca de que el esfuerzo y el trabajo son la fuente de prosperidad genera (Proverbios 10:4). La ociosidad, la disipación y la negligencia solo pueden llevar a la pobreza y la miseria, de manera que hay una clase de pobreza que es resultado directo de la pasividad y que no se arregla con subvenciones, sino que más bien la retroalimentan.  Igualmente encuentro en la Biblia que  hay unas leyes instituidas para proteger a aquellos que, por circunstancias de la vida, han quedado en una situación de vulnerabilidad extrema, hasta el punto de que su condición es tan precaria que los hace víctimas fáciles de explotación y abuso (Deuteronomio 24:17-32) . Es decir, que hay una consideración hacia los más débiles y se insta a los más favorecidos a ser desprendidos y generosos hacia ellos. Junto con ello se prohíbe expresamente la usura en el préstamo a interés (Salmo 15:5) , cerrando así el paso a la avaricia.

 Así mismo percibo en la Biblia que la economía no es un fin en sí, sino que la persona está por encima del valor de las cosas y también del dinero , razón por la cual se instituye un año de remisión que marca unos límites y nos recuerda quién es el verdadero dueño de la tierra y de las personas (Levítico 25:10) . Del mismo modo hallo en la Biblia que se promulga el respeto a los recursos naturales, no sobre-explotándolos por causa de la avaricia y la codicia, sino considerando que son medios para nuestro sustento y que precisan ser racional y sabiamente utilizados (Levítico 25:2-7) . Además, encuentro en la Biblia que el desastre económico originado por el pecado humano tiene remedio, si solamente somos humildes para dejar toda nuestra soberbia y arrogancia y nos volvemos a Dios (2 Crónicas 7:14) , algo que repercutirá en primer lugar en nuestro propio beneficio.

 ¿Tiene Dios algo que ver con la economía? Claro que sí. Por eso, señor Rubalcaba, en lugar de mofarse aprenda primero antes de hablar y mida sus palabras. Por eso, señor Rajoy, vaya a este libro para considerar si lo que usted tiene en mente sobre la economía concuerda con lo que allí está escrito.


Autores: Wenceslao Calvo
©Protestante Digital 2011

martes, 25 de octubre de 2011

Perdón


Hay una virtud que en España está muy menospreciada, que incluso se considera muchas veces como una carencia, como una muestra de debilidad. Y vista la manera de ser que muchos tenemos, no es para menos. Esta virtud es la del perdón, la de saber dar y pedir perdón.

Está claro que nadie es perfecto, y si alguien afirma serlo, simplemente miente. Así que más tarde o más temprano, en una relación que tengamos con alguien, nos veremos en medio de problemas, de roces, ninguna relación es perfecta tampoco. No es posible tener una relación perfecta entre dos seres imperfectos. Así que solamente hay una solución ante los fallos que unos y otros podamos tener, pedir y dar perdón.

Pero en medio de nuestra cultura, esto es algo muy complicado y que pocas veces se da. El problema que tenemos en España (no sé si también se dará en otros sitios) es que, por una parte, el pedir perdón está considerado como una acción y una actitud débil y de gente con poco orgullo. En efecto, el pedir perdón es reconocer las propias carencias delante de otro, estás llegando con actitud de humildad, arrepintiéndote de algo que hiciste y que no deberías haber hecho. Estás reconociendo que actuaste mal y afirmas que en la misma situación, procurarás no volver a hacer lo mismo. O al menos eso es lo que debería ser pedir perdón, estás aludiendo a la misericordia del otro para que no tenga en cuenta tu falta, te estás rebajando. Y eso es algo que no gusta, y mucho menos en una sociedad en que todo el mundo se tiene por noble.

Pero esta es la única manera en que una relación, del tipo que sea, puede salir adelante. Porque, como dije antes, el fallo es obligado, no hay posibilidad de que haya una relación duradera y profunda sin saber pedir perdón, porque es imposible que no haya faltas por parte de las dos partes.

