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lunes, 13 de octubre de 2014

El Dios moral

 ¿Cómo puede ser que exista un Dios bueno en gran manera y permita tanto mal y sufrimiento en la Tierra? ¿Es coherente el creer en la existencia del Dios de la Biblia, que tanto ama al mundo, mientras vemos cómo se exterminan poblaciones enteras, vemos las barbaridades que hacen los miembros del ISIS, mientras cada día salen a la luz los casos de corrupción política a diario, en medio de un país con cada vez más indigentes? ¿Es posible que, ante los casos tan flagrantes de maldad en la humanidad, haya un Dios contemplativo? ¿No es verdad que la existencia de este mal en medio nuestro es la más grande prueba en contra de la existencia de un Dios benevolente?

Posiblemente hayas escuchado este tipo de preguntas, puede ser incluso que tú mismo te lo estés preguntando en este momento. Pues bien, vamos a comenzar con un asunto de extrema importancia en este tema: hacer este tipo de preguntas significa considerar que hay algo que es malo, aún cuando haya gente que no lo vea como tal, que existen valores y deberes morales objetivos ajenos a opiniones, culturas o cosmovisiones. Me explico, decir que el Holocausto fue algo malvado es legítimo, porque así fue, fue una barbaridad, incluso aunque muchos nazis pensaban en ese momento que estaban haciendo un bien a la humanidad. Incluso aunque solamente una persona en todo el mundo hubiera pensado que aquello era perverso, no por ello habría dejado de serlo, aunque todo el mundo pensara que era algo bueno.

Y es curioso que, incluso la mayoría de los ateos en este mundo, crean que haya cosas buenas o malas independientemente de los valores morales de los que llevan a cabo tales acciones. La violación de una niña es algo terrible, aunque la cultura en la que se lleve a cabo lo permitiera, eso no hace que deje de ser terrible. Esto significa que hay un bien y un mal absolutos, que van más allá de opiniones o de cosmovisiones. El violar a una niña de 6 años es algo objetiva y absolutamente perverso, más allá de la opinión del violador al respecto.

Si Dios existe, tenemos un sólido fundamento para los valores y deberes morales objetivos.

En el punto de vista teísta, los valores morales vienen de Dios. Como dijo San Anselmo, Dios es, por definición, el mayor ser concebible y por lo tanto el bien supremo. De hecho, Él no solamente es perfectamente bueno, sino que es la fuente y el paradigma de todo valor moral. La santidad y el amor intrínsecos de Dios dan el estándar con el que se pueden medir todas las acciones de las personas. Él es por naturaleza amoroso, generoso, fiel y amable. Así que si Dios existe, los valores morales objetivos existen, y lo hacen independientemente de los seres humanos.

Desde el punto de vista teísta, los deberes morales objetivos están constituidos por los mandamientos de Dios. La naturaleza moral de Dios se expresa en relación a nosotros en forma de mandamientos divinos que constituyen nuestros deberes u obligaciones morales. Así pues, lejos de ser arbitriarios, los mandamientos de Dios deben ser consistentes con su naturaleza santa y amorosa. Esto significa que nuestros deberes, están basados en los mandamientos de Dios y éstos reflejan su carácter esencial. En la tradición judeo-cristiana, todos los deberes morales se pueden resumir en los dos grandes mandamientos: El primero, amarás a Dios con todo tu corazón, con toda tu mente y con todas tus fuerzas, y el segundo, amarás a tu prójimo como a ti mismo. Sobre esta base podemos afirmar la justicia objetiva del amor, la generosidad, el auto-sacrificio y la igualdad, y condena como objetivamente malo el egoísmo, el odio, el abuso, la discriminación y la opresión.

Resumiendo, el teísmo ofrece los recursos para un sólido fundamento para la moralidad: da base tanto a los valores morales como a las obligaciones morales objetivas; y como yo pienso, que es evidente que Dios existe, tenemos una base sólida para los valores y deberes morales objetivos.

Si Dios no existe, no tenemos un sólido fundamento para los valores y deberes morales objetivos.

Si Dios no existe, ¿qué base queda para la existencia de los valores morales objetivos? Particularmente, ¿por qué pensamos que los seres humanos tendrían valor moral objetivo? Desde el punto de vista ateo, los seres humanos somos sencillamente bioproductos accidentales que han evolucionado hace relativamente poco tiempo en una mota de polvo llamada planeta Tierra, y que están condenados a perecer de una manera individual y colectiva en relativamente poco tiempo. Desde el punto de vista ateo, es complicado ver alguna razón para pensar que el bienestar de un humano es objetivamente bueno, al menos no más que el bienestar de un insecto o el bienestar de una hiena.

Desde el punto de vista naturalista, los valores morales solamente son consecuencia de la evolución biológica y el condicionamiento social. Así como un grupo de babuínos exhiben cooperación e incluso auto-sacrificio porque la selección natural ha determinado que este comportamiento es ventajoso en la lucha por la supervivencia, de la misma manera, sus primos homo sapiens, han evolucionado a una especie de moral de rebaño por las mismas razones. Como resultado de las presiones socio-biológicas en el homo sapiens, esto ha evolucionado en una especie de moralidad que funciona bien en la perpetuación de nuestra especie. Pero en el punto de vista ateo, no parece haber nada que haga que esta moralidad sea objetiva y real, sencillamente es algo que es útil para sobrevivir.

Así pues, según este punto de vista, nuestra moralidad es el producto de la evolución biológica. De la misma manera que tenemos pulgares oponibles y andamos erguidos, tenemos un comportamiento tribal que nos ayuda a sobrevivir.

Así que nosotros, como seres humanos, al pensar que somos especiales y que nuestra moralidad es cierta de una manera objetiva, estamos cayendo en “especie-ismo”, es decir, establecer la superioridad de nuestra especie sin justificación alguna.

Si no hay Dios, cualquier razón para pensar que la nuestra es una moral de rebaño que ha evolucionado con el homo sapiens en este planeta, para llegar a convertirse en verdad moral objetiva, parece haber desaparecido. Saca a Dios del cuadro, y verás que lo que queda es una criatura simiesca en una mota de polvo con serios delirios morales de grandeza.

La afirmación de Richard Dawkins (un eminente defensor del ateísmo) del valor del hombre puede ser deprimente. Dice: “al final no hay diseño, no hay propósito, no hay mal, no hay bien, nada salvo indiferencia sin sentido... Somos máquinas que propagan ADN... ¿Esta es la única razón para la existencia de todo ser viviente?”


No tiene sentido el pensar que pueden haber valores morales objetivos y reales, sin la existencia de un Dios que los haya puesto ahí. La evolución biológica no resuelve el problema, el ateísmo no tiene respuestas válidas. Así que, de una manera sorprendente, la acusación contra Dios se torna en una prueba más de Su existencia. Ya hablamos de que Su existencia es, no solamente posible a la vista de la existencia del mal partiendo de Sus atributos de poder, bondad y sabiduría, sino que la existencia del mal es una prueba más de que existe un Dios con estas características. Hoy la gran pregunta de que cómo puede un Dios bueno existir cuando existe el mal, se torna hacia la necesidad de que un Dios moral exista, puesto que ha puesto en nosotros la idea de bien y mal, sin que nos quede otra explicación que la de que Él es la base de lo que llamamos moralidad. 

Así que la pregunta que queda es, ¿cómo es posible que Dios no exista, puesto que sabemos que hay cosas que son objetivamente malas?

martes, 8 de abril de 2014

Sola Gratia

Sola Gratia, solamente por la gracia. Eso es lo que dice el siguiente estandarte que levantaron los reformadores hace ya casi cinco siglos, y lo hicieron porque era absolutamente necesario hacerlo para declarar cómo era el Evangelio de Cristo, en qué consisten las Buenas Noticias que Dios nos había dejado en la Biblia.

En la primera entrega de las Cinco Solas, nos detuvimos en la Sola Scriptura, y estuvimos viendo cual debe ser la base sobre la que se edifique toda creencia y doctrina, de qué se trata el Fundamento Apostólico sobre el que debemos cimentar todo lo demás, y vimos que la Biblia no nos deja otra opción que tomar todo aquello que está en contra de lo que enseña en sus mismas páginas como falsedad, y aquí están incluidas muchas de las creencias, prácticas y enseñanzas supuestamente cristianas. En la segunda, estuvimos viendo el cómo se recibía la salvación según la Biblia, y esto es por la Sola Fide, solamente por la fe, sin tener que hacer nada más para recibirla, solamente extender la mano y recibirlo. Hoy vamos a ver el por qué, cuál es la razón que Dios nos regalase una salvación tan grande.

Sola Gratia establece que la salvación del hombre es un “favor inmerecido”, es decir, que ni tú ni yo tenemos nada en nosotros mismos que haga que Dios nos regale esta salvación. Ya vimos que no hay nada que podamos hacer para obtenerla, que no hay nada con que podamos pagar lo que Dios nos regala, solo se puede aceptar por fe. Pero tampoco hay nada en nosotros que merezca, ni de una manera muy remota, lo que Dios hizo por nosotros al entregarse a sí mismo, no hay una bondad escondida, un futuro de servicio ciego, las buenas obras que sean, nada que nos haga, ni en el presente ni en el futuro, merecedores de esta salvación (Isaías 64:6).

Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es un regalo de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe (Efesios 2:8,9).

Entonces, ¿por qué? ¿Qué hizo que un Dios que no nos necesitaba para nada se hiciera hombre para pagar la cuenta que le debían a Él mismo sus mayores enemigos?

Pero Dios demuestra Su mismo amor hacia nosotros en que, siendo nosotros aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Romanos 5:8).

La razón es el amor. No hay ni habrá nada en nosotros que nos haga merecedores, no hay necesidades por satisfacer en el Creador de todo, ningún sentimiento de soledad o carencia afectiva. La razón es el amor. Gracia pura, inmerecida, derramada sin medida, derrochada por aquellos que ni la merecíamos, ni la apreciamos, ni siquiera la queríamos. Amor incondicional, inmerecido y eterno, esa es la Sola Gratia.

Algunos piensan que hay una parte de la salvación que es por gracia, que Dios hizo que la humanidad pudiera llegar al punto en que puede ganarse su propia salvación mediante una serie de buenas obras, sacramentos, ritos o lo que sea, pero la Biblia afirma que esto no es posible, porque si es por gracia, ya no es por obras (ritos, sacramentos o lo que sea), de otra manera, la gracia ya no es gracia (Romanos 11:6). Es decir, si es un regalo, no tienes que pagarlo, porque si lo pagas, ya no es un regalo.

Así que no hay nada que podamos hacer, y esto es por la razón de que nadie se gloríe, nadie piense que se lo merece, que nadie se crea mejor que nadie, más justo, santo o superior a nadie, porque todo ha sido un regalo de Dios para todos.

La salvación por la gracia, por la Sola Gratia, es algo tan tremendo, tan espectacular, tan bello y tan amoroso que apenas podemos llegar a entender, que no podemos abarcar, que no podemos comprender; pero sí podemos aceptar. Podemos aceptar que, aunque no hay nada en nosotros que nos haga merecedores, Dios ha pagado, la cuenta está saldada, y si lo aceptamos, el regalo será nuestro para siempre.


Hace poco más de 200 años, un traficante de esclavos cruel llamado John Newton, descubrió esta gracia, viendo que no tenía absolutamente nada para merecerla, y al recibirla, cambió su vida para siempre. Cuando se dio cuenta de esta grandeza, de este regalo tan tremendo de parte de Dios, compuso un himno memorable que quedó para la posteridad llamado Amazing Grace (Sublime Gracia). Aquí os dejo una versión un poco más renovada de Chris Tomlin, para que disfrutéis conmigo de la grandeza del amor grandioso de Dios por vosotros, para que disfrutemos de la Sola Gratia.

AMAZING GRACE- CHRIS TOMLIN
 

martes, 7 de enero de 2014

Welcome Home

Muy buenas a todos. Hoy, aparte de desearos muy feliz año 2014 a todos, quiero compartir una preciosa canción que he descubierto por un amigo de Ecuador, que me ha pedido que le ayude para ver qué dice y, la verdad, me ha encantado. Ahí os dejo la canción con la traducción pidiendo, como siempre, que si veis algo que está mal traducido, me lo comuniquéis. 

Esperando que todos vosotros dejéis entrar al Creador en vuestras vidas y le dejéis limpiar, colocar y decorar como solo Él sabe, y dando muchas gracias a Israel Alejandro por el gran descubrimiento que me ha regalado, os dejo con esta canción. Disfrutadla, merece la pena.

WELCOME HOME- SHAUN GROVES


Welcome Home (English)

Take me, make me
All You want me to be,
That's all I'm asking, all I'm asking.

Welcome to this heart of mine
I've buried under prideful vines
Grown to hide the mess I've made 
Inside of me.
Come decorate, Lord
Open up the creaking door
And walk upon the dusty floor.
Scrape away the guilty stains
Until no sin or shame remain.
Spread Your love upon the walls
And occupy the empty halls
Until the man I am has faded
No more doors are barricaded.


Come inside this heart of mine,
It's not my own.
Make it home.
Come and take this heart and make it
All Your own,
Welcome home.


Take a seat, pull up a chair,
Forgive me for the disrepair.
And the souvenirs from floor to ceiling,
Gathered on my search for meaning.
Every closet's filled with clutter,
Messes yet to be discovered.
I'm overwhelmed, I understand
I can't make this place all that You can.


Come inside this heart of mine,
It's not my own.
Make it home.
Come and take this heart and make it
All Your own,
Welcome home.

I took the space that You placed in me,
Redecorated in shades of greed
And I made sure every door stayed locked,
Every window blocked and still You knocked


Take me, make me
All You want me to be
That's all I'm asking, all I'm asking
Welcome home (Español)


Tómame, hazme
Todo lo que quieres que sea.
Es todo lo que pido, todo lo que pido.
Bienvenido a este corazón mío
La vid del orgullo lo ha atado,
Crecida para esconder el desastre que he hecho
Dentro de mí.
Ven a decorar, Señor.
Abre la puerta que chirría
Y anda por el suelo polvoriento.
Raspa las manchas de culpa
Hasta que no quede rastro de pecado y de vergüenza.
Esparce Tu amor por los muros
Y ocupa las habitaciones vacías
Hasta que el hombre que soy se haya desvanecido.
Que no haya más puertas bloqueando el paso.

Ven a este, mi corazón,
No me pertenece.
Hazlo un hogar.
Ven, toma este corazón y hazlo
Todo tuyo.
Bienvenido a casa.

Toma asiento, acerca una silla,
Perdona por el mal estado.
Todos los recuerdos, del suelo al techo
Reunidos en mi búsqueda de sentido.
Cada armario está lleno de desorden,
Desastres aún por ser descubiertos.
Estoy abrumado, entiendo
Que no puedo hacer de este lugar todo lo que Tú puedes hacer.

Ven a este, mi corazón,
No me pertenece.
Hazlo un hogar.
Ven y toma este corazón y hazlo
Todo tuyo.
Bienvenido a casa.

Tomé el espacio que pusiste en mí,
Redecorándolo en tonos de codicia.
Y me aseguré que cada puerta estuviera cerrada,
Que cada ventana estuviera bloqueada, y aún así seguías llamando.

Ven a este, mi corazón,
No me pertenece.
Hazlo un hogar.
Ven y toma este corazón y hazlo
Todo tuyo.
Bienvenido a casa.

Tómame, hazme
Todo lo que quieras que sea.
Eso es todo lo que pido, todo lo que pido.


miércoles, 24 de abril de 2013

¿Por qué debería yo entrar al Cielo?


He tratado de ser una persona buena para con los demás, un hijo aceptable para mis padres, un hermano ejemplar con mis hermanos, un buen amigo con mis amigos. He intentado ser una mano extendida para ayudar a quienes me necesitaban, un oído que escuche los problemas sin juzgar a las personas, he buscado ser alguien de confianza, un hombro sobre el que llorar. Es cierto que he cometido mis fallos, pero he intentado que, al irme, quede un mundo mejor que el que encontré cuando llegué. Desde que soy pequeño voy a la iglesia. Puedo recitar versículos de la Biblia desde que medía la mitad de lo que mido ahora. Horas y horas de lecciones acerca de historietas de Abraham, Isaac y demás gente “santa”. “No robarás”, y he intentado no robar; “no matarás”, y no he matado a nadie; “no mentirás”, y lucho, al menos, contra mi impulso de mentir. He cantado más canciones acerca de Dios que la mayoría de las personas de mi edad ha cantado cualquier tipo de canciones. He sacrificado sueño los domingos por la mañana y horas de vida los sábados por la noche para ir a las reuniones. He buscado incesantemente a una mujer con la que compartir mi vida, y cuando la he encontrado, me he concentrado en conquistarla y en amarla con todas mis fuerzas, en que sepa cuanto la amo y en pulirme para ser el mejor Miguel Ángel posible para ella, en que sea feliz y que su vida tenga sentido a mi lado.

Por si eso no fuera suficiente, he vivido una vida “cristiana”, he dejado de lado muchos placeres para “servir a Dios”, he decidido darlo todo y confiárselo todo a Dios, mi vida, mi familia, mi futuro, mi alegría, mi esperanza. He estudiado durante años la Biblia y cómo seguir a Jesús para que él guíe mis pasos. He tratado de llevar unas relaciones sanas con todos los que me rodean. He intentado saber más y más de Dios. He apostado todo por el Evangelio.

No soy perfecto, está claro, tengo muchas “cositas”, pero no soy un Hitler, no soy un Osama Bin Laden, no he arruinado la vida a nadie, que yo sepa, no he matado, no he robado mucho, no he mentido sobre nada de vida o muerte. Cuando me comparo con otros mucho peores, me doy cuenta de que, al fin y al cabo, no he estado tan mal.

Y sin embargo, cuando me pongo a pensar en lo que pide Dios de mí en esta Biblia que he estudiado, cuando me paro a compararme con quien debería compararme, con Cristo, veo que he quedado tan descolgado del estándar que me declaro simplemente insolvente.

Cada día de mi vida, he buscado mi propio bien, mi propio beneficio, intentando sacar tajada de cada movimiento, tratando de ser el protagonista, el beneficiado, el jefe, el mandamás. En cada “buena acción” que, con la frente tan alta predico, solo hay un personaje importante, yo. Buscando dentro de mi propio ser, puedo encontrar que mis motivaciones para escuchar poco se separan de ser tenido como un buen chico y ganar puntos con esa persona a la que escucho, con Dios y con alguien más importante para mí mismo, yo. Pocas veces he escatimado una oportunidad de mentir para quedar bien, si sé que nadie me va a pillar, de hacer un favor a alguien sin esperar, realmente, nada a cambio, pocas han sido las veces que no me he enfadado cuando no he recibido el pago esperado, pocas las ocasiones en que he puesto a nadie ni nada por delante de mí.

Si me pongo a pensar fríamente, puedo ver que lo que hay dentro de mi corazón es maldad, y que siempre ha sido así. Que la única diferencia entre mí y otros que considero mucho peores que yo, es la falta de oportunidades para hacer el mal. Que todo lo que tengo, que todo lo que he hecho, que todo lo que he vivido, lo “bueno” que he sido, todos mis sacrificios, todas mis virtudes, todo de mí, puesto delante de Dios, es como basura, como estiércol, como nada, o como menos que nada. Que mi vida santa y piadosa, tantas veces, ha sido una mentira, una máscara roñosa y maloliente, que pretendía ocultar un corazón carcomido por el egoísmo y la miseria.

Que ¿por qué yo debería entrar al Cielo? No tengo ninguna razón, no tengo ningún mérito, no tengo ningún billete, no tengo nada que ofrecer. Mi destino, por justicia absoluta, está en el infierno, porque lo que yo merezco es la sentencia peor de todas, porque conociendo la verdad, demasiadas han sido las veces en que he decidido vivir revolcándome en la mentira. Lo siento, de verdad que lo siento, pero no puedo reclamar plaza en el Cielo, allí cualquiera merece más que yo, y cuando digo cualquiera, no me estoy dejando a nadie fuera. No, no puedo confiar en ningún mérito, no puedo agarrarme a ningún clavo ardiendo, no puedo recitar una lista de logros, no me ampara ninguna ley. Por mis propios méritos, estoy perdido.

