Hace
unos años, escribía una entrada en la que planteaba que solamente había dos clases de religiones, en la que el hombre tiene que hacer
algo por acercarse a Dios y, por así decirlo, tiene que cumplir con
una serie de preceptos y ritos para impresionar lo suficiente
a la deidad como para que le haga digno de ser salvado, y en la que
el hombre no puede hacer nada, no tiene manera de impresionar
a Dios, ni de pagar la tremenda deuda que tiene pendiente con su
Creador, y tiene que depender de lo que haga Dios.
Ahí
es exactamente donde nos posiciona la Sola Fide, eso es lo que
hace del cristianismo bíblico, es decir, aquel que sigue anclado en
la Sola Scriptura, diferente a todo el resto de las
religiones, a todo lo demás. Eso es lo que hace de la Biblia los
únicos escritos sagrados que presentan como ciertos la
segunda religión de la que hablábamos.
Sola
Fide es una frase latina que significa Solo por la Fe. Y
esto es algo completamente revolucionario, algo que no tiene que ver
con ninguna religión que haya surgido antes o después, y algo que
va, de manera absoluta, en contra de la naturaleza humana. Porque lo
que dice es que nuestra salvación es obtenida con el único
requisito de nuestra fe, nada más es necesario.
Cuando hablaba acerca de las dos religiones, decía que “así
se podrían resumir todas y cada una de las religiones que hay en el
mundo. En esencia son todas la misma. Hay algunos cambios en cuanto a
algunas cuestiones, como por ejemplo, unas se basan en unos escritos
y otras en otros, algunos toman como base la Biblia, otros el Corán,
el Talmud, el Libro del Mormón, el Rig Veda o el Tipitaka son
algunos de ellos. Otros ni siquiera se basan en ningún libro. Unos
creen que llegarán a trascender, a convertirse en dioses, otros
afirman que todos somos dios, o que dios está en todas partes, o que
todo es dios, otros dicen que no hay dios, y solo hay una fuerza que
mantiene todo. Todo esto son detalles, detalles más o menos
importantes, pero la base de esta religión universal es la misma,
que debemos
hacer algo para obtener algo. Ahí
está la clave de todo. En llegar a ser lo suficientemente buenos, o
santos, o a saber suficiente, o a ser lo suficientemente “algo”.
Si lo logramos, tendremos algo mejor, ya sea Nirvana, ir al cielo,
convertirnos en dioses en otros planetas, o ser uno con la Madre
Tierra. Los artificios y los detalles no cambian la base de la
religión, el hacer
algo para obtener algo.”
El
ser humano necesita tener la impresión de que controla su propio
destino, que es el único escritor del libro de su vida y que no
depende de nadie. Es por eso que hemos creado todas estas religiones,
para sentirnos seguros, para sentir que nos estamos mereciendo algo
mejor. El problema es que, como muchas veces he dicho, y la Biblia se
empeña en recordarnos una y otra vez, Dios no puede ser engañado,
Dios no va a ser comprado por nuestras buenas obras, el Juez Justo no va a hacer otra cosa que Justicia, y tú y yo saldremos mal parados,
más específicamente, saldremos parados al infierno eterno.
Esto
no es una invención mía, ni siquiera de los reformadores del s. XVI
que vindicaron esta afirmación. Esta es una verdad profundamente
arraigada en la Biblia, basta con leer los tres primeros capítulos
de Romanos, el salmo 14 o el 51. El ser humano no tiene ninguna
esperanza por sí mismo, y no hay nada que podamos hacer para lograr
ganar nuestra salvación. Para que nos entendamos, nunca podremos
ganarnos
el cielo.
Pero
el hecho de estar tan claro en la Biblia no es algo que sirva para
que la Iglesia Romana se haya dado por aludida, y es por esto que
protestaron con esta consigna los reformadores. Ellos dicen que hay
una serie de sacramentos,
de normas o rituales que, de ser realizados de la manera correcta,
puede hacerte ganar puntos para ir al cielo, doctrina completamente
opuesta a lo que nos enseñan las Escrituras.
Fe,
sola fe y nada más que la fe. Eso es lo que pide Dios de ti, nada
más, nada menos. ¿Por qué? Porque Él ya lo ha hecho todo, porque
la deuda está saldada, porque tratar de hacer más para tratar de
ganar el cielo es decir que el sacrificio de Cristo no fue
suficiente, y rechazarlo significa afirmar que puedes burlarte de
Dios.
Sola Fide significa que hoy mismo, ahora mismo, puedes cambiar tu estado para siempre. Puedes pasar de ser enemigo de Dios a ser hijo de Dios por los méritos de Cristo, por el sacrificio de Jesús, el Mesías prometido, el Hombre perfecto, Dios hecho carne, a tu favor. Sola Fide, solo por la fe. Confía en Dios hoy, créele ahora, con tus problemas y tus dificultades, y dentro de mil años seguirás disfrutando de este regalo.
He tratado de ser una persona buena para con los demás, un hijo aceptable para mis padres, un hermano ejemplar con mis hermanos, un buen amigo con mis amigos. He intentado ser una mano extendida para ayudar a quienes me necesitaban, un oído que escuche los problemas sin juzgar a las personas, he buscado ser alguien de confianza, un hombro sobre el que llorar. Es cierto que he cometido mis fallos, pero he intentado que, al irme, quede un mundo mejor que el que encontré cuando llegué.Desde que soy pequeño voy a la iglesia. Puedo recitar versículos
de la Biblia
desde que medía la mitad de lo que mido ahora. Horas y horas de lecciones
acerca de historietas de Abraham, Isaac y demás gente “santa”. “No robarás”, y
he intentado no robar; “no matarás”, y no he matado a nadie; “no mentirás”, y lucho,
al menos, contra mi impulso de mentir. He cantado más canciones acerca de Dios
que la mayoría de las personas de mi edad ha cantado cualquier tipo de
canciones. He sacrificado sueño los domingos por la mañana y horas de vida los
sábados por la noche para ir a las reuniones. He buscado incesantemente a una mujer con la que compartir mi vida, y cuando la
he encontrado, me he concentrado en conquistarla y en amarla con todas mis
fuerzas, en que sepa cuanto la amo y en pulirme para ser el mejor Miguel Ángel
posible para ella, en que sea feliz y que su vida tenga sentido a mi lado.
Por si eso no fuera suficiente, he vivido una vida “cristiana”,
he dejado de lado muchos placeres para “servir a Dios”, he decidido darlo todo
y confiárselo todo a Dios, mi vida, mi familia, mi futuro, mi alegría, mi
esperanza. He estudiado durante años la Biblia y cómo seguir a Jesús para que él guíe mis
pasos. He tratado de llevar unas relaciones sanas con todos los que me rodean. He
intentado saber más y más de Dios. He apostado todo por el Evangelio.
No soy perfecto, está claro, tengo muchas “cositas”, pero no
soy un Hitler, no soy un Osama Bin Laden, no he arruinado la vida a nadie, que
yo sepa, no he matado, no he robado mucho,
no he mentido sobre nada de vida o muerte. Cuando me comparo con otros mucho
peores, me doy cuenta de que, al fin y al cabo, no he estado tan mal.
Y sin embargo, cuando me pongo a pensar en lo que pide Dios
de mí en esta Biblia que he estudiado, cuando me paro a compararme con quien
debería compararme, con Cristo, veo que he quedado tan descolgado del estándar
que me declaro simplemente insolvente.
Cada día de mi vida, he buscado mi propio bien, mi propio
beneficio, intentando sacar tajada de cada movimiento, tratando de ser el
protagonista, el beneficiado, el jefe, el mandamás. En cada “buena acción” que,
con la frente tan alta predico, solo hay un personaje importante, yo. Buscando
dentro de mi propio ser, puedo encontrar que mis motivaciones para escuchar
poco se separan de ser tenido como un buen chico y ganar puntos con esa
persona a la que escucho, con Dios y con alguien más importante para mí mismo, yo. Pocas veces
he escatimado una oportunidad de mentir para quedar bien, si sé que nadie me va
a pillar, de hacer un favor a alguien sin esperar, realmente, nada a cambio,
pocas han sido las veces que no me he enfadado cuando no he recibido el pago
esperado, pocas las ocasiones en que he puesto a nadie ni nada por delante de mí.
Si me pongo a pensar fríamente, puedo ver que lo que hay
dentro de mi corazón es maldad, y que siempre ha sido así. Que la única diferencia
entre mí y otros que considero mucho peores que yo, es la falta de
oportunidades para hacer el mal. Que todo lo que tengo, que todo lo que he
hecho, que todo lo que he vivido, lo “bueno” que he sido, todos mis
sacrificios, todas mis virtudes, todo de mí, puesto delante de Dios, es como
basura, como estiércol, como nada, o como menos que nada. Que mi vida santa y
piadosa, tantas veces, ha sido una mentira, una máscara roñosa y maloliente,
que pretendía ocultar un corazón carcomido por el egoísmo y la miseria.
Que ¿por qué yo debería entrar al Cielo? No tengo ninguna
razón, no tengo ningún mérito, no tengo ningún billete, no tengo nada que
ofrecer. Mi destino, por justicia absoluta, está en el infierno, porque lo que
yo merezco es la sentencia peor de todas, porque conociendo la verdad,
demasiadas han sido las veces en que he decidido vivir revolcándome en la
mentira. Lo siento, de verdad que lo siento, pero no puedo reclamar plaza en el
Cielo, allí cualquiera merece más que yo, y cuando digo cualquiera, no me estoy
dejando a nadie fuera. No, no puedo confiar en ningún mérito, no puedo
agarrarme a ningún clavo ardiendo, no puedo recitar una lista de logros, no me
ampara ninguna ley. Por mis propios méritos, estoy perdido.
Pero no quiero confiar en mis propios méritos, escojo no
descansar en lo que pude hacer, ni en mis intenciones, ni en mi credulidad, ni
en mi justicia, ni en mi santidad, ni en mis ganancias, ni en mi fondo de
pensiones. Prefiero que se queme todo lo que he conseguido durante toda mi
vida, que arda y que no se vuelva a saber de ello, para ir al Cielo no me vale de nada, no existe la manera de impresionar a Dios.
Hay alguien que vivió la vida que yo no viví, hay alguien
que ganó todos los méritos, hay alguien que pagó todas las deudas, hay alguien
que satisfizo la Justicia
más alta, hay alguien que pagó el mayor sacrificio que pudo haber, la redención
perfecta. Ese alguien es Jesús, el Mesías prometido, el Santo de Israel, el que
es el Primero y el Último, el Rey de reyes, el Cordero inmolado, el Gran
Vencedor, el Juez Supremo, el que es el Camino, la Verdad y la Vida, el Cristo, el Campeón,
el Señor sobre cielo y Tierra, el Creador del Universo, el Grande, el Eterno. Y
es en Su nombre, en Sus méritos, por Sus obras, por Su sacrificio, por Su
misericordia inmerecida, que no voy a ir al infierno.
Sé lo que merezco en base a mis méritos, en base a mis
ganancias, a mis pobres y ruinosos merecimientos, lo sé perfectamente. Pero es
solamente gracias a Él y lo que hizo por mí que puedo decir con la claridad diáfana
del agua cristalina, que no voy a pagar lo que merezco porque Él ya lo pagó,
que he sido totalmente perdonado de mi maldad, de mi rebeldía, que he sido
transformado desde dentro y liberado de mi ruina personal, que he sido comprado
por el precio más alto, que mi vida y mi alma están escondidas en Su mano, que
he sido adoptado por Dios y ahora soy Su hijo, y Él mi Padre. Sí, por Sus méritos
y para Su gloria, sin importar lo que haya hecho o cómo haya sido, yo voy a
estar con mi Dios para toda la eternidad, yo voy a ir al Cielo.
En otras ocasiones ya he tratado acerca de la figura histórica
de aquel carpintero judío del primer siglo de nuestra era, que impactó tanto a
sus marginales discípulos que literalmente cambió el mundo hasta el punto que
si decimos que vivió en el primer siglo es porque precisamente contamos el
tiempo a partir de su supuesta fecha de nacimiento. En otras ocasiones he
explicado el por qué de mi plena confianza en que sus cuatro biografías contenidas en
el canon bíblico, los evangelios. Pero hoy me gustaría cambiar un poco el chip, y hablar de lo que tienen
que decirnos las gentes no cristianas ni afiliadas a ninguna “secta cristiana”
primitiva.
Ya hemos hablado del ingente número de copias manuscritas a
las que tenemos acceso de los evangelios y de la inmensa cercanía temporal
entre ellas y los originales de estas biografías de Jesús, en comparación con
cualquier obra escrita de la antigüedad. También hemos hablado de la
impresionante igualdad entre estos manuscritos que nos han llegado de un 99,5%,
lo que nos permite reconstruir con asombrosa precisión lo que dijeron los
cuatro evangelistas en sus mismas palabras, literalmente. Pero esto no es lo único
que tenemos acerca de este Jesús de Nazaret, acerca de este hombre humilde, de
un rincón marginado y apartado del gran Imperio Romano, que revolucionó el
mundo, cambió absolutamente todo, y tuvo la osadía de declararse Dios y demostrarlo con autoridad.
Es importante recordar que en el año 70 dC. los romanos
sofocaron una tremenda rebelión de los judíos que llevó a la masacre de
poblaciones enteras, a la destrucción de ciudades hasta los cimientos y a la
devastación de cualquier elemento, edificio o personaje que tuviera alguna
relación con el judaísmo o con la vida cultural de aquella región. Debido a
esta situación tan dramática, sin duda, mucha de la evidencia que podría
habernos llegado acerca del movimiento creciente que existía en aquellos años
respecto a la figura de Jesús, fue destruida. Muchos testigos oculares de los
eventos que relatan los evangelios fueron víctimas de aquellas guerras. Teniendo
en consideración estos hechos, unidos al hecho de que Jesús vivió en una región
apartada de este vasto imperio, como antes mencionaba, es muy sorprendente la
cantidad de información que nos ha llegado acerca de este judío que dijo que
era el Mesías esperado durante tanto tiempo. Algunas de estas informaciones,
aparte de lo que nos ha llegado por los textos de la Biblia y por los primeros
cristianos, son las siguientes:
Los judíos, primeros seguidores de Jesús, que también era
judío, tienen algo que decir respecto a este personaje histórico. Tanto es así
que en el Talmud Babilónico (Sanedrín 43ª) nos confirma la crucifixión de Jesús
en la tarde de Pascua, también en este documento podemos encontrar acusaciones
en su contra de brujería y de predicar la apostasía de la religión judía. El
historiador judío Flavio Josefo, que presenció y escribió largo y tendido
acerca de la guerra que devastó Judea en el 70 dC. nos escribió lo siguiente a
principios del segundo siglo: “Ahora,
había alrededor de este tiempo un hombre sabio, Jesús, si es que es lícito
llamarlo un hombre, pues era un hacedor de maravillas, un maestro tal que los
hombres recibían con agrado la verdad que les enseñaba. Atrajo a sí a muchos de
los judíos y de los gentiles. Él era el Cristo, y cuando Pilato, a sugerencia
de los principales entre nosotros, le condenó a ser crucificado, aquellos que
le amaban desde un principio no le olvidaron, pues se volvió a aparecer vivo
ante ellos al tercer día; exactamente como los profetas lo habían anticipado y
cumpliendo otras diez mil cosas maravillosas respecto de su persona que también
habían sido preanunciadas. Y la tribu de cristianos, llamados de este modo por
causa de él, no ha sido extinguida hasta el presente.” (Antigüedades XVIII.33) En cualquier caso, no deja de ser sorprendente que no haya ni un solo testimonio negando la resurrección de Cristo, con lo fácil que habría sido para ellos el salir y negar este hecho, puntal básico para las doctrinas cristianas, para hacer que se viniera abajo esta "secta" que estaba naciendo de su seno y tantos quebraderos de cabeza les estaban dando al afirmar que su mesías se había levantado de entre los muertos. Esto no hace sino confirmar la exactitud de los relatos bíblicos.
Pero los judíos no son los únicos que tienen algo que decir
acerca de este personaje que nos ocupa. Los romanos también nos dejaron algunos
documentos que podemos usar para poner en relieve la figura de Jesús de
Nazaret. El historiador Tácito, en el primer siglo, es considerado uno de los
más precisos historiadores del mundo antiguo. Él menciona a los supersticiosos
“Cristianos”, seguidores de "Christus", quien
sufrió bajo Poncio Pilato y durante el reinado de Tiberio. Gaio Suetonio, otro historiador
romano (70-160) secretario en jefe del emperador Adriano, escribió que había un
hombre llamado Chrestus (o Cristo) que vivió durante el primer siglo (Annais
XV.44) El historiador Talus es citado por Sexto Julio Africano en su obra en
una discusión acerca de las tinieblas que siguieron a la crucifixión de Cristo,
diciendo que en el libro III de su Historia explica la oscuridad como debida a
un eclipse solar, pero aclara que eso sería imposible debido a que la
crucifixión ocurrió en tiempo de luna llena, cuando no pudo haber ocurrido un
eclipse. (Escritos Existentes, 18) Plinio el Menor registra las prácticas de
adoración del cristianismo primitivo, incluyendo el hecho de que los cristianos
adoraban a Jesús como Dios y eran muy éticos, e incluye una referencia a las
festividades y la Cena
del Señor (Cartas 10:96).
Luciano de Samosata, un filósofo y escritor griego del siglo
dos, admite que Jesús fue adorado por cristianos, introduciendo nuevas
enseñanzas y que fue crucificado por ellos. Explicó que algunas de las
enseñanzas que este Jesús trasmitió a sus discípulos incluían la hermandad
entre los creyentes, la importancia de la conversión y de negar a otros dioses.