Pero también hay otra parte que debe influir en el perdón, quizá es la más dura. Y es la de perdonar. Porque aquí sí que tenemos un concepto muy engañoso del hecho de dar perdón. En cuanto a perdonar, yo creo que la frase que más usamos es aquella de “yo perdono pero no olvido”, que no quiere decir más que realmente no estás perdonando, sino más bien apartándolo, escondiéndolo debajo de la alfombra para esgrimirlo como arma en el momento que mas te convenga. Pero el perdón verdadero va mucho más allá.

Así como el que pide perdón está humillándose, el que lo da no está poniéndose en un lugar más alto. Lo que está haciendo es afirmar que él mismo va a pagar las consecuencias de aquello que no le corresponde. Como ya hemos hablado alguna vez, todo ha de ser pagado, siempre. Esto es algo que nuestros amigos los economistas saben mejor que nadie, si no es aquel que lo disfruta, otro deberá pagarlo. Y cuando estás perdonando a alguien, estás afirmando que tú pagas su cuenta, que lo que él debía soportar, lo harás tú. Porque aprecias esa relación, porque consideras que es más importante esa persona que las consecuencias de sus actos. El “perdono pero no olvido” es una mentira, una falacia. Porque aquel que perdona, olvida. No guarda para usarlo cuando más daño haga.

Ojo, no estoy diciendo que no se deba aprender. Si un amigo que me ha robado algo es sorprendido y me pide perdón, a mi juicio sinceramente, puedo perdonarle, pero para otra vez tendré cuidado con dejar mis cosas a su alcance sin que nadie lo vigile. Una cosa es perdonar y otra muy diferente es no tener amor propio. Pero lo que no puedo hacer con eso es atacarle con esa vez que me robó algo. Por la sencilla razon de que no tengo derecho a hacerlo. Una vez algo está perdonado, no es justo el usarlo como arma, no sería un verdadero perdón.

Si supiéramos perdonar, si entendiésemos el poder y el valor de saber olvidar el mal que nos han hecho y confesado, seríamos mucho más libres. Libres del pasado. Además que nos lo pondríamos mucho más fácil cuando quisiéramos pedir perdón, pues no tendríamos la impresión de que lo que realmente estamos haciendo es dar un arma a aquel que pedimos perdón para que nos ataque en cuanto tenga oportunidad.

El perdón está muy subestimado en medio de nuestra sociedad, preferimos usar otros mecanismos como la vergüenza o la venganza, mecanismos destructivos arraigados en lo más profundo de nuestra naturaleza. Mecanismos que nos llevan a destruir en lugar de a construir. Si realmente queremos ser menos amargados y más felices, si queremos tener buenas relaciones con los demás y no perder amigos por orgullo necio, debemos aprender a cultivar este poderoso mecanismo, el perdón.

lunes, 24 de octubre de 2011

El final del camino


Ni recordaba el tiempo que había pasado. En lo profundo de su memoria, saltaba el recuerdo de aquel árbol o de aquel monte. Pero todo lo recordaba mucho más grande, algo cambiado. Era una de las sensaciones más extrañas que había tenido en su vida. Estaba contento por haber llegado a su destino, pero al mismo tiempo, estaba muy nervioso, tenía miedo por no saber qué sería de él. Con tres años, salió con su madre de aquel lugar huyendo de la guerra en la que su padre había muerto. Recordaba un viaje muy duro, recordaba las lágrimas de su madre mientras huía con lo poco que tenía, sin siquiera dar sepultura al cuerpo destrozado por una explosión de su marido, por la única razón de salvar la vida de su pequeño. Recordaba las noches escondidos bajo la lluvia por miedo a las aquellos “señores malos” que querían matarlos y robarles sus cosas. Recordaba el cansancio del largo camino que les alejaba de la guerra y de la muerte.

15 años después, su madre murió tras una larga enfermedad. Carlos, mientras la enterraba, a la única compañía que tuvo en su vida, decidió que volvería al lugar que le vio nacer a buscar un futuro. Seis meses le había llevado aquella aventura. Estaba realmente cansado, no solamente de una manera física. Había tenido que enterrar también durante el camino a su gran amigo y tocayo Carlos.

El llegar a su tierra, o al menos a la tierra a la que se suponía que pertenecía, era una situación extraña. Dejaba atrás todo lo que había pasado en su vida. Su madre y su amigo quedaban enterrados más y más a cada paso que lo introducía en aquella tierra que apenas recordaba. Venían a su mente las palabras del anciano Carlos “a mí me gusta vagar, ir por la naturaleza aprendiendo de cada paso, tomando decisiones vitales cada día, cometiendo errores de los que aprender. La vida es un camino, hijo. Y cuando te paras, te mueres.” Llegar a su destino le daba miedo al tiempo que alegría y emoción. Sabía que Carlos tenía razón. Y él no quería morirse. Hasta ahora no había tenido hogar, su hogar había sido la esperanza y el camino. Llegar a un sitio al que llamar hogar tenía el enorme peligro de pararse, de conformarse, de dejar de cometer errores de los que aprender.

Aquella verde tierra le recibía con los brazos abiertos. El estar ya en el gran valle que recordaba, en los siempre verdes valles, el contemplar los cristalinos riachuelos que recorrían la tierra, le daba esperanzas. Ahora sí que había llegado a casa.

Supo llegar, después de dar un par de vueltas y de soportar las curiosas miradas de aquellos paisanos que no conocía, a lo que fue su hogar. Ahora era una ruina. No había ventanas, el techo estaba hundido, la maleza se había adueñado de la casa de sus padres. Por ahora, pensó, no corría ese peligro, no podía pararse, tenía mucho que hacer, tenía trabajo y decisiones por delante. Como pudo, se introdujo en aquellas ruinas. Ya estaba pensando en la manera en que reconstruiría lo que sería su casa. Mientras, escuchó que alguien se acercaba, sin hacer ruido, se asomó por el pequeño agujero que quedaba de lo que fue una ventana. Por el camino pasaba una chica. Carlos la miró, era el ser más bello que había visto en su vida. Embobado, no le quitó el ojo de encima mientras se paseaba delante del montón de piedras que fue su casa. Y cuando hubo pasado un rato desde que se perdiera de su vista, Carlos se sorprendió imaginándose, en un futuro, esa casa reconstruida, junto a aquel ángel, con un par de criaturas jugando en los columpios que él mismo les haría.

Quedaba mucho trabajo por delante. El pasado había sido duro. El presente estaba cargado de esperanzas y de recuerdos. El futuro estaba por delante. El futuro sería más dulce, más agradable. Pero una cosa debía tener clara para siempre. El llegar a aquel valle no significaba haber terminado el camino. Al igual que aquel precipicio en el que se enfrentó a sus derrotas y a sus demonios no significaba el final, sino otro paso más, este verde valle no era la llegada a la meta. Debía seguir luchando, debía seguir avanzando. Y para afrontar este futuro cargado de vida, de ilusiones y de optimismo, jamás perdería de vista aquel tortuoso y duro camino que le llevó hasta allí, y todas las enseñanzas que le regaló.

viernes, 21 de octubre de 2011

El Hijo del hombre

Es cierto que a lo largo de la historia ha habido una innumerable cantidad de personas que han afirmado hablar en nombre de Dios, siendo evidente que no todos pudieron hacerlo, porque trasmitieron mensajes muy diferentes. El testimonio de una persona que asegura venir de parte del mismo Dios en sí mismo no significa más que esa persona, por la razón que sea, está reclamando que la autoridad con que habla viene de lo alto, sin demostrar absolutamente nada acerca de si es cierta la afirmación.

Para acompañar a estas afirmaciones tan poderosas, necesariamente deben ir una serie de pruebas que lo corroboren. Pero incluso en este punto hay varios personajes a lo largo de la historia que han acompañado supuestos milagros a sus afirmaciones de ser enviados de Dios que se contradicen unos a otros.

Hay un caso, el de Jesús de Nazaret, que no solamente afirmó que hablaba con autoridad divina porque Dios le había enviado, sino que afirmó algo aún más fuerte, él afirmó ser el mismo Dios hecho hombre, además de ser la única forma en que el hombre podía llegar a tener paz con el Creador.