Pero no quiero confiar en mis propios méritos, escojo no descansar en lo que pude hacer, ni en mis intenciones, ni en mi credulidad, ni en mi justicia, ni en mi santidad, ni en mis ganancias, ni en mi fondo de pensiones. Prefiero que se queme todo lo que he conseguido durante toda mi vida, que arda y que no se vuelva a saber de ello, para ir al Cielo no me vale de nada, no existe la manera de impresionar a Dios.

Hay alguien que vivió la vida que yo no viví, hay alguien que ganó todos los méritos, hay alguien que pagó todas las deudas, hay alguien que satisfizo la Justicia más alta, hay alguien que pagó el mayor sacrificio que pudo haber, la redención perfecta. Ese alguien es Jesús, el Mesías prometido, el Santo de Israel, el que es el Primero y el Último, el Rey de reyes, el Cordero inmolado, el Gran Vencedor, el Juez Supremo, el que es el Camino, la Verdad y la Vida, el Cristo, el Campeón, el Señor sobre cielo y Tierra, el Creador del Universo, el Grande, el Eterno. Y es en Su nombre, en Sus méritos, por Sus obras, por Su sacrificio, por Su misericordia inmerecida, que no voy a ir al infierno.

Sé lo que merezco en base a mis méritos, en base a mis ganancias, a mis pobres y ruinosos merecimientos, lo sé perfectamente. Pero es solamente gracias a Él y lo que hizo por mí que puedo decir con la claridad diáfana del agua cristalina, que no voy a pagar lo que merezco porque Él ya lo pagó, que he sido totalmente perdonado de mi maldad, de mi rebeldía, que he sido transformado desde dentro y liberado de mi ruina personal, que he sido comprado por el precio más alto, que mi vida y mi alma están escondidas en Su mano, que he sido adoptado por Dios y ahora soy Su hijo, y Él mi Padre. Sí, por Sus méritos y para Su gloria, sin importar lo que haya hecho o cómo haya sido, yo voy a estar con mi Dios para toda la eternidad, yo voy a ir al Cielo.

martes, 5 de febrero de 2013

Post-cristianismo


Represión, avaricia, hipocresía, restricciones, política, acaparación, destrucción de la libertad, guerras, egoísmos, matanzas, pobreza, desidia, afán de superioridad, injusticias, ansia de controlar a los demás, uniformidad, diferentes varas de medir, destrucción, mentiras, maldad, juicios falsos, guerras fratricidas, impuestos a los pobres para enriquecerse unos pocos, inquisiciones, muerte a los infieles, violaciones, aprovecharse del débil, amar el poder y a los poderosos, callar ante atrocidades, incluso aplaudirlas, asesinar a los disidentes, cerrar bocas a fuego, retrasar el avance de la ciencia, sembrar la discordia, hacer el mal, amar más el dinero y el poder que a las personas, prevaricar, pasado, felizmente pasado…

Puede ser que esto sea lo que te viene a la mente cuando escuchas la palabra “cristianismo”. Vivimos en una  sociedad que ya ha probado el cristianismo, y está claro que solamente ha traído miseria, desolación, injusticias, retraso. Pero eso ya ha pasado (gracias a Dios, dirá alguna mente mordaz), ha pasado y ahora hemos evolucionado, porque después del túnel debe venir la luz, porque después de la tormenta, felizmente, llega la calma.

Vivimos en un país, y en un continente, que se tiene por post-cristiano. Aquello ya lo probamos durante demasiado tiempo, y está claro que no funcionaba. Ahora somos más listos, la ciencia nos ampara, y todo el mundo sabe que la ciencia es el enemigo de la fe, luego ahora ya nada de eso funciona.

Es obvio que hay muchas, muchísimas, demasiadas cosas que se han hecho muy mal en el seno de la iglesia de Roma, acaparadora de ese mal llamado cristianismo durante siglos. Y no me corresponde a mí defenderlos, pero me parece bastante injusta esta postura con los Romanos, es cierto que han hecho muchas cosas malas, auténticas aberraciones, eso no lo quita nadie, y no creo que haya más justificación que la de la maldad humana; pero también es verdad que hay muchas cosas que se han hecho muy bien, es cierto que hasta hace muy poco tiempo las únicas ayudas que recibían los pobres y desamparados, eran gracias a la iglesia de Roma, al menos en nuestro país, es cierto que, de una manera o de otra, se ha mantenido una unidad, una estabilidad en nuestro continente que de otra manera no habría sido posible.

Pero no es mi intención llamar la atención sobre lo que fue el pasado de nuestro país, no quiero remover el estiércol y sacar a la luz el poco bien entre el mucho mal. No quiero llamar la atención sobre el pasado y sus sinsabores, sobre la miseria o la falta de ella que dejó lo que tú consideras como cristianismo, quiero llamar la atención sobre el cristianismo mismo.

El cristianismo no se trata de gente que se cree superior a otros intentando imponer su criterio, el cristianismo trata de gente que se sabe inferior intentando ayudar a los demás. El cristianismo no va de los buenos contra los malos, va de los malos redimidos y perdonados. El cristianismo no es una sociedad de gente que se tiene por buena, va de gente que se sabe necesitada, que se sabe salvada, que se sabe perdonada, que se sabe amada, y que solo quiere que los demás entiendan qué es eso tan grande que ellos han encontrado. El cristianismo va de Dios mismo buscando pecadores, muriendo en su lugar. Ese es su valor, el auténtico valor del cristianismo reside en una horrible cruz, en una tumba vacía. No reside en el oro, en la elocuencia o en el poder. El cristianismo va de Dios mismo viniendo a buscar lo que se había perdido.

Lo que estoy diciendo es que España, que Europa no es una sociedad post-cristiana. Lo que estoy diciendo es que nuestra sociedad nunca ha conocido el cristianismo, lo que ha conocido es una organización que en nombre del cristianismo ha hecho y ha deshecho el bien y el mal que ha estimado oportuno.

Seguramente pensarás que el cristianismo ya nada tiene que ofrecer al mundo de hoy en día, pero es precisamente hoy, en esta sociedad en la que vivimos, en donde el cristianismo auténtico tiene mucho más que decir que en cualquier otro momento histórico. Miro a mi alrededor y pienso hasta qué punto nuestro mundo sería mejor si todo el mundo supiera de su bajeza, si tuviésemos a los demás como superiores a uno mismo, si tratásemos de ser el reflejo del amor que Dios nos ha mandado, si buscásemos el bien de los otros por encima del nuestro propio, si viviésemos nuestras vidas como debemos, literalmente, como Dios manda. 

Si cuando escuchas la palabra “cristianismo” te viene a la mente lo que hay arriba, sencillamente debes pensar en si en realidad, alguna vez en tu vida has entendido el cristianismo.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Víctima o verdugo


“Yo no soy culpable de lo que hago. No yo. Yo en esencia soy bueno, lo que pasa es que he tenido unas circunstancias en mi vida muy difíciles. Fíjate, mi padre me pegaba, mi hermano mayor siempre me culpaba de todo lo que él hacía, de todo lo malo, claro. Mis compañeros de clase se reían de mí. Todo eso me marcó, me traumatizó. Fíjate si lo pasé mal que hasta me caí un par de veces y me rompí un brazo, de cada vez uno diferente, la primera el derecho y la segunda el izquierdo. 

No es justo que yo sea culpable de lo que hago, si no me hubieran pasado todas esas cosas horribles, yo ahora sería presidente del gobierno, o mejor. Yo no soy culpable de lo malo que hago, yo soy una víctima. Una víctima de la apatía de los demás, de su hostilidad abierta hacia mí, de sus actitudes críticas, soy una víctima de aquella piedra que me tiró un chico en las prácticas porque solamente mencioné a su madre en una desafortunada afirmación, afirmación que, por supuesto, solo dije porque la había oído en casa, el vecino de abajo solía gritar obscenidades a eso de medianoche cuando llegaba a casa tarde y se me pegaban. Pero aquello tampoco era culpa suya, se emborrachaba y decía aquello porque tuvo una infancia muy dura, incluso se dice que pilló un par de veces a su mujer con otro hombre en plena faena, pobre hombre, se puede entender que fuera así de borde y de borracho.

Así que yo crecí con todas influencias malignas, tan malignas que no tuve más remedio que unirme a ellas y convertirme en lo que soy ahora, así que si ahora gasto todo mi dinero en drogas y alcohol, si ahora soy así de desagradable con todos los que me ayudan o intentan hacer algo de mí, si robo, si insulto a la gente, si gano todo el dinero trapicheando con quien sé que no debo, si hago todo lo que hago, es porque viví lo que viví y porque ellos me hicieron así. No me juzguéis, soy una víctima.

Mi padre, que me pegaba a diario, lo hacía porque su padre le pegaba a él a diario también. Tampoco es responsable, solo una víctima también. Aunque a veces le odie, le odio por lo que él ha hecho de mí, aunque sepa que él es otra víctima por lo que a él le hizo su padre. Creo que mi abuelo también tuvo esta misma herencia de su padre, otra víctima más. Mi hermano aprendió a culparme de todo lo que hacía de un amigo suyo, nuestro vecino de arriba, dos años mayor que él. Creció bajo sus faldas y siempre culpaba a su hermano menor de todo lo malo que hacía también, además tenía mucha maña para hacer ver a todo el mundo que lo que hacía realmente era culpa del pobre chiquillo. Mi hermano también era una víctima, no le culpéis. Y seguramente los niños se rieran de mí por los estándares de la sociedad, en los que si no eres exactamente como los demás se te margina, es por eso que a mí me hacían aquello, ellos pensaban que todo el mundo debería jugar al badminton, yo no lo hacía, me parecía un deporte un poco ridículo, yo era más de cricket, así que me apunté al equipo local de cricket cuando era muy pequeño. Aquello no fue tan buena idea como pensaba. Pero los pobres chavales que se reían de mí, aunque a veces les odie, eran víctimas de la sociedad que les convencía a odiar a los diferentes.”

Seguramente os sonará este razonamiento. En el que la gente no es responsable de lo que hace porque sencillamente es una víctima de lo que les ha tocado vivir, o de sus influencias. Una sociedad de víctimas que no es responsable de lo que hace. Es curioso porque cuando yo hago algo, es por culpa de lo que otro hizo, pero ese mismo que lo hizo, también es víctima de lo que hizo otra persona. De esta manera nadie es responsable y podríamos seguir esta cadena en que cada uno es víctima del que le precede y empuja su responsabilidad hacia él. Si seguimos esta cadena, podremos llegar a que el culpable de todo es, dependiendo de la teoría que apoyes en cuanto al origen de la vida, Adán o un protozoo. Pero, desde luego, yo no lo soy, ni tú tampoco.

Pues bien, creo que esta razón, el pensar que todos somos víctimas (o al menos yo, desde luego), es una de las principales por las estamos como estamos. Me explico, una víctima no tiene que pedir perdón, una víctima no tiene que cambiar absolutamente nada, una víctima solamente tiene que recibir, no tiene que dar. Una víctima debe ser objeto de cariño, de comprensión, de afecto, de empatía… Una víctima solo debe sentarse y esperar a que otro venga y le apoye, le abrace, le solucione el problema, después de todo, él no es responsable, solo es una víctima. Mientras que el culpable, el verdugo, el responsable de algo debe reconocer su error, debe tratar de buscar una solución al problema, procurar poner medios para que no se repita la situación que causó, el culpable debe dar, debe restituir lo que destrozó, debe devolver lo robado, debe pagar lo gastado, debe enmendar el daño causado.

Vivimos en una sociedad de víctimas que simplemente empatizan unos con otros para sentirse mejor, culpando a otros como responsables de que ellos mismos hayan llegado a ser y a hacer eso. Echamos balones fuera para no tener que reconocer nuestros propios males, somos expertos en excusarnos y parecer como el pobrecito cordero que solo precisa de comprensión y cuidado.

Una víctima no tiene porque pedir perdón, solo tiene que recibir de los demás. El culpable debe cambiar algo, debe saberse y actuar como responsable de lo que hace y de lo que dice.

Nuestra sociedad necesita de más gente que reconozcan su culpabilidad, y necesita menos víctimas inocentes que nada tienen que ver con su propia pena. Por la sencilla razón de que la sociedad necesita un cambio, nosotros mismos necesitamos comenzar ese cambio en nosotros mismos, y el cambio debe empezar por sabernos responsables, por saber que sí, que somos responsables, que debemos cargar con las culpas y con las cargas de nuestros errores, que debemos reconocer lo que hemos hecho, que debemos tratar de hacerlo mejor.

Hoy tengo una petición para ti y para mí. Dejemos de ser víctimas y comencemos a reconocernos culpables. Dejemos de recibir y comencemos a dar. Dejemos de lamentarnos y comencemos a actuar. 

lunes, 29 de octubre de 2012

¿Dios vs Sufrimiento?


"- Los cristianos creen en cinco cosas –dije-. Primero, Dios existe. Segundo, Dios es todo bondad. Tercero, Dios es todo poder. Cuarto, Dios es todo sabio. Y quinto, la maldad existe. Ahora, ¿cómo cada una de esas frases son ciertas al mismo tiempo?

- Al parecer no es posible -concedió-. (…) Hay un problema lógico aquí: uno puede ser inteligente, o sincero, o fundamentalista, o dos de cualquiera de los tres, pero no los tres. (…) De modo que si todas estas creencias son ciertas, y los cristianos creen que lo son, parecería que la consecuencia es que ningún mal puede existir.

- Pero la maldad sí existe -dije-. Por lo tanto, ¿no es lógico dar por sentado que tal Dios no existe?

- No, yo diría que una de esas creencias referentes a él deben ser falsas o no lo entendemos como es debido."

Todo poder, todo sabiduría y todo bondad. Aparentemente la presencia de un Dios con estos tres atributos es incompatible con la existencia del mal y del sufrimiento. A continuación explicaré la manera en que, no solamente es perfectamente compatible el mal con este Dios, sino que es una muestra más de la existencia de este Dios.

Primer atributo: Dios es todo poder.

Que Dios es todopoderoso significa que puede hacer todo lo significativo, todo lo que es posible lógicamente en absoluto, él no puede hacer que deje de existir él mismo o que lo malo sea bueno. Esto no significa que deja de ser todopoderoso por no poder hacer ciertas cosas, esto significa precisamente que al ser todopoderoso hay cosas que no puede hacer. No puede cometer errores, solo los débiles los cometen. Uno de esos errores podría ser crear contradicciones lógicas como crear una montaña tan grande que ni él pudiera moverla.

Ahora, la contradicción aparente en este problema del que estamos tratando es que no es lógicamente posible tener libre albedrío sin la posibilidad de maldad moral. Esto quiere decir que Dios creó la potencialidad del mal, creo un mundo, un ser humano libre, y esto quiere decir que existía la posibilidad que, en medio de su libertad, incurriera en el mal, esto significa que el libre albedrío que nos dio, traspasaba la responsabilidad a estos seres libres, nosotros. El mal no tiene su origen en el poder de Dios, sino más bien en la libertad del hombre. Si no fuéramos plenamente libres, no existiría la posibilidad de ser malos, y es porque somos libres, que tenemos la capacidad de ser malos.

La solución a esto podría haber sido el crear una humanidad sin la libertad suficiente como para poder hacerlo mal, pero entonces sencillamente no existiría la humanidad. La realidad de la libertad incluye la potencialidad del mal, aunque también tiene la potencialidad del bien supremo, del amor. Sin mal y sin el sufrimiento que este trae, no existiría el amor, porque el amor es una elección, la atracción visceral que no podemos controlar no es amor, es eso, atracción. El amor es un compromiso, una decisión. Y para que exista esa capacidad de buscar el bien del otro, debe necesariamente existir la posibilidad de desear su mal. Dios lo hizo a la perfección, fuimos nosotros quienes lo arruinamos todo mal usando nuestra libertad.

La evidencia nos lleva a ver que Dios es todopoderoso. El aspecto a recordar es que la creación de un mundo donde existe el libre albedrío y no se tiene la posibilidad de pecar es una contradicción en sí misma, y eso abre las puertas a que las personas escojan el mal antes que a Dios, trayendo como resultado el sufrimiento. La abrumadora mayoría del sufrimiento en el mundo se debe a nuestras elecciones de matar, engañar, ser egoístas, romper nuestras promesas, ser imprudentes, irresponsables, etc.


Segundo atributo: Dios es todo sabio.

Si Dios es todo sabio, no solamente conoce el bien y el mal presente, sino el bien y el mal futuro también. Si su inmensa sabiduría excede a la nuestra, es al menos posible, que un Dios amoroso tolerase a propósito cosas horribles como el hambre en el mundo, porque prevería que a la larga más personas estarían mejor en el futuro y más contentas que si él interviniera de manera milagrosa. Al menos, esto es posible en una forma intelectual.

Esto puede sonar como una evasiva, un poco forzado, pero viendo un ejemplo, o más bien podría llamarlo “el ejemplo”, quedará mucho más claro. La peor cosa que ha ocurrido en toda la historia, ha sido para traer la mejor cosa que ha ocurrido en toda la historia. Me explico, Dios mismo se hizo hombre hace algo menos de 2000 años, vivió entre nosotros, enseñó muchas cosas a sus discípulos, incluso querían ya hacerle rey político sobre Israel. Y entonces le acusaron falsamente, le entregaron a los tribunales romanos y le mataron salvajemente. Matamos a Dios. Si Nietzsche pensó que esto lo habían logrado en el siglo XIX, deberían haber preguntado a Caifás y a Pilato. Le mataron, literalmente. Es la situación más dramática de toda la historia, de la prehistoria y de lo que está por venir, no puede haber nada peor que aquello. Pero aquello fue usado por Dios para traer la suprema bondad, la mejor noticia para los hombres, el acontecimiento más bueno de cuantos ha habido, ya no a nivel intelectual, religioso general o global, sino la mejor noticia a nivel individual que puede recibir cada uno. ¡Sí!, ¡Dios mismo pagó tu pena, y ahora tienes la opción de elegir la salvación gratuita que te ofrece! Pero esto, como casi todo en la vida, es una decisión personal que, en libre albedrío, cada uno debe tomar bajo su responsabilidad, tomando las consecuencias justas de su decisión.

Durante la crucifixión, los discípulos no veían cómo resultaría en algo bueno; de manera similar, a medida que enfrentamos luchas, pruebas y sufrimientos, a veces no somos capaces de imaginar que vendrá algo bueno. Sin embargo, vimos que sucedió en el caso de Jesús. No es fácil de responder fríamente a algo tan duro como el sufrimiento, como el mal y las situaciones que mucha gente pasa, es difícil entenderlo, yo mismo no lo entiendo en muchas ocasiones. Pero he visto como Dios lo ha usado para bien otras veces. Probablemente a nivel intelectual sea capaz de verlo, pero en la vida real, usando el corazón, debo confiar en Dios, en que Él es sabio para usar el mal actual para un bien mayor en un futuro.


Tercer atributo: Dios es todo bondad.

La palabra bueno es notoriamente engañosa, porque aún en los asuntos humanos tiene una amplia gama de significados. Sin embargo, una vez más la diferencia entre nosotros y los animales, y puesto que lo bueno varía de manera considerable entre nosotros y los animales, debe variar aun mucho más entre nosotros y Dios. Esto significa que si Dios permite a propósito ciertas cosas, que si nosotros las hacemos nos convertirían en monstruos, no necesariamente cuenta contra Dios. Explicaré un poco esto último, si yo le digo a mi hermano David, tres años mayor que yo: “Podría sacarte de un problema, pero no lo haré”, quizá sería poco serio, y a lo mejor malvado. No obstante, eso lo hacen los padres constantemente con sus hijos a cada momento. No les hacen sus tareas, no les ponen en una urna y les protegen de todo dolor.

Los dentistas, los entrenadores deportivos, los maestros, los padres, todos saben que a veces ser bueno no es ser amable. Incluso los antiguos griegos creían que los dioses enseñaban la sabiduría mediante el sufrimiento. El carácter moral se forma a través de las privaciones, de subsanar obstáculos, de soportar a pesar de las dificultades. Un ejemplo claro es la valentía, la valentía sería imposible en un mundo sin dolor.

Enfrentemos esto: aprendemos de los errores que cometemos y del sufrimiento que traen. El propósito de nuestra vida en este mundo no es la comodidad, sino la práctica y la preparación para la eternidad. Supongamos que no tuviéramos sufrimiento alguno, imaginémonos que tuviésemos medicamentos para cada dolor, entretenimientos gratis, amor libre, todo menos dolor. Sin Shakespeare, sin Beethoven, sin muerte, sin propósito. Mocosos imposibles y malcriados… en eso nos convertiríamos.

Hazte a la idea de que eres Dios y tratas de crear un mundo mejor en tu imaginación. Trata de crear una utopía. Sin embargo, tienes que pensar en las consecuencias de todo lo que trates de mejorar, cada vez que uses la fuerza para prevenir el mal, quitas libertad. Para prevenir todo el mal debes quitar toda la libertad y reducir a las personas a títeres, lo que quiere decir que ya no tendrían la habilidad de elegir el amor con entera libertad. Terminarías creando un mundo de precisión que le encantaría a un ingeniero. No obstante, una cosa es cierta: perderías la clase de mundo que desearía un Padre.




Parando a pensar en qué significan estos tres atributos de Dios a la luz de la existencia de la maldad y el sufrimiento en el mundo, podemos ver que pueden coexistir con esta realidad a la perfección. Es más, podemos ver que si no existiera el mal, Dios no sería omnipotente al incurrir en la contradicción de que sin la posibilidad de hacer mal no existiría la posibilidad de la libertad. En la existencia del mal podemos tener la esperanza de un Dios bueno que está usando y aprovechando lo malvado para crear algo mejor, y tendríamos que conformarnos con lo presente, sin esperanza en un futuro mejor. Si no existiera el mal, Dios sería ese ser frío e impasible que tiene a sus criaturas controladas como marionetas sin dejarles pensar por sí mismas, Dios sería un programador informático en lugar de lo que es, un buen Padre.

Al contrario de lo que podamos pensar, la evidencia de la existencia del mal en el mundo no solamente no es contradictoria con la existencia de este Dios todopoderoso, omnisciente y todo bondad, sino que es una de las tantas pruebas de su existencia, perfectamente compatible con su naturaleza, con su plan y con su amor por nosotros y nuestra libertad.

* Resumido de "El Caso de la Fe" de Lee Strobel (Cap. 1)

miércoles, 25 de abril de 2012

Si hubiera estado allí




 
 
Si hubiera estado allí, entre la multitud
que tu muerte pidió, que te crucificó.
Lo tengo que admitir, hubiera yo también
clavado en esa cruz tus manos mi Jesús, 
si hubiera estado allí.

Pensándolo más bien, también yo estaba allí.
Yo fui el que te escupió, y tu costado hirió.
Pensándolo más bien,
yo fui el que coronó de espinas y dolor
tu frente, buen señor.
También yo estaba allí.

Si hubiera estado allí, al pie de aquella cruz,
oyéndote clamar al Padre en soledad.
Lo tengo que admitir, 
te hubiera yo también
dejado así morir, 
mirándote sufrir.
Si hubiera estado allí.

Pensándolo más bien, también yo estaba allí.
Yo fui el que te escupió, y tu costado hirió.
Pensándolo más bien, 
yo fui el que coronó de espinas y dolor
tu frente buen señor.

Pensándolo más bien, también yo estaba allí.
Yo fui el que te golpeo, y de ti se burló.
Pensándolo más bien, yo fui el que te azotó.
Yo fui quien lanceró tu espalda, mi señor.

También yo estaba allí.

También yo estaba allí. 



Jesús Adrián Romero. Si hubiera estado allí.

lunes, 9 de abril de 2012

Aquella semana IV: Muerto

Fue recibido con golpes. Cuando los guardias, guiados por su amigo, fueron a prenderle al huerto, le propinaron la primera paliza. Le ataron para que no se moviera, lo empujaron, lo patearon, le dieron puñetazos, golpes con el mango de la espada.

El ingente ejército de ángeles, dispuesto, que contemplaba aquello, no lo entendía, no daba crédito. Tenían prohibido intervenir, absolutamente prohibido, y venían a los soldados, azuzados por sombras, resarcirse contra Jesús, contra el Mesías, contra Dios hecho hombre, contra el Hijo. Ese día descubrieron lo que es la impotencia, lo que son las lágrimas mojando las mejillas.

El sufrimiento físico no fue sino en aumento durante ese funesto viernes. Ya con la cara desfigurada, el cuerpo lleno de moratones, el labio y la nariz rotos, fue sentenciado a sufrir la fustigación. 39 azotes con látigo. Pero no era un látigo normal, no. Era un látigo especial de tortura. Estaba hecho de tiras de cuero con bolas de metal entretejidas, que dieran mayor fuerza al golpe y provocaran contusiones, y en la punta tenían pedazos de hueso que se clavaban en la piel y la cortaban y la arrancaban. Tal era la crudeza de esta tortura que era normal que se le viera la espina dorsal, o incluso los órganos internos. Esto le hizo perder tanta sangre que le hizo entrar en un shock hipovulémico generado por la pérdida masiva de sangre y el dolor, en el que el corazón se acelera y bombea más rápido para tratar de contrarrestar la falta de sangre. Esto genera un fallo renal, para evitar la pérdida de líquido por la orina, una sensación de sed atroz y muchas veces el colapso y el desmayo.

Y fue en estas condiciones en las que tuvo que cargar con su propia cruz en el largo camino hasta el Calvario. Ahora, los golpes de la madrugada, el labio roto, no dolían en absoluto. Arriba, le esperaba la mayor tortura romana, la cruz. La muerte reservada a los peores criminales. Atravesarían sus muñecas y sus pies con clavos, triturando sus tendones y nervios. Apenas podía sostener su peso en la cruz, colgado. 

Pero al igual que los sufrimientos de la madrugada, los moratones, la nariz rota, no dolían al lado de los brutales latigazos, el dolor físico que sufrió no fue nada en comparación al dolor psicológico por el que pasó.

Ya en Getsemaní, sufrió hematidrosis, es decir, que el alto grado de sufrimiento psicológico hizo que se rompieran sus glándulas sudoríparas y literalmente sudó sangre.

Su propio amigo le entregó a esta muerte tan espantosa. Su madre tuvo que sufrir el ver a su hijo pasar por este trance, y él ser consciente; sus amigos más cercanos le abandonaron como a un perro en cuanto fue prendido. Las mismas multitudes que le aclamaban días antes, y le pedían que les salvara, ahora exigían su crucifixión, sin ser conscientes de la asombrosa consecuencia de esas dos reacciones. Fue acusado injustamente, con testigos falsos, con mentiras. Fue odiado sin motivo, fue sentenciado a la peor muerte posible por el fanatismo y la clara ceguera de sus conciudadanos.

Perdónalos, Padre. No saben lo que hacen.

Pero estos dos sufrimientos, el físico y el psicológico, no son absolutamente nada comparado con el gran sufrimiento que tuvo que experimentar Jesús, el sufrimiento espiritual, ese que no se puede recoger en pinturas ni en imágenes. El resto del sufrimiento, por sobrecogedor que nos parezca, no fue sino una pequeña picadura de un mosquito, comparada con la auténtica agonía de Cristo.

Desde siempre, el Hijo fue Dios, y como tal, fue Santo, Perfecto, Puro, Poderoso, Omnipotente. El nacimiento en Belén supuso un enorme sacrificio para Jesús. Se enfundó en un cuerpo mortal, pequeño, desvalido, de un niño. Dios se había acercado al hombre. Pero aún conservaba su santidad, su pureza, su poder y la relación con su Padre, con el que trataba siempre que podía.

Jesús se hizo culpable del pecado de toda la humanidad. Se hizo culpable de mi pecado, para que yo no tuviera que hacerlo. El Santo se hizo inmundicia, el Puro se hizo excremento. Absolutamente toda mala idea, todo asesinato, toda codicia, toda guerra, toda violación, todo el mal del mundo fue echado encima de Jesús, y él fue sentenciado y condenado como culpable. El Padre no puede tener comunión con lo impuro, así que su propio Padre celestial le dio la espalda en este momento tan crítico.

Pagó el precio más alto que se puede pagar, entregó su vida con todas las consecuencias. Sufrió la separación de Aquel con quien había estado unido para siempre para hacerlo.

En tus manos encomiendo mi espíritu.

Y fue entonces, con los ejércitos celestiales bajando la cabeza, absolutamente absortos, y las huestes demoníacas gritando victoria por la muerte del Gran Dios, cuando se hizo la oscuridad. Las tinieblas lo inundaron todo. Un gran terremoto removió los cimientos de la tierra. Jesús había muerto, y hasta el sol y la tierra se habían enterado.

El velo del Templo se rasgó en dos, mientras el centurión romano, al pie de la cruz, decía: verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. La separación entre Dios y los hombres se había resquebrajado. Al fin se abría de nuevo el acceso al Padre, el acceso a la vida.

Pocos se dieron cuenta entonces. Jesús fue sepultado. Sus discípulos se dispersaron, se escondieron. Estaban asustados, aturdidos. Su maestro, el que durante tanto tiempo pensaron que les iba a liberar,  había sido asesinado de la manera más brutal.

Y llegó la noche. El cadáver, aún caliente, reposaba en su tumba. La guerra parecía perdida. La esperanza se había esfumado.

Jesús estaba muerto.

miércoles, 4 de abril de 2012

El peluquero


Un día, estaba un chico en el peluquero. Era un día lluvioso y gris, de esos que no te apetece salir de casa. El chico estaba sentado, aún faltaban dos clientes antes que le tocara el turno y entre esos hombres y el peluquero la conversación estaba llevando unos derroteros que no le gustaban nada al chico.

Entre los dos que le precedían, el peluquero y el hombre al que estaba cortando el pelo estaban hablando acerca de lo mal que iba el mundo, de los políticos corruptos, de las guerras en las que combaten niños, los pequeños que mueren por la avaricia de unos pocos, de lo mal que está todo por todas partes. A lo que salió el tema de ¿cómo puede ser que Dios permita todo esto?, que inmediatamente llevó al Dios no existe, porque si Dios existiera, no permitiría que esto sucediera.

Y ahí siguieron los contertulios mientras iban saliendo unos clientes y entrando otros. Se acordaron de la Iglesia, de los atentados del 11M y del 11S, de Franco, del los locos que entran armados en institutos de Estados Unidos y masacran a quien pillan, incluso mentaron al asesino de la escuela judía en Toulouse.

El chico permaneció callado durante todo este tiempo. No sabía qué decir. Él era cristiano, por eso precisamente no dijo nada. No se atrevía, no encontraba la manera de defender lo que creía ante esos señores. No tenía ni idea de qué le dirían si se enterasen que él creía en ese mismo dios que ellos estaban vapuleando.

Así que no dijo nada. No participó, solamente asintió levemente con la cabeza cuando decían lo mal que estaba esta barbaridad y la otra atrocidad, sin más. Se sentía mal, como si estuviera traicionando a alguien. ¿Por qué no sabía qué decir?, ¿es que tenían razón?. ¿Qué pensarían esos hombre si les dice que no tienen razón?, ¿qué le dirán?

Así que con las mismas, cuando terminó de cortarle el pelo el barbero, se levantó, con toda la educación del mundo le dio las gracias, le pagó, se despidió, abrió la puerta y se fue.

La calle estaba mojada. Parecía que había dejado de llover por un momento, al menos le respetaría la lluvia mientras iba a casa. Entonces miró a la izquierda, y allí vio a un joven. Tenía el pelo largo, suelto, un poco enmarañado por el viento, una larga barba rizada. La chaqueta de cuero que llevaba le hacía parecer aún más duro. Solo le faltaba la Harley aparcada al lado.

Anduvo un par de pasos. Y se paró. Se dio la vuelta. Volvió a mirar al joven de los pelos y las barbas. El chico le devolvió la mirada extrañado.

Se volvió a abrir la puerta, el peluquero y sus clientes se volvieron para ver quien era. Les extrañó ver al chico callado que había estado ahí hacía un momento. Pero no venía solo, venía con el otro joven, el de la chaqueta de cuero y las barbas.

- No existen los peluqueros. - Fue lo que dijo el chico ante la atónita mirada de los presentes. - No existen.

- ¿Qué estás diciendo, chico? - El peluquero estaba totalmente desconcertado. - Claro que existen los peluqueros, aquí estoy yo.

- No existen, eso está claro. Cuando he salido de su establecimiento, he visto a este hombre, y lo he tenido clarísimo.

- ¿Perdona?

- Si existieran los peluqueros, no habría un hombre como este. ¿Por qué tiene los pelos así de largos?, ¿por qué tiene esas barbas? Viendo a este hombre lo tengo muy claro. No existen los peluqueros.

- Claro que existimos los peluqueros. Solamente porque veas a este hombre con esos pelos no significa que no existamos. Lo que ocurre es que él no viene aquí, que no acude a los peluqueros. Vaya una tontería que digas que no existan los peluqueros solo porque no acuda...

Entonces el peluquero se cayó y bajó la cabeza. Se había dado cuenta de lo que pretendía decir el chico.


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