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miércoles, 16 de mayo de 2012

El pajarillo


Hoy os dejo una canción que dede siempre me ha encantado, por su sensibilidad, sutileza y la historia tan bonita que nos cuenta. 
Se trata de "El pajarillo" de Marcos Vidal. Abajo os he dejado la letra, espero que la disfrutéis tanto como yo. 


 

 
Era un joven pajarillo que vivía en el canal
de un arrollo escondido en Guinea Ecuatorial,
y contaban en su aldea, con recelo y curiosidad,
que en algún país del norte celebraban la Navidad.
Decidió surcar el cielo, conocerla de forma personal,
pues decían que su historia, era capaz de transformar.
Estás loco, le dijeron, nunca lo podrás lograr.
Pero era mayor el deseo en su alma y ansia de volar.
 
¿Quién eres tú, Navidad. ¿Dónde te puedo encontrar?
Soy capaz de cruzar el mundo por saber si eres verdad, 
por ver si es cierto que puedes hacer feliz a un mortal.
 
Y voló sobre los montes de la selva hasta el mar,
noche a noche, día a día, se negaba a descansar.
Evadiendo los peligros, consiguió cruzar el mar
y alcanzando el continente, se decía, voy a llegar.
Pero cuanto fue su asombro su tristeza y decepción,
cuando vio que aquellas gentes eran igual en su interior.
Conocían, sí, la historia y era otro su color,
pero el  fuerte vacío en su ser era el mismo,
vivían sin amor.
 
¿Quién eres tú, Navidad. ¿Dónde te puedo encontrar?
Soy capaz de cruzar el mundo por saber si eres verdad, 
por ver si es cierto que puedes hacer feliz a un mortal.
 
Remontó otra vez el vuelo, aunque un poco lento ya,
porque el frío hacia mella en su sangre tropical.
Y, de pronto, se dio cuenta de que no podía volar,
y cayó sobre la nieve, le costaba respirar.
Una niña, en la mañana, lo llevo hasta su hogar,
donde, al fuego de una lumbre, celebraban la Navidad.
Todavía respiraba, pudo ver aquel lugar,
y escuchó con un ultimo aliento la historia
sublime y sin igual.
 
¡Oh Ven!, ¡ven a mi, Navidad! Soy un pajarillo tropical.
Es difícil dar contigo en un mundo de adversidad.
Al fin te veo y te saludo, sé que tu encuentro es mi final.
Por alcanzarte he perdido todo y sin embargo,
he aprendido a volar, he ganado tu verdad.
Conociéndote ya sé lo que es amar.
 
 
 

martes, 24 de abril de 2012

Pobres


El precioso BMW  se deslizaba por la maltrecha carretera rural que les devolvía del agradable fin de semana que habían pasado. El motor de gran cilindrada rugía y hacía girar las cabezas de todos los lugareños con los que se cruzaban, eran gente humilde, de esos que se ganan la vida con sus propias manos.

Miguel había reservado aquel fin de semana para pasarlo con su hijo, David. Tenía la firme intención de que aprendiera a valorar la suerte que tenía por haber nacido en esa familia, con aquella posición de privilegio, que supiera ver que no todo el mundo podía gastar tanto como ellos, que la gente normal sobrevivía con mucho menos. Había hecho ese viaje para que David viera lo pobres que eran aquellas gentes.

El fin de semana pasó. Habían estado en la casa de un familiar lejano con su familia. El pequeño se lo había pasado en grande, todo el día jugando con sus primos y construyendo mundos de fantasía de esos de los que solamente los niños son dueños. Miguel estaba seguro que después de aquella experiencia su pequeño se portaría mucho mejor al ver la suerte que tenía y lo desdichados que eran aquellos pueblerinos.

- ¿Qué te ha parecido el fin de semana, David?

- Me lo he pasado genial, papá. Muchas gracias por este fin de semana.

- Me alegro mucho de que te lo hayas pasado tan bien. – El padre sonrió a su hijo a través del espejo retrovisor. – ¿Has visto lo pobre que puede ser la gente?

- Sí, papá. Lo he visto.

- Y ¿qué has aprendido de este fin de semana?

- Pues he aprendido que nosotros tenemos un perro muy pequeñito, mientras que ellos tienen 4 perros enormes y preciosos. He aprendido que nosotros tenemos una piscina cuadrada y que ellos tienen un río tan grande que nunca se termina. – El gesto del padre comenzó a cambiar.- He aprendido que nosotros tenemos un jardín rodeado por un muro de ladrillos y ellos tienen un jardín que no tiene fin. He aprendido que nosotros tenemos lámparas en el techo porque no tenemos la suerte de tener un cielo lleno de estrellas como ellos. He aprendido que tenemos que viajar en este coche porque no podemos tener un caballo. He aprendido que tengo una habitación llena de juguetes porque no tengo un patio de juego que llega hasta el horizonte. He aprendido que no puedo jugar en la calle porque hay muchos coches y gente mala, mientras que ellos pueden jugar por todo el campo.

El padre ya estaba sin habla.

- Muchas gracias papá. Gracias por enseñarme lo pobres que somos.

martes, 10 de abril de 2012

Arregla el mundo


Un gran psicólogo estaba trabajando en su despacho. Andaba enfrascado en un proyecto literario de autoayuda. Arregla el mundo se llamaba la obra que, con tanto esfuerzo y brillantez, escribía. Su intención era la de hacerse rico generando un best seller que, a la vez, pudiera ser un referente que salvara la cultura occidental de la decadencia y la oscuridad total.

Tenía miles de ideas de consejos que dar a sus lectores para que mejorasen el mundo, para que ayudasen a crear una sociedad mejor, para que se hicieran políticas que salvasen las selvas, que ayudasen a los necesitados, que destruyeran las injusticias, que arreglasen todo un poco.

Y entonces entró por la puerta de su despacho su hijo pequeño, de 6 años. Entraba cantando una canción que había aprendido en la televisión. Se puso a corretear delante de él y a gritar el tema de los dibujos animados que acababa de ver. Su padre se puso nervioso, no podía concentrarse en su noble tarea con la criatura haciéndole la vida imposible. Por un momento intentó hacer oídos sordos, no lo consiguió, cada vez se ponía más nervioso. Llamó a su mujer, nadie contestó, recordó que se había ido a casa de su madre a pasar la tarde. Estaba solo con el niño. Se levantó. Algo tenía que hacer para que el pequeñajo no le fastidiase la tarea que tenía programada para ese día. El mundo no se salvaría solo.

Entonces vio una revista. La tomó y la abrió. Se puso a buscar algún pasatiempo o algo que pudiera darle al niño para que se entretuviera. Encontró un mapa físico del mundo. Agarró unas tijeras y se propuso cortar, país por país, ese mapa, con las tijeras. Depositó en su mano todos los pedacitos y se los dio a su hijo junto con un rollo de celofán. Le dio instrucciones específicas para que no volviera hasta que no hubiera resuelto el rompecabezas, y le dijo que no podía mirar otro mapa.

El crío salió correteando del despacho. A buen seguro en toda la tarde no terminaría la tarea, el pequeño desconocía cómo era el mundo, era muy pequeño. Incluso era una tarea muy difícil para un adulto que supiera cómo era el mundo. Colocar cada país en su lugar es muy complicado.

En apenas una hora, el pequeño volvió a abrir la puerta. Cantando y saltando entró a la habitación. El psicólogo, con cara de desesperación, miró a su vástago. Le sorprendió ver que tenía el mapa reconstruido con pedazos de celofán. Parecía que estaba bastante bien hecho. El niño, sonriente, se lo pasó. Lo tomó en sus manos. Estaba perfecto, cada país en su lugar, cada mar en su lugar. Sencillamente perfecto.

- ¿Cómo lo has conseguido, hijo mío? – El padre no podía cerrar la boca de admiración.

- No ha sido complicado, papá. En el otro lado de la hoja estaba la foto de un hombre. Lo único que tuve que hacer fue arreglar al hombre, y el mundo se arregló solo.

El libro del padre fue todo un éxito.

miércoles, 4 de abril de 2012

El peluquero


Un día, estaba un chico en el peluquero. Era un día lluvioso y gris, de esos que no te apetece salir de casa. El chico estaba sentado, aún faltaban dos clientes antes que le tocara el turno y entre esos hombres y el peluquero la conversación estaba llevando unos derroteros que no le gustaban nada al chico.

Entre los dos que le precedían, el peluquero y el hombre al que estaba cortando el pelo estaban hablando acerca de lo mal que iba el mundo, de los políticos corruptos, de las guerras en las que combaten niños, los pequeños que mueren por la avaricia de unos pocos, de lo mal que está todo por todas partes. A lo que salió el tema de ¿cómo puede ser que Dios permita todo esto?, que inmediatamente llevó al Dios no existe, porque si Dios existiera, no permitiría que esto sucediera.

Y ahí siguieron los contertulios mientras iban saliendo unos clientes y entrando otros. Se acordaron de la Iglesia, de los atentados del 11M y del 11S, de Franco, del los locos que entran armados en institutos de Estados Unidos y masacran a quien pillan, incluso mentaron al asesino de la escuela judía en Toulouse.

El chico permaneció callado durante todo este tiempo. No sabía qué decir. Él era cristiano, por eso precisamente no dijo nada. No se atrevía, no encontraba la manera de defender lo que creía ante esos señores. No tenía ni idea de qué le dirían si se enterasen que él creía en ese mismo dios que ellos estaban vapuleando.

Así que no dijo nada. No participó, solamente asintió levemente con la cabeza cuando decían lo mal que estaba esta barbaridad y la otra atrocidad, sin más. Se sentía mal, como si estuviera traicionando a alguien. ¿Por qué no sabía qué decir?, ¿es que tenían razón?. ¿Qué pensarían esos hombre si les dice que no tienen razón?, ¿qué le dirán?

Así que con las mismas, cuando terminó de cortarle el pelo el barbero, se levantó, con toda la educación del mundo le dio las gracias, le pagó, se despidió, abrió la puerta y se fue.

La calle estaba mojada. Parecía que había dejado de llover por un momento, al menos le respetaría la lluvia mientras iba a casa. Entonces miró a la izquierda, y allí vio a un joven. Tenía el pelo largo, suelto, un poco enmarañado por el viento, una larga barba rizada. La chaqueta de cuero que llevaba le hacía parecer aún más duro. Solo le faltaba la Harley aparcada al lado.

Anduvo un par de pasos. Y se paró. Se dio la vuelta. Volvió a mirar al joven de los pelos y las barbas. El chico le devolvió la mirada extrañado.

Se volvió a abrir la puerta, el peluquero y sus clientes se volvieron para ver quien era. Les extrañó ver al chico callado que había estado ahí hacía un momento. Pero no venía solo, venía con el otro joven, el de la chaqueta de cuero y las barbas.

- No existen los peluqueros. - Fue lo que dijo el chico ante la atónita mirada de los presentes. - No existen.

- ¿Qué estás diciendo, chico? - El peluquero estaba totalmente desconcertado. - Claro que existen los peluqueros, aquí estoy yo.

- No existen, eso está claro. Cuando he salido de su establecimiento, he visto a este hombre, y lo he tenido clarísimo.

- ¿Perdona?

- Si existieran los peluqueros, no habría un hombre como este. ¿Por qué tiene los pelos así de largos?, ¿por qué tiene esas barbas? Viendo a este hombre lo tengo muy claro. No existen los peluqueros.

- Claro que existimos los peluqueros. Solamente porque veas a este hombre con esos pelos no significa que no existamos. Lo que ocurre es que él no viene aquí, que no acude a los peluqueros. Vaya una tontería que digas que no existan los peluqueros solo porque no acuda...

Entonces el peluquero se cayó y bajó la cabeza. Se había dado cuenta de lo que pretendía decir el chico.


martes, 27 de marzo de 2012

Debajo de las alas


La mamá pavo iba por el bosque muy contenta seguida de sus polluelos en fila india. Hacía apenas unos pocos días que habían salido de los huevos y la seguían a donde quiera que fuera. Ella estaba muy orgullosa, los polluelos eran muy bellos, llegarían a ser muy buenos pavos, grandes, fuertes, crecerían y se reproducirían para orgullo de su feliz mamá.

Era madre primeriza, pero había tenido buena maestra en el arte de criar polluelos, y había deseado durante toda su vida que llegara el momento en que engendrara vidas, aunque jamás se imaginó que los llegara a querer tanto y que llegasen a ser tan preciosos como ella los veía. Se le caía la baba cuando los veía corretear por entre los matorrales y los árboles siguiéndola por el tupido bosque en la constante búsqueda de un verde manjar que llevarse a la boca.

Pero ese día, algo comenzó a oler mal. La mamá pavo nunca antes había tenido aquella sensación, pero algo en su cabeza le alertó de una manera que no pudo obviarlo. El viento corría desde el arrollo que bajaba de la montaña blanca, desde ese lugar del que llegan los vientos calurosos en verano, y ese aire traía un olor extraño, rancio, incluso oscuro. Era hacia allí hacia donde se dirigía con sus pequeños así que corrigió el rumbo y se encaminó lo más rápido que puso en dirección contraria, huyendo de aquel mal que desconocía, pero de todas maneras temía, ya no solo por ella, sino por sus polluelos que ahora dependían de ella.

No podía ir más rápido, sus pequeños tenían las patas mucho más cortas que ella y se agotaban con facilidad, así que tuvo que adecuarse a su ritmo. Al poco rato, se dio cuenta que el aire ya no solamente traía un olor extraño, sino que también transportaba algo así como una niebla rara, que olía a rayos. Seguía sin saber qué era, pero sí que supo aún más que era algo de lo que debía huir, y de lo que debía esconder a sus crías. Los animó a que fueran más rápido, pero ellos no podían más, estaban agotados, así que tuvo que aminorar el ritmo, los pobres estaban haciendo lo que podían.

Y entonces fue cuando empezó a nevar. Pero no era una nieve normal, era una nieve muy extraña. No mojaba, solo manchaba. Y tampoco era del todo blanca, parecía como gris. Pronto, todo se comenzó a llenar de esa nieve. Cuando se quiso dar cuenta, vio que estaba sola, que sus pequeños no habían podido seguirla. Desesperada, se dio la vuelta y volvió sobre sus pasos para intentar buscarlos, no podía dejarlos a merced del mal que los perseguía.

Lo encontró un poco más atrás en el camino. Estaban exhaustos. No podían dar un paso más. Ella podía seguir adelante, pero sus polluelos no lo lograrían. Los abrazó mientras fue consciente del calor que estaba empezando a hacer, los guardó a todos bajo sus alas. Ya era muy difícil respirar a causa de la niebla que lo estaba llenando todo. Y entonces fue cuando vio lo que estaba causando ese infierno.

Delante se alzaba imponente una masa amarilla, roja, brillante, ardiente, demoledora. Estaba devorando los árboles uno a uno, todos los animales que no huían de esa destrucción eran deglutidos sin compasión.

De pronto, la desesperación le embargó. No podía ser, ella y sus pequeños iban a ser destruidos por ese ardiente y brillante mal que se acercaba, alentado por el viento, justamente hacia ellos. Entonces tuvo que tomar una decisión. Aún podría huir, pero solamente ella, tendría que dejar atrás a sus pequeños. Pero no podía hacerlo, los amaba, quería que crecieran, que experimentaran la belleza de la vida, que aquel no fuera su último día. Sus pequeños no lo lograrían.

Y allí continuó, abrazando a sus pequeños, no los iba a dejar solos ante el terrible enemigo que les tocaba enfrentar. Abrazó con más fuerza a sus polluelos, los sentía ahí debajo. Provablemente fuera lo último que sintiera en su vida, pero se alegró de morir con sus crías bajo sus alas. Aquella niebla estaba acabando con su consciencia, y con ese último momento de lucidez, deseó con todas sus fuerzas que al menos sus pequeños sobrevivieran a aquella destrucción. Teniendo a todos sus hijos bajo las maternales alas del ave, dejó de sentir, de pensar, de existir.

Cuando el mal hubo pasado, dejando todo muerto y gris a su paso, solo quedó un montículo carbonizado de lo que había sido aquella madre que se sacrificó por estar con sus hijos en esos fatídicos momentos.

Y entonces fue cuando algo dentro de ese negro montículo se movió. Un poco, después un poco más, hasta que de él salió un pequeño pico, que se revolvió para hacer paso a la cabecita de uno de los hijos de la sacrificada madre. Poco a poco, salió de entre esa montañita que marcaba lo que había sido su madre. Le siguieron el resto de los pequeños que, en fila india, siguieron al primero que salió en su búsqueda de la nueva vida que su madre, con su sacrificio, les había regalado.

jueves, 15 de marzo de 2012

El acuario


En una carísima clase de gestión de recursos y tiempo especializada para grandes empresarios, el encargado de darles la charla, llevó al frente una enorme pecera vacía, y la colocó encima de la mesa donde se supone que debería poner los documentos y gráficos que usaría para su clase magistral. Todos los asistentes le observaban con la boca abierta, no se imaginaban para qué podría servir ese enorme acuario.

- Buenos días, mis queridos amigos. – El profesor se paseó entre sus acaudalados y poderosos alumnos en dirección al final de la clase. - Hoy vamos a aprender la lección más importante que podemos encontrar en cuento a la gestión de nuestros recursos y de nuestro tiempo, aