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viernes, 4 de noviembre de 2011

El Trabajo

Unas semanas antes del final de la pasada temporada, Carlos Alberto Montaner se preguntaba por las razones que explican el arraigo de determinados sistemas políticos y económicos en determinadas naciones (Estados Unidos, por ejemplo) y su fracaso en otras (Iberoamérica). Con muy buen criterio, Montaner rechazaba la explicación racista; no terminaba de ver que Weber tuviera razón en su tesis sobre el protestantismo y el espíritu del capitalismo y, finalmente, formulaba una serie de aspectos esenciales para el progreso de una sociedad. Este artículo es el primero de una serie en la que pretendo abordar el tema planteado por Carlos Alberto Montaner y darle una respuesta basada en criterios históricos.

La diferencia de España con otras naciones constituye uno de los temas más manidos de la Historia y la ensayística. Por razones generalmente interesadas, se ha insistido en que España es diferente –para lo bueno como "reserva espiritual de Occidente", para lo malo como nación especialmente atrasada– o, por el contrario, en que la diferencia no existe para subrayar que no somos peores que ingleses o franceses o para indicar que, en el fondo, todos somos iguales. Que España es diferente constituye una perogrullada. Lo es como lo son Italia, Francia o Alemania. Que esa diferencia es, en ocasiones, para bien y, en otras, para mal, no creo tampoco que pueda discutirse. Es obvio que su trayectoria es mejor que la de, pongamos, Uganda, pero no ha sido especialmente feliz durante siglos y en estos momentos no vive sus mejores momentos. Negar la diferencia atribuyéndola a una supuesta "hispanofobia" no pasa de ser una majadería colosal fruto de una ceguera propia de la ignorancia y el prejuicio. A lo largo de este artículo y de los siguientes intentaré mostrar que España es diferente fundamentalmente por su mentalidad; que no es única en esa mentalidad ya que comparte muchos aspectos de la misma con otras naciones que han tenido desarrollos históricos con interesantes –y previsibles– paralelos y que, en tercer lugar, esa mentalidad deriva de un hecho tan esencial como la opción religiosa que cristaliza en España de manera innegable en un período que va de la Expulsión de los judíos en 1492 a los primeros autos de fe con quemas de protestantes ya en el siglo siguiente. En ese período, los gobernantes españoles optaron por una posición clara y definida y eso influiría enormemente no sólo en el terreno religioso – como cabría esperar – sino en la conformación de una mentalidad concreta que ha llegado hasta el día de hoy y que ha ido modelando incluso el pensamiento de la izquierda.

En relación con la Reforma protestante del siglo XVI, no voy a entrar en cuestiones históricas que ya he tratado, por ejemplo, en El Caso Lutero, una obra que ganó el Premio de ensayo Finis Terrae. Tampoco me voy a adentrar en la descripción de posiciones doctrinales que –en mi opinión– son ajenas a este tema. Pero sí intentaré mostrar cómo el hecho de que España –como Italia, como Portugal, como Irlanda, como Grecia...– quedara fuera del cambio de mentalidad que significó la Reforma protestante tuvo enormes consecuencias que trascendieron del fenómeno religioso y modelaron la sociedad, la economía y la política.

«Esa diferenciación entre trabajos más o menos santos se fue fortaleciendo a lo largo de la Edad Media con aportes como pudo ser la visión de una sociedad esclavista como la romana o la caballeresca y militar de los pueblos germánicos.»
En términos meramente históricos y religiosos, la Reforma del siglo XVI significó un deseo decidido, ferviente y entusiasta de regresar a la cosmovisión de la Biblia, una cosmovisión diferente de la que presentaba el catolicismo romano que, al menos desde el siglo IV, había ido sumando otros elementos procedentes del derecho romano, la filosofía griega y las culturas germánicas. La Reforma –como el Renacimiento– intentó pasar por alto la Edad Media y regresar a lo que consideraba una pureza primigenia corrompida desde hacía siglos. Como en el caso del Renacimiento, lo que logró no fue un regreso imposible a la Edad Antigua sino algo distinto, pero con un enorme poder de atracción y de sugestión. De entrada, su visión del trabajo, a la que me referiré en esta entrega, no pudo verse más alterada.

Ya Eusebio, en el siglo IV, escribía: "Dos formas de vida fueron dadas por la ley de Cristo a su iglesia. Una es sobrenatural y sobrepasa la forma de vida común... Completa y permanentemente se separa de la vida común y ordinaria de la humanidad, y se dedica al servicio de Dios solo... Esa es la forma perfecta de vida cristiana. Y la otra, más humilde, más humana, permite a los hombres... dedicarse a la agricultura, al comercio, y a otros intereses más seculares al igual que a la religión... Y una especie de piedad de segunda clase se les atribuye". Esa diferenciación entre trabajos más o menos santos se fue fortaleciendo a lo largo de la Edad Media con aportes como pudo ser la visión de una sociedad esclavista como la romana o la caballeresca y militar de los pueblos germánicos. Desde luego, a inicios del siglo XVI, nadie habría discutido que había trabajos más dignos y menos dignos; que ciertas ocupaciones no eran propias de los señores o simplemente de gente que se preciara e incluso que el trabajo era, a fin de cuentas, un castigo impuesto por Dios a nuestros primeros padres por su caída en el huerto del Edén. La Reforma presentó una visión radicalmente distinta del trabajo.

De entrada, el regreso a la Biblia permitió descubrir –¡más de un milenio para darse cuenta!– que Adán ya había recibido de Dios la misión de trabajar antes de la Caída y que esa labor consistía en algo tan teóricamente servil como labrar la tierra y guardarla (Génesis 2: 15). Aquel sencillo descubrimiento cambiaría la Historia de Occidente –y con ella la de la Humanidad– de manera radical. Lutero, por ejemplo, pudo escribir: "Cuando un ama de casa cocina y limpia y realiza otras tareas domésticas, porque ése es el mandato de Dios, incluso tan pequeño trabajo debe ser alabado como un servicio a Dios que sobrepasa en mucho la santidad y el ascetismo de todos los monjes y monjas". En su Comentario a Génesis 13: 13, el alemán señalaría en relación con las tareas de la casa que "no tienen apariencia de santidad, y, sin embargo, esas obras relacionadas con las tareas domésticas son más deseables que todas las obras de todos los monjes y monjas... De manera similar, los trabajos seculares son una adoración de Dios y una obediencia que complace a Dios". Igualmente en su Exposición del Salmo 128: 2 añadiría: "Vuestro trabajo es un asunto muy sagrado. Dios se deleita en él y a través de él desea conceder Su bendición sobre vosotros". Calvino –al que se suele asociar un tanto exageradamente con la denominada ética protestante del trabajo– fue también muy claro al respecto. En su Comentario a Lucas 10: 38 afirmó: "Es un error el afirmar que aquellos que huyen de los asuntos del mundo y se dedican a la contemplación están llevando una vida angélica... Sabemos que los hombres fueron creados para ocuparse con el trabajo y que ningún sacrificio agrada más a Dios que el que cada uno se ocupe de su vocación y estudios para vivir bien a favor del bien común". Los reformadores menos conocidos no fueron menos explícitos que Lutero y Calvino en su rehabilitación de trabajos considerados como punto menos que infames en la Europa de la Contrarreforma. William Tyndale –que tradujo el Nuevo Testamento del griego original al inglés y murió en la hoguera por orden del rey Enrique VIII– escribió: "existe una diferencia entre lavar platos y predicar la Palabra de Dios, pero en lo que se refiere a complacer a Dios, no existe ninguna en absoluto". William Perkins, uno de los teólogos puritanos más relevantes, señalaría: "La acción de un pastor que guarda las ovejas... es tan buena obra ante Dios como la acción de un juez que dicta sentencia, o un magistrado que gobierna o un ministro que predica". Tal y como afirmaría también Perkins, la gente puede servir a Dios "en cualquier clase de vocación, aunque sea barrer la casa o guardar ganado". Otro puritano, Richard Steele, en un texto llamado de manera bien significativa The Trademan´s Calling (La vocación del comerciante), afirmó que en el comercio "se puede esperar de la manera más confiada la presencia y la bendición de Dios", pero sobre el comercio en concreto regresaremos en otra entrega futura de esta serie.

«Como señalaría un panfleto publicado a finales del siglo XVII en Inglaterra, el protestantismo había impulsado un "deleite en los empleos seculares".»
Para los autores protestantes, la base para llegar a esa conclusión no estaba sólo en los textos de la Biblia en general, sino, de manera muy especial, en el propio Jesús. Hugh Latimer, por ejemplo, señaló: "Es una cosa maravillosa que el Salvador del mundo, y el Rey sobre todos los otros reyes, no se avergonzara de trabajar, sí, y de emplearse en una ocupación tan sencilla. De esa manera, santificó todas las formas de trabajo". John Dod y Robert Cleaver volverían a ese tema afirmando que "el gran y reverendo Dios no despreció el comercio honrado... por humilde que fuera, sino que lo coronó con su bendición".

Desde luego, la línea estaba claramente definida y era uniforme en cualquiera de las iglesias nacidas de la Reforma. Como señalaría un panfleto publicado a finales del siglo XVII en Inglaterra con el revelador título de Paul the Tentmaker (Pablo, el fabricante de tiendas), el protestantismo había impulsado un "deleite en los empleos seculares".


Semejante visión brillaría por su ausencia en aquellas partes del mundo donde no triunfó la Reforma. En España, por ejemplo, en 1492 se había expulsado a unos judíos que tenían una visión del trabajo idéntica a la de los protestantes e, iniciado el siglo XVI, éstos tendrían que optar entre la hoguera o el exilio. Porque, desde luego, la visión del trabajo de los motejados como herejes era clara desde el principio y nada se parecía a la católica. Así, mientras se ventilaba la supervivencia de España como primera potencia de Europa, la nación siguió uncida a la idea de lo intolerable e infames que podían ser ciertos trabajos. Sus adversarios protestantes –que debieron dar gracias al Altísimo por ello– tenían un punto de vista muy diferente y, a pesar de tratarse, en general, de naciones más pobres y pequeñas, el resultado no pudo serles más favorable. Mientras Velázquez pintaba figuras regias y religiosas y se tomaba un respiro con bufones y tontos, el protestante Rembrandt retrataba escenas bíblicas y también pañeros (sí, pañeros) o a los médicos en medio de una lección de anatomía. Eran dos cosmovisiones bien distintas y no deja de ser revelador que la vencedora fuera la nación pequeña de Rembrandt con menos hidalgos quizá, pero más entusiasmo por el comercio y el trabajo manual. Sin embargo, ni siquiera las derrotas españolas provocaron un cambio de mentalidad con respecto al trabajo. En fecha tan tardía –los protestantes llevaban ya más de dos siglos y medio de ventaja en la idea de impulsar la bondad de cualquier trabajo– como el 18 de marzo de 1783, Carlos III mediante una Real Cédula intentó acabar con la "deshonra legal del trabajo". En otras palabras, como habían pretendido Lutero, Calvino o los puritanos, Carlos III señalaba que ningún trabajo honrado era deshonroso. El intento del monarca ilustrado era excelente, pero chocaba con una mentalidad arraigada a lo largo de siglos. No es que los españoles fueran vagos como se suele repetir injustamente –y, al respecto, basta con ver el resultado que dan fuera de España– pero no creían que el trabajo tuviera el mismo valor que le dan aquellos que nacieron y crecieron en naciones donde triunfó la Reforma protestante.

Esa mentalidad sigue más que presente a día de hoy. Hasta qué punto es así puede quedar ilustrada por dos anécdotas que, a mi juicio, resultan notablemente significativas. La primera es uno de los énfasis fundacionales del Opus Dei que subraya, con matices, la posibilidad de santificación en cualquier ocupación. Semejante circunstancia se ha señalado en repetidas ocasiones como una señal de que san José María Escrivá de Balaguer fue un avanzado a su tiempo. Quizá lo fuera en el mundo católico, pero lo cierto es que la novedad llevaban viviéndola en el mundo protestante desde hacía ya casi medio milenio. En otras palabras, quizá el bosquimano que, por primera vez, utilizó un encendedor pueda ser considerado por sus congéneres como un avanzado, pero, en relación con Occidente, es dudoso que se le pueda calificar de esa manera. La segunda anécdota quizá resulte incluso más reveladora. En los años sesenta del siglo pasado, Alfonso Paso era, con todos los merecimientos, el dramaturgo español de más éxito. Llegó a ver representadas a la vez hasta ocho obras en diferentes teatros de Madrid. Tanta era su fama que, de manera excepcional, se le abrió la posibilidad de estrenar en Broadway. Paso escogió para tan notable éxito una comedia titulada El canto de la cigarra. La obra era muy buena y había disfrutado de una gran acogida en España, pero en Estados Unidos fracasó estrepitosamente tan sólo por que los norteamericanos no la comprendían. ¿Razón? La comedia glorificaba la figura de un vago simpático y los norteamericanos no llegaban a captar quién podía ver como algo divertido la holganza. A día de hoy, ellos –como los británicos, los suecos o los holandeses– tampoco consiguen entender, por ejemplo, por qué en España se paga un plus de puntualidad por llegar al trabajo a la hora. Los pobres no aciertan, por lo visto, a darse cuenta de que, a diferencia de ellos, España nunca asimiló lo que Weber denominó la "ética protestante del trabajo". En eso, España fue y sigue siendo diferente.

César Vidal
© Libertad Digital 2011

miércoles, 27 de julio de 2011

Todo lo que puedas

Hay una frase que solía decir mi abuelo, y siempre que puede se empeña en recordarme mi madre. “Haz siempre todo lo que puedas, porque al que hace todo lo que puede, no se le puede pedir más.”

Solemos decir muchas veces que luchemos por nuestros sueños, y que los lograremos. Que si ponemos todo nuestro empeño en lograr trabajar de esta o de otra manera, que si nos proponemos con todas nuestras fuerzas lograr triunfar en el mundo de la música, que si somos lo suficientemente fuertes para darlo todo en algún sentido, lo conseguiremos. La televisión se empeña en intentar convencernos, nuestra familia, nuestros amigos. Lograremos todo lo que nos propongamos, solo es cuestión de esfuerzo y de ilusión.

Pues bien, hay ocasiones en que la cruda realidad es mucho más potente que tus esfuerzos, en que la oscuridad absoluta de los hechos a los que tienes que enfrentarte pisan tus ilusiones, escupen tus sueños.

No me gustaría trasmitir la idea de que no debemos luchar por nuestros sueños, todo lo contrario. Debemos hacer todo lo que esté en nuestra mano, pero a la vez, mientras avanzamos con ilusión, debemos saber que el fracaso es una idea posible, que la derrota es mucho más que probable.

Desde siempre he escuchado esa frase que decía mi abuelo y mi madre, y ahora le veo otro sentido más. Tus sueños puede ser que no se cumplan, tus ilusiones es posible que sean pisadas. Pero no hagas que eso sea por tu culpa. “Haz siempre todo lo que puedas” aunque no lo logres, aunque la meta quede lejos, aunque te sientas inútil, aunque te canses de luchar, “porque al que hace todo lo que puede, no se le puede pedir más.”

Eso es lo que quiero, ahí quiero llegar. A que no se me pueda pedir más.

lunes, 20 de junio de 2011

Muy buenas a tod@s

Hoy no me apetece mucho pensar, la verdad. El caso es que estoy metido ahora mismo en un montón de proyectos y cosas que quiero y debo hacer. Por lo menos me ha llegado la gratísima noticia que estaré trabajando los meses de julio y agosto en el campamento urbano, aunque aún tenemos que trabajar mucho más en otros planes que tenemos.

Estadísticas de visitas por países
Como podréis comprobar, hemos sobrepasado ya con creces las 12500 visitas, con una media que ya roza las 4000 visitas mensuales, así que me gustaría daros las gracias a tod@s l@s que hacéis esto posible. El pasado sábado fue el “día E”, la fiesta del idioma español en el mundo. Teníamos mucho que celebrar, la verdad. Ya somos el segundo idioma más hablado y más estudiado en el globo. Aprovechando esto, quiero dar las gracias a todos los que visitan mi humilde pajarería desde todo el mundo, sobre todo de Estados Unidos y Latinoamérica, aquí os dejo también las estadísticas para que veáis de donde se acercan a descubrir qué dice cada día el pajarero. El caso es que ya hemos llegado al punto en que nos visitan más amigos de fuera de España que de dentro, a lo cual yo solamente puedo sentirme agradecido y daros una mucho más que cálida bienvenida.

Hace poco me he puesto en contacto con una empresa de publicidad. Espero que no os moleste. El caso es que hace un tiempo recordaréis que eliminé los banners porque yo mismo veía que muchas veces aparecía publicidad que yo no consideraba para nada apropiada a la pajarería ni a ningún valor o pensamiento que yo quiero trasmitir, así que consideré inteligente eliminarlo, tampoco daba para tanto. Ahora, con esta nueva empresa, yo mismo puedo seleccionar la publicidad que tengo colgada, así que me parece una idea bastante buena. Os ruego que participéis pinchando en los enlaces, registrándoos en los sitios que sean gratuitos o lo que sea menester, a vosotros no os cuesta nada y ahora mismo me encuentro en uno de esos momentos en que no me vendría nada mal una ayudita. Este nuevo anuncio que he colocado a la izquierda, por ejemplo, con solamente registraros, entraréis en el sorteo de 100€ al día (creedme que estas cosas tocan, a mi hace unos años me tocaron 200€ en este tipo de anuncios) y de paso con cada registro me dan 1€, que la verdad es que no me viene nada mal.

Pues eso, pasad todos una muy feliz semana, semana en que recibimos al verano, mañana habrá más y mejor.

miércoles, 23 de febrero de 2011

La perla rota

Hagamos un ejercicio de imaginación. Cuarenta años han pasado en nuestra ciudad. La nieve ha seguido cayendo en invierno, las estaciones han continuado su curso, el mundo ha seguido cambiando, nosotros mismos hemos ido envejeciendo.

Hemos envejecido, y hoy dedicamos la soleada tarde de domingo a pasear por las ruinas de la ciudad de Béjar, por las calles que nos vieron crecer, que nos enseñaron a madurar, que nos hicieron caer y nos alentaron a levantar, por aquellas que nos acogieron cálidamente en la desnuda ignorancia del nacimiento y nos enseñaron a vivir, aquellas que, seguramente, disten mucho de ser las mejores, pero son las nuestras.



Y paseando, recordamos el pasado de Béjar viendo sus calles maltrechas, los restos apenas reconocibles de la antaño orgullosa ciudad textil, del ducado de un grande de España, de la perla roja de Castilla, de la cuna de grandes pensadores, de deportistas, de sabios, de ilustres artistas, de músicos, de humoristas, de ministros. Con sus telas abastecía a España de lanas, en sus calles se libraron revoluciones gloriosas, de ella se supo por su proverbial riqueza, albergó a una de las mayores juderías de Castilla, miró frente a frente a las ahora mayores ciudades de nuestro país, y les sostuvo la mirada.

Pero estas ruinas, que hablan de poder y gloria, nos hacen llorar de desesperación. Apenas son piedras derruidas, el paisaje imponente que recordábamos de niños fue suplantado por enormes edificios insulsos y desnudos, sin más honra que la horrenda ambición humana. Sus palacios, fábricas, murallas, calles fueron abandonados a las ratas y a la podredumbre. Vimos con nuestros propios ojos y sin mover un solo dedo cómo caían, roca a roca, inexorablemente, y ni nos molestamos en apartar las piedras de la calle.

Béjar tuvo orgullo, tuvo belleza exuberante, tuvo historia, tuvo gloria. Ya nada queda de aquello salvo el recuerdo.

Sus jóvenes tuvieron que irse buscando pan dejando atrás su corazón. La que fuera hogar de miles de familias trabajadoras se transformó en un geriátrico cuyos ocupantes fueron cayendo como las hojas secas en otoño. Los ruidos de los niños jugando en los parques fueron sustituidos por el silencio más sepulcral. El turismo que pudo atraer la rica historia bejarana murió. Solo quedó una Cáparra sin valor envuelta en mastodónticos y horribles edificios vacíos. La ciudad se transformó en pueblo, y el pueblo en ruina. La vida se extinguió y no se supo más de ella.

Al ver la maleza cubriendo la ruina de las murallas, imaginamos que aquello es parecido a como estaba en tiempos en que Béjar fue tomada por los bereberes. Al ver al ganado pastando en plena Corredera, pensamos que así sería cuando aún poblaban nuestra tierra los Vettones, cuatro siglos antes de nuestra era. Parece como si la historia volviera a comenzar, parece que por nuestra estupidez y nuestra vaciedad hemos dejado escapar más de dos milenios de historia, sin sacar nada más que dolor y la consciencia de nuestra derrota y nuestra sepultura. Como pudimos ver en nuestros libros de historia cuando éramos niños, nuestros ojos son testigos de cómo el ciclo que atrapó a otras grandes joyas de la antigüedad nos engulle. Como ocurrió con los templos egipcios, con las colonias griegas, con el férreo control romano, y con tantos y tantos otros, después de nuestra gloria vino nuestra desgracia, y después, el olvido. Y todo por nuestra ineptitud.

Y lloramos por haber perdido nuestra tierra. Heredamos un paraíso y dejamos en herencia una yerma tierra, sin más consuelo que la memoria. Fuimos cómplices de cómo vendieron nuestras raíces a forasteros con vanas promesas, contribuimos a hacer de Béjar un campo de batalla entre colores que solo buscaban destruir los de nuestros montes, y cambiarlos por el vacuo gris, que únicamente ansiaban expoliarla. Y ahora nos lamentamos amargamente. Nos preocupamos más por buscar enemigos entre nosotros, culparnos unos a otros sin pararnos a razonar ni a pensar que por el bien y el progreso de la ciudad. Nos interesaba más ver a nuestros hermanos como enemigos y procurar acabar con ellos con mentiras y falsedades para acallar nuestra frustración por estar perdiéndolo todo que reconocer que no podemos hacerlo sin ellos y apoyarnos. Dimos prioridad a las ideas que nos vendieron extraños antes que a nuestro corazón. Y acabamos pagándolo.

Porque lo cierto es que sí tuvimos oportunidad de cesar esta atrocidad, en nuestras manos estuvo el atar las zarpas de los que querían robarnos, el conservar la vida y la belleza de nuestro entorno, el salvar el recuerdo de nuestros padres, el conseguir reaccionar ante la muerte de nuestra historia física, de nuestras fábricas, palacios, jardines históricos, la judería, las murallas, las antiguas calles cargadas de recuerdo vivo, el no rendidos ante el monstruo que devoraba nuestro trabajo y nuestro pan y obligaba a nuestros hijos a huir de su tierra.

“Si solo me hubiera dado cuenta antes”, nos decimos, derrotados. “Si hubiera conservado la fe en mi tierra, en la que recuerdo, en la verde, en su historia, en la orgullosa, en la grande.”

“Si hubiera pretendido dejar la mejor herencia a mis nietos, en lugar de permitir esta destrucción. Si hubiera apreciado la herencia de mis padres, no como un objeto que se compra y se vende, sino como la propiedad de mis hijos. Si no hubiera preferido estar de brazos cruzados mientras veía día a día, año a año, cómo destruían los colores de los montes que antaño me recibían cada mañana. Si no hubiera admitido estos pactos con el maligno y hubiera luchado por mi tierra y por mi alma...” Y estas lágrimas no nos salvarán de nuestra ruina. Hemos perdido la partida, agotado las monedas. Jamás volveremos a jugar. Solo quedará el dulce pasado y la amargura presente.

Y al volver de nuestro viaje imaginario, podemos ver que aún estamos a tiempo, que podemos luchar. Que nuestra tierra sigue siendo verde, que podemos hacer que nuestros nietos se sientan tan orgullosos de sus raíces como lo estuvieron nuestros abuelos.

Pero solo lo lograremos si conseguimos que no se cumpla este futuro. Si reaccionamos con determinación y unidad. Si dejamos de rendir cuentas a los colores que nos han sido impuestos desde afuera y que reclaman nuestra ruina mediante mentiras. Si dejamos de lado nuestra guerra fratricida para tratar de salir a flote. Si dejamos de tirar piedras a nuestros tejados por órdenes de afuera. Si, como un solo hombre, nos unimos para rescatar nuestra historia y nuestro recuerdo, tanto el físico como el cultural, dando honor a la ciudad de Béjar, Muy Noble, Muy Leal, Liberal y Heroica. Si no dejamos que nuestro verde manto caiga en manos de especuladores destructores de bosques, si no abandonamos a nuestra juventud y no los obligamos a abandonar su hogar por la incompetencia y la desidia de quienes deben velar por su bien.


Estamos a tiempo de recuperar nuestro papel de cabeza comarcal que tuvimos, debemos lograr una sanidad digna, una buena educación para nuestros hijos, tenemos que unirnos para que todo el mundo sepa que Béjar no ha muerto, que aún se puede invertir en nuestra tierra sin tener que destruir nuestros montes, que la riqueza de nuestro patrimonio volverá a resplandecer, que nos negamos a aceptar el futuro que nuestros ojos auguran. Porque yo creo que si nos deshacemos de las etiquetas y prejuicios que nos hemos ido poniendo, salvo de la de “bejaranos”, y comprendemos la fuerza que podemos tener todos juntos, lograremos ahuyentar el fantasma del fracaso y de la ruina que nos asola.

Este será nuestro futuro si no reaccionamos, inexorablemente así será nuestro mañana.

Seguramente ha habido mucho que se ha podido hacer en el pasado y no se ha hecho. Está claro que ya se ha causado mucho mal a Béjar, podemos ver calles de la zona histórica completamente abandonadas a su suerte, y cómo poco a poco van cayendo. Podemos sentirnos abatidos al ver que, tal y como está nuestra ciudad, el futuro que hemos imaginado está más cerca incluso que los cuarenta años que dimos de plazo. Podemos pensar que no llegamos a tiempo para salvarla. Mucho hemos perdido por este camino que hemos elegido vivir, demasiado tiempo hemos andado por la senda que conduce a la destrucción. Estamos a tiempo de evitarlo, estamos a tiempo de rescatarnos, estamos a tiempo de dar a nuestros descendientes la mejor herencia.

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