Los cristianos vivían de acuerdo a las leyes de Jesús, creyéndose a sí mismos
inmortales y se caracterizaban por despreciar la muerte, la devoción voluntaria
y la renuncia a los bienes materiales.
Mara Bar-Serapio fue un filósofo estoico que vivió en la
provincia de Siria en el primer siglo de nuestra era. El trabajo de este filósofo
solamente ha llegado hasta nosotros en forma de una carta que escribió a su
hijo. Está carta se encuentra en el Museo Británico. En ella confirma que Jesús
demostró ser un hombre sabio y virtuoso, que fue considerado por muchos como el
rey de Israel, fue llevado a la muerte por los judíos y siguió viviendo en las
enseñanzas de sus seguidores.
Además, contamos con los evangelios gnósticos y los apócrifos,
de los que hablamos en otra ocasión, cuyo tema principal es la figura de Jesús
de Nazaret.
En conclusión, una sorprendente fuente de información acerca
de Cristo puede ser hallada de fuentes no cristianas en absoluto, y gran parte
de las biografías “oficiales” puede ser autentificada solamente partiendo de
esto que nos dicen los testigos de excepción que nos dan su punto de vista
desde este mundo pasado ya hace dos milenios. Jesús fue llamado y proclamado
como Cristo (Mesías) por sus seguidores y no pocos judíos de su época, así como
por multitudes de gentiles (no judíos), hizo “maravillas” (milagros), enseñó a
sus seguidores unas enseñanzas revolucionarias que cambiaron sus vidas y las de
aquellos que las escucharan de boca de estos hombres y mujeres que anduvieron
con Cristo, fue acusado por los judíos y crucificado en la tarde de Pascua por orden de Pilato, gobernador de Judea, a su muerte las tinieblas acabaron con el día, proclamó ser Dios, cosa que sus
seguidores creyeron, adorándole como tal. Incluso tenemos detalles como la celebración de la Cena del Señor (eucaristía) y el bautismo.
En definitiva, existe una abrumadora evidencia de la
existencia de Jesús, y una gran parte de lo que dicen los evangelios puede ser
probada solamente contando con fuentes externas al cristianismo, sin contar
evidencias internas textuales, documentales, forenses y arqueológicas. Pero
seguramente la prueba más grande y más contundente de la veracidad de los
cuatro primeros libros del Nuevo Testamento se encuentra en las vidas de sus
seguidores, entre los que se encuentran los 12 discípulos, y de aquellos que
les siguieron a ellos en su adoración y servicio a este carpintero de Galilea,
hombres y mujeres que sin ningún miedo estuvieron
dispuestos a vivir sus vidas obedeciendo lo que Cristo les había mandado, incluso exponiéndose así a grandes peligros, y con
mayor felicidad aún entregaron sus vidas como mártires por esto que creían. Ellos
vivieron con el Jesús histórico, sabían cual era la verdad porque la vivieron en propia piel. Uno
puede entregar su vida por aquello que le han contado que es verdad, aun siendo
mentira, si lo cree firmemente, pero nunca entregará su vida por una mentira si
sabe que lo es. No hubo un discípulo de Cristo, excluyendo a Judas Iscariote, que no estuviera a morir por declarar a Jesús como su Dios y Señor. La mayoría lo hicieron.
Hacía poco leía un artículo (aquí os dejo el link) en el que nos habla de la triste realidad para miles
de españoles, y es la de ser testigos de cómo el banco se queda con
tu casa por no ser capaz de terminar de pagarla. Y es que los
desahucios están a la orden del día. Veía en el telediario hace un
tiempo el caso de una familia que había avalado con la casa que
tanto les había costado pagar para que su hijo pudiera comprarse una
casa. El hijo se había quedado en paro y ahora se habían quedado
sin la casa que se estaba comprando el hijo y el banco les había
desahuciado su casa también.
Son casos muy tristes, y lo más triste
es que están a la orden del día. En este mismo artículo también
dice que desde el 2007, 350000 familias se habían quedado sin hogar
a causa de esta práctica. Y como todos sabréis ya de sobra, de nada
vale que vayas al director del banco en cuestión a rogarle, a
suplicarle o a arrodillarte delante de él para que no te robe tu
casa. Él cobra o tú te quedas en la calle. Punto.
Pues bien, en la Comunidad de Madrid,
una de las primeras en número de desahucios, Caja Madrid, es decir,
Bankia, ejecuta más del 80% de estas operaciones que dejan en la más
absoluta indigencia a familias enteras. Hasta aquí, algunos
pensarán, no es todo tan injusto. Después de todo, ellos prestan el
dinero para las hipoteca con unas condiciones, condiciones que los
“beneficiarios” aprueban con todas sus consecuencias, el quedarse
con el aval la entidad bancaria si no se puede pagar forma parte del contrato, no se lo
inventa el señor banquero, podríamos decir que hasta ahí, por muy
desastroso o incluso cruel que sea, estrictamente hablando se está
haciendo justicia. El banquero es libre de hacer que la ley se
cumpla, que de hecho lo hace, es libre de no tener misericordia con
la pobre gente que se queda en la calle, las cosas como son.
Pero el tema no queda ahí. No es que
solamente la pobre gente que pierde un piso tiene que suplicar
misericordia ante los oídos sordos y metálicos de los banqueros, es
que los banqueros también tienen que pedir misericordia ante otro
oídos, oídos que son mucho más generosos con ellos de lo que ellos
son con los que realmente lo necesitan.
Esto me recuerda a una historia que
contó Jesús hace ya 2000 años, y que nos viene al pelo en esta
situación. Esta historia la podemos encontrar en la Biblia, en el
libro de Mateo, capítulo 18, versículos 23 al 34, permitidme que lo
parafrasee para que se entienda mejor.
Por
lo cual, el reino de los cielos es semejante a un presidente del
gobierno, que quiso analizar la economía de su país. Y comenzando a
analizarla, le fue presentado un banquero que le debía diez mil
millones de euros. Mas a este, no pudiendo pagar, mandó su
presidente echarle en la cárcel, y a su mujer e hijos, con todo lo
que tenía, y que pagase al estado. Entonces aquel banquero,
postrado, le imploraba, diciendo: Señor presidente, ten paciencia
conmigo, y yo lo pagaré todo. El presidente, movido a misericordia
de aquel banquero, le soltó e hizo un fondo de rescate para salvar
su entidad.
Y
saliendo aquel banquero, halló a uno de sus clientes, que le debía
cuarenta mil euros; y agarrándole, le ahogaba, diciendo: Págame lo
que debes. Entonces su cliente, postrándose a sus pies, le rogaba,
diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no
quiso; sino fue, y le echó de su casa por no pagarle la deuda. Y
viendo los periodistas lo que pasaba, se entristecieron mucho, y
viniendo, declararon al presidente todo lo que había pasado.
Entonces llamándole el presidente, le dijo: Banquero malvado, toda
aquella deuda te perdoné y te rescaté con miles de millones, porque
me rogaste: ¿No te convenía también a ti tener misericordia de tu
cliente, como también yo tuve misericordia de ti? Entonces su
presidente, enojado, le entregó a disposición judicial, hasta que
pagase todo lo que le debía.
que tu muerte pidió, que
te crucificó.
Lo tengo que admitir, hubiera yo también
clavado en esa cruz tus manos mi Jesús,
si hubiera estado allí.
Pensándolo más bien, también yo estaba allí.
Yo fui el que te escupió, y tu costado hirió.
Pensándolo más bien, yo fui el que coronó de espinas y dolor
tu frente, buen
señor.
También yo estaba allí.
Si hubiera estado allí, al pie de aquella cruz,
oyéndote clamar al Padre
en soledad.
Lo tengo que admitir,
te hubiera yo también
dejado así morir,
mirándote sufrir. Si hubiera estado allí.
Pensándolo más bien, también yo estaba allí.
Yo fui el que te escupió, y tu costado hirió.
Pensándolo más bien,
yo fui el que coronó de
espinas y dolor
tu frente buen señor.
Pensándolo más bien, también yo estaba allí.
Yo fui el que te golpeo, y de ti se burló.
Pensándolo más bien, yo fui el que te azotó.
Yo fui quien lanceró tu espalda, mi señor.
Derrotados, atemorizados, afligidos, aturdidos. Su fe se había
descompuesto, su esperanza había sido asesinada brutalmente, su vida había
perdido completamente el sentido. Habían dejado sus trabajos para seguir a un
maestro, habían dedicado todas sus vidas y sus esfuerzos a perseguir algo
nuevo, algo diferente, algo que parecía lo más auténtico que habían visto en
sus vidas.
El Mesías, nada menos. Hasta habían llegado a creer que era
el mismo Dios hecho hombre el que había compartido el tiempo, el pan y la
sabiduría con ellos. Las tormentas le habían obedecido, lo habían visto con sus
propios ojos. Con la merienda de un chico, había dado de comer a miles de
personas, y había sobrado aún más de lo que había en un principio. Este Jesús,
había llegado a resucitar a su amigo Lázaro, había sanado a leprosos, a ciegos,
a cojos. Ellos pensaban que siguiendo a este Mesías iban a encontrar la
liberación, iban a triunfar, iban a destruir a los romanos que les oprimían,
iban a ver descender fuego del cielo para eliminar a sus enemigos. Ellos
pensaban que el trono de David iba a ser restituido y que el Hijo del Hombre
reinaría desde Jerusalén. Ellos soñaban con sentarse a la mesa del rey, con ser
los más cercanos a Dios. Incluso en su nombre habían sanado a enfermos, habían
expulsado demonios, habían hecho milagros.
Pero todo se había acabado. Todo era mentira. La grandeza
había caído al infierno con tanta rapidez que ni siquiera habían podido
reaccionar. Cuando su maestro fue prendido, cuando vieron que le golpeaban, que
era entregado a las autoridades. Cuando se encontraron en la encrucijada,
huyeron. No podían hacer otra cosa. Si a él le habían matado, ellos serían los
siguientes en caer.
Todas sus esperanzas estaban ahora en una tumba, listos para la sepultura. Había acabado. Era hora de bajar la cabeza, aceptar la
verdad, volver a tomar la barca, tratar de no pensar y volver al mar a pescar
para sobrevivir procurando no mencionar el tema si querían conservar la cabeza
sobre sus hombros.
Pasado el sabbat, las mujeres fueron a preparar
adecuadamente el cuerpo de Jesús muy de mañana. Había sido puesto en la tumba
apresuradamente porque se acercaba el sábado, el día en que debían reposar, y
estaba totalmente prohibido preparar el cadáver durante este día, así que traían
todo lo necesario para que el cuerpo recibiera la mejor de las sepulturas. Pero
según se acercaban, vieron que algo no andaba del todo bien. La enorme piedra
que tapaba la puerta de la cueva que servía de tumba, había sido movida hacia
un lado. Alguien había robado el cuerpo. Aunque pensaron que no podía ser así,
la verdad es que aún la cosa podía ir más a peor. Cuando llegaron, corriendo,
se confirmaron sus peores miedos. El cuerpo no estaba allí. Alguien había
profanado el cuerpo del maestro. No era posible.
Entonces, un ruido a sus espaldas les hizo girarse. En
cuanto lo vieron, cayeron al suelo de la impresión. Dos varones con ropas
resplandecientes, rodeados de luz y de gloria, estaban allí donde, instantes
antes, no había nada. No tuvieron la menor duda, eran ángeles. María, la madre
del ajusticiado, ya había tenido una experiencia similar cuando Gabriel le
anunció su concepción virginal. - ¿Qué
hacéis aquí? – La potente voz que, aparentemente, aunque no vieron a
ninguno de los varones mover los labios, salió de un ángel, las atemorizó aún más.
- Veníamos a rendir
homenaje y a preparar para la sepultura a Jesús, el hijo de José.
- ¿Por qué buscáis
entre los muertos al que vive? – Las mujeres se miraron incrédulas, no era
posible. – No está aquí, ha resucitado. Acordaos
de lo que os dijo cuando estaba en Galilea, que es necesario que el Hijo del
Hombre sea entregado en manos de pecadores, y que sea crucificado, y que
resucite al tercer día.
Entonces todo cobró sentido. Fue en ese momento cuando la esperanza resucitó como lo había hecho Jesús, y con ella la fe, el futuro que soñaban. El Mesías, el Ungido, aquel que se entregó y fue entregado
para pagar el castigo eterno que merecían, aquel en quien habían depositado
toda su confianza y todas sus esperanzas, había cumplido exactamente lo que ya
les había anunciado que haría, aunque no se hubieran dado cuenta hasta ese
momento. Jesús aún vivió un tiempo con sus amigos, continuó enseñándoles para
lo que vendría, preparándoles, alentándoles.
La cruz es el símbolo del Santo pagando por los malvados, el
símbolo de la justicia satisfecha, de la misericordia derramada. Pero ciertamente
no tendría ningún sentido sin la tumba vacía. La tumba vacía es el símbolo de
la victoria sobre la muerte, es el sello Real puesto sobre la cruz. Es eso que
nos dice que, sin ninguna duda, aquel sacrificio fue aceptado. Que Dios mismo
dijo Está pagado. Es la prueba de que
Jesús dijo la verdad, de que ese sacrificio es a tu favor.
La tumba estuvo vacía ese domingo. La esperanza renovada
cambió las vidas de aquellos hombres atemorizados y escondidos, de esos que
estaban dispuestos a callar y olvidar; y les convirtió en esos otros que
hablaron valientemente, que llegaron al fin del mundo proclamando al Jesús
resucitado, les convirtió en los valientes que cambiaron el mundo, que
inundaron la Tierra
con el amor del que estuvo dispuesto a morir en Getsemaní, les convirtió en los
héroes que desafiaron al peligro, a las críticas, incluso a la muerte. Entre
los cobardes que huían del peligro y los valientes que morían por amar a los
demás hubo un acto crucial, uno que cambiaría el mundo para siempre. Una tumba
vacía.
Y lo mejor de todo es que esa tumba sigue aún hoy en día vacía.
Fue recibido con golpes. Cuando los guardias, guiados por su
amigo, fueron a prenderle al huerto, le propinaron la primera paliza. Le ataron
para que no se moviera, lo empujaron, lo patearon, le dieron puñetazos, golpes
con el mango de la espada.
El sufrimiento físico no fue sino en aumento durante ese
funesto viernes. Ya con la cara desfigurada, el cuerpo lleno de moratones, el
labio y la nariz rotos, fue sentenciado a sufrir la fustigación. 39 azotes con
látigo. Pero no era un látigo normal, no. Era un látigo especial de tortura.
Estaba hecho de tiras de cuero con bolas de metal entretejidas, que dieran
mayor fuerza al golpe y provocaran contusiones, y en la punta tenían pedazos de
hueso que se clavaban en la piel y la cortaban y la arrancaban. Tal era la
crudeza de esta tortura que era normal que se le viera la espina dorsal, o
incluso los órganos internos. Esto le hizo perder tanta sangre que le hizo
entrar en un shock hipovulémico generado por la pérdida masiva de sangre y el
dolor, en el que el corazón se acelera y bombea más rápido para tratar de
contrarrestar la falta de sangre. Esto genera un fallo renal, para evitar la
pérdida de líquido por la orina, una sensación de sed atroz y muchas veces el
colapso y el desmayo.
Y fue en estas condiciones en las que tuvo que cargar con su
propia cruz en el largo camino hasta el Calvario. Ahora, los golpes de la
madrugada, el labio roto, no dolían en absoluto. Arriba, le esperaba la mayor
tortura romana, la cruz. La muerte reservada a los peores criminales. Atravesarían
sus muñecas y sus pies con clavos, triturando sus tendones y nervios. Apenas
podía sostener su peso en la cruz, colgado.
Pero al igual que los sufrimientos de la madrugada, los
moratones, la nariz rota, no dolían al lado de los brutales latigazos, el dolor
físico que sufrió no fue nada en comparación al dolor psicológico por el que pasó.
Ya en Getsemaní, sufrió hematidrosis, es decir, que el alto
grado de sufrimiento psicológico hizo que se rompieran sus glándulas sudoríparas
y literalmente sudó sangre.
Su propio amigo le entregó a esta muerte tan espantosa. Su
madre tuvo que sufrir el ver a su hijo pasar por este trance, y él ser
consciente; sus amigos más cercanos le abandonaron como a un perro en cuanto
fue prendido. Las mismas multitudes que le aclamaban días antes, y le pedían que les salvara, ahora exigían su crucifixión, sin ser conscientes de la
asombrosa consecuencia de esas dos reacciones. Fue acusado injustamente, con
testigos falsos, con mentiras. Fue odiado sin motivo, fue sentenciado a la peor
muerte posible por el fanatismo y la clara ceguera de sus conciudadanos.
Perdónalos, Padre. No
saben lo que hacen.
Pero estos dos sufrimientos, el físico y el psicológico, no
son absolutamente nada comparado con el gran sufrimiento que tuvo que
experimentar Jesús, el sufrimiento espiritual, ese que no se puede recoger en
pinturas ni en imágenes. El resto del sufrimiento, por sobrecogedor que nos
parezca, no fue sino una pequeña picadura de un mosquito, comparada con la auténtica agonía
de Cristo.
Desde siempre, el Hijo fue Dios, y como tal, fue Santo,
Perfecto, Puro, Poderoso, Omnipotente. El nacimiento en Belén supuso un enorme
sacrificio para Jesús. Se enfundó en un cuerpo mortal, pequeño, desvalido, de un
niño. Dios se había acercado al hombre. Pero aún conservaba su santidad, su
pureza, su poder y la relación con su Padre, con el que trataba siempre que podía.
Jesús se hizo culpable del pecado de toda la humanidad. Se
hizo culpable de mi pecado, para que yo no tuviera que hacerlo. El Santo se
hizo inmundicia, el Puro se hizo excremento. Absolutamente toda mala idea, todo
asesinato, toda codicia, toda guerra, toda violación, todo el mal del mundo fue
echado encima de Jesús, y él fue sentenciado y condenado como culpable. El
Padre no puede tener comunión con lo impuro, así que su propio Padre celestial
le dio la espalda en este momento tan crítico.
Pagó el precio más alto que se puede pagar, entregó su vida
con todas las consecuencias. Sufrió la separación de Aquel con quien había
estado unido para siempre para hacerlo.
En tus manos
encomiendo mi espíritu.
Y fue entonces, con los ejércitos celestiales bajando la
cabeza, absolutamente absortos, y las huestes demoníacas gritando victoria por
la muerte del Gran Dios, cuando se hizo la oscuridad. Las tinieblas lo
inundaron todo. Un gran terremoto removió los cimientos de la tierra. Jesús había
muerto, y hasta el sol y la tierra se habían enterado.
El velo del Templo se rasgó en dos, mientras
el centurión romano, al pie de la cruz, decía: verdaderamente este hombre era
Hijo de Dios. La separación entre Dios y los hombres se había resquebrajado. Al
fin se abría de nuevo el acceso al Padre, el acceso a la vida.
Pocos se dieron cuenta entonces. Jesús fue sepultado. Sus
discípulos se dispersaron, se escondieron. Estaban asustados, aturdidos. Su
maestro, el que durante tanto tiempo pensaron que les iba a liberar, había sido asesinado de la manera más brutal.
Y llegó la noche. El cadáver, aún caliente, reposaba en su
tumba. La guerra parecía perdida. La esperanza se había esfumado.
Las piezas estaban preparadas, la gran
partida cósmica llegaba a su punto álgido. Millones de ángeles
observaban curiosos, mientras aguardaban órdenes de algún tipo.
Ellos habían sido testigos de toda la vida del Hijo en la Tierra, de
la manera en que habían transcurrido los tres decenios que ya
llevaba Dios mismo encarnado en forma de hombre. Habían recapacitado
sobre cada palabra, sobre cada gesto, sobre cada milagro. Estaban
anonadados, cada día era una lección nueva, y a cada lección se
maravillaban más sobre los planes y la naturaleza de este Dios que
pensaban que conocían y al que habían servido durante miles de
años. Y ahora parecía que todo estaba a punto de cambiar, algo
importante iba a ocurrir, y no querían perdérselo por nada del
mundo. Millones observaban, preparados, boquiabiertos.
Ya había pasado la cena de aquella
pascua. Aquella en que Jesús hizo tan extrañas sentencias que aún
sus discípulos no entendían, aunque poco les faltaba para que
fueran abiertos sus ojos. ...comed este pan que representa mi
cuerpo partido por vosotros...bebed este vino que representa mi
sangre derramada por vuestro bien... haced todo esto para recordarme,
en mi memoria.
Millones de
demonios aguantaban la respiración también. Para ellos esta iba a
ser su oportunidad. Dios mismo se había encarnado al fin. Tras
tantos intentos de impedirlo a lo largo de la historia, su Enemigo
había llegado al fin al corazón de su creación. En eso habían
fallado, no habían podido impedir que naciera, que creciera, que
trasmitiera algunas de sus enseñanzas. Pero hasta aquí habían
llegado. Uno de sus amigos, uno en quien confiaba, se había dejado
seducir por las sombras, y le había entregado. Ya solo era cuestión
de tiempo, el Hijo iba a ser asesinado, el Creador iba a perder la
gran batalla, para siempre. Millones de bocas infernales se relamían
de placer, ya casi podían saborearlo.
Y allí estaba.
Arrodillado. El que había alimentado a las multitudes, sanado a los leprosos y resucitado a los muertos acudía ante su Padre como un niño pequeño. El Gran Señor sabía lo que venía, sabía que tenía
que hacerlo, sabía que debía ser entregado. Hablaba con su Padre,
le rogaba que, si fuera posible, le librase de ese trance. Se sometía
Su voluntad. Sudaba sangre. Sabía que quienes le iban
a prender se acercaban, y que el momento de cumplir aquello para lo
que vino al mundo estaba próximo.
Sus amigos dormían.
Él les había pedido que velasen esa noche con él, pero ellos no lo
entendían, pronto lo harían, pronto todo tomaría sentido. Jesús
podía escuchar los gritos demoníacos cantando victoria. Los ángeles
estaban todos listos, preguntándose por qué no recibían orden
alguna de formar, de proteger al Hijo, de hacer su trabajo. Miles de legiones celestiales preparadas para la batalla, dispuestas a entablar combate en la gran lucha que decidiría el destino de todo. Pero no
llegaba orden alguna, esa noche no podían hacer absolutamente nada
sin permiso del Padre. Todo parecía demasiado extraño.
Y entonces, ya
cuando sus captores, guiados por Judas, ya habían salido de Jerusalén
y se acercaban a él, Jesús hizo una oración. Una súplica que
salió desde lo más profundo de su corazón. La última petición de
Jesús antes de ser sacrificado.
“Pido por aquellos que creerán en
mí por la palabra de estos.”
Pudo
haber pedido por no sufrir, o por ser librado de aquel trance tan
doloroso. Pudo haber pedido por la paz mundial o por la crisis. Pero
no lo hizo. Pidió por mí. Pidió por ti. Pidió por aquellos que
creeríamos en él por las palabras de esos que contarían lo que
allí estaba ocurriendo. Desde lo profundo de su corazón suplicó
que llegase a existir, que aceptase lo que estaba a punto de hacer a
mi favor, que viviese una vida digna de lo que iba a suceder, que contase con el favor del Padre.
Él te
vio a ti. En el huerto de Getsemaní te vio a ti. Y no quería que
estuvieras solo. Él sabe lo que es que los demás conspiren contra
uno, que le abandonen sus amigos, sabe lo que es afrontar lo peor, y
hacerlo solo. Él quería librarse de eso, sabe lo que es estar
separado entre dos deseos, lo que debo hacer y lo que quiero hacer.
Pero, quizá por encima de eso, sabe lo que es rogarle a Dios que
cambie de idea, y escucharle responder dulcemente pero con firmeza:
“No”.
Porque
eso es lo que el Padre responde a Jesús, y él acepta la respuesta.
En algún momento durante esa noche, un ángel se acerca a Jesús a
confortarle, a darle ánimos, a renovar las fuerzas de ese cuerpo
abatido. Y cuando se incorpora, la angustia ya no le daña más, su
puño no se crispa, su corazón deja de luchar.
En ese
momento, en el que las fichas están todas dispuestas, en que ya sus
captores le ven en medio de la noche y se aproximan a él, cuando
tanto los ángeles como los demonios guardan la respiración, la
batalla está ganada. Puede parecer que la batalla se ganó en el
Gólgota, pero no. La batalla final se ganó en Getsemaní, y el
símbolo de la victoria es un Jesús de pie, en paz, aceptando su
destino y viendo con fuerza en sus ojos acercarse las huestes que le
van a prender de manos de su amigo.
Porque
fue en ese huerto donde él tomó la gran decisión. Prefirió ir al
infierno por ti, que ir al cielo sin ti.
Idea
extraída de “Y los ángeles guardaron silencio” de Max Lucado.
Normalmente ningún sistema o
institución nace con intención de hacer mal, de empobrecer, de
hacer daño, de robar o de matar. Lo más lógico es que nazca con
intención de hacer bien, de mejorar algo que estaba corrompido, de
salvar vidas, de conseguir que la situación vaya a mejor de alguna
manera.
Pero, basados en la perversidad humana,
no hay un sistema o una institución que no caiga en la corrupción,
hasta tal punto, que después de un tiempo es prácticamente
irreconocible esa bondad, esa mejora, esa bendición con la que
teóricamente surgió. Y en este sentido tenemos tantos ejemplos como
intentos de cambiar las cosas a lo largo de la historia.
No tenemos más que mirar nuestra
democracia en pañales, que apenas lleva 30 años en funcionamiento,
y ya emana un hedor repugnante. Tenemos una justicia al servicio del
mejor postor. Tenemos una serie de medios de comunicación que se
basan en el adoctrinamiento y atontecimiento de las masas. Tenemos un
sistema económico basado en el aprovechamiento al máximo de los
recursos y de los trabajadores para el beneficio de unos pocos.
Tenemos un bombardeo de publicidad que intoxica todo y a todos.
Y así ha sido siempre, todo en lo que
metemos las narices, acaba por pudrirse.
A veces pienso en cómo sería la
primera iglesia, aquella perseguida por los romanos. Seguramente
tendría muchísimos errores, pero pienso que si a alguno de aquellos
valientes se les mostrara por una ventanita el oro, las joyas, las
obras de arte, la grandeza artificial y superficial en lo que se ha
convertido, no se lo creería. O si pudiera ver por un momento uno de
esos programas “cristianos” de televisión en que no hacen más
que pedir dinero y dar voces proclamando supuestas sanidades
milagrosas se llevaría las manos a la cabeza y pensaría,
sinceramente, y con toda la razón del mundo, que esto se ha
corrompido demasiado.
El lunes de Semana Santa, Jesús se
encontró con un caso bastante parecido a estos. Había una buena
institución, un buen sistema, que había sido corrompido por la
avaricia, por la vaciedad humana. El templo de Jerusalén, donde se
supone que los judíos podían ir a que animales fueran sacrificados
en sustitución por sus pecados ante Dios, se había convertido en un
mercado, en un lugar destinado a ganar dinero exclusivamente. Y
aquello se había corrompido hasta tal punto que ya nadie se daba
cuenta de que eso estaba mal. Jesús mismo llegó a llamarlo “cueva
de ladrones”.
¿Qué hizo Jesús ante tal situación?
Lo que hizo fue indignarse. Puso en
relieve que aquello estaba mal, que no debía seguir así. Y actuó.
Había gente que había desvirtuado lo bueno, y lo había hecho para
su bien, y para el mal de los demás. Se presentó ante los cambistas
y mercaderes, se hizo un látigo de cuerdas, los echó, volcó sus
mesas, liberó a los animales. Actuó con seriedad, con
determinación, con toda la fuerza, actuó de frente, sin ocultar sus
intenciones, dejando claro por qué lo hacía, sin dejar que aquellos
que estaban haciendo el mal continuaran con ello.
Son muchas las cosas que podemos
aprender de su manera de actuar. Pero lo importante es que fue
consciente del hedor de aquello, supo que eso que nació como
algo bueno se había corrompido y ahora era malo; y actuó en
consecuencia.
El mundo está lleno de estas causas.
Por todos lados podemos encontrar mal olor saliendo de sitios que
deberían ser buenos. Y es nuestra responsabilidad el actuar para que
eso cambie.
Y cuando cambie, debemos reconocer cual
es el problema de base. Debemos saber que el hombre es malvado, que
somos malos, que soy malo. Porque el cambio no sirve de nada si no sale del corazón. Por eso precisamente a Jesús no se le recuerda
por acabar con el comercio en el Templo, entre otras cosas porque
seguramente al día siguiente estarían allí los mercaderes de la
misma manera. Jesús no vino a volcar mesas, no vino a denunciar
injusticias, ni a acabar con la corrupción, aunque bien es cierto
que lo hizo. Jesús vino a comenzar una revolución, y como decíamos ayer, no lo hizo de la manera convencional, precisamente porque
quería que fuera una revolución que jamás terminara.
Jesús actuó, sí. Lo hizo con
determinación, con sinceridad y con pasión. Pero siiendo
completamente consciente de que la revolución debía comenzar por
adentro, por el corazón. De lo contrario, al día siguiente, al
volver los mercaderes a sus puestos, todo habría terminado.