La primera manera de confirmar la hipótesis de que Jesús es el Mesías la tenemos enterrada en miles de años de años que le precedieron. Y es que los judíos no tenían pocas pruebas precisamente para saber identificar al que sería el prometido por su Dios. Durante cerca de 1500 años, durante los cuales se escribió el Antiguo Testamento, el libro sagrado de los judíos, podemos encontrar cerca de 100 profecías anunciando y dando detalles escandalosamente precisos, hasta llegar al punto de predecir la familia de la que vendría, el pueblo donde nacería de una virgen, que sería adorado por pastores, honrado por grandes reyes, pretendido asesinar cuando aún era un bebé mediante una matanza de niños, que se escaparía a Egipto, que sería declarado hijo de Dios, que sanaría a ciegos, cojos y sordos, que sería rechazado y odiado por su pueblo, que le traicionaría un amigo íntimo, que sería acusado por falsos testigos, golpeado, fustigado, escupido, odiado sin razón, crucificado entre malhechores, que sus pies y sus manos serían agujereadas, que soldados se echarían a suerte sus ropas, que resucitaría tras su muerte o que ascendería al Cielo. Incluso se llegó a predecir, con cientos de años de anticipación, el año exacto en que moriría.

Hay algunos escépticos que creen que Jesús, deliberadamente, buscó el cumplimiento de estas profecías en su propia carne para que así los judíos le aclamaran como su Mesías, pero me pregunto yo cómo pudo él elegir donde nació o en qué familia, o cómo pudo haber escapado a la matanza ordenada por Herodes huyendo con sus padres a Egipto cuando era un bebé, y hacerlo deliberadamente. Me planteo seriamente cómo pudo cualquier hombre elegir haber sido crucificado entre malhechores o cómo pudo manipular todo y a todos para lograr que los soldados se echen a suerte su ropa. Pero lo más inquietante y que trataré más adelante es cómo pudo un simple hombre que buscó cumplir con trampas las profecías resucitar al tercer día de ser asesinado.

Otra prueba que debería dar alguien que reclama ser el mismo Dios para convencer a la gente sería el que supiera vivir a la altura de las circunstancias. Si el Dios Santo se hace hombre, y este hombre no es completamente santo, entonces sería obvio que es un mentiroso y que está fingiendo ser lo que, de hecho, no es. Así que Jesús, para poder ser declarado legítimamente como Dios mismo, debería haber vivido una vida perfecta, sin ninguna falta. Cosa que nadie en toda la Tierra había conseguido nunca, desde el principio de los tiempos, pasando por personajes tan emblemáticos como Abraham, José, Moisés o el mismo David. Incluso todos los hombres y mujeres enviados de Dios, habían fallado en alguna manera, no habían sido capaces de llegar a la perfección demandada por Dios. No es imposible parecer santo delante de algunos que penas le conocían, o que solamente le observaban mientras predicaba,  mientras estaba con la gente, es difícil, ciertamente, pero no imposible. Lo que yo al menos veo imposible es que pueda ser completamente perfecto delante de aquellos que estuvieron a su lado día y noche durante años, y Jesús lo logró. Aún en medio de todas las dificultades, de las penalidades, de que la gente le rechazara, se riera de él, aún en medio del dolor, de la muerte de seres queridos, aún afrontando latigazos, afrentas, incluso afrontando su propia muerte, y una muerte tan brutal como la que sufrió, Jesús permaneció perfecto, sin ninguna falta. Esto marcó a sus discípulos de tal manera que les convenció de su deidad. Les convenció hasta tal punto que la inmensa mayoría de ellos murieron martirizados por negarse a rechazar a Jesús como Dios absoluto.

Y la última prueba es la más evidente. Cualquiera que se enfrente a la idea de que Jesús fue Dios parará a estudiar los numerosos milagros que él hizo. Los milagros respaldan su divinidad, aunque tenemos muchos otros ejemplos de gente que los ha hecho en nombre de otros poderes, pero a lo que llegó él mismo no ha sido alcanzado por nadie. Jesús tenía poder sobre la muerte, resucitando a diferentes personajes, incluso llegó a resucitarse a sí mismo, demostrando de esta manera que es lógico y evidente que él es el mismo Dios, pues nadie sino Él tendría ese poder sobre la principal barrera que tiene el ser humano por delante.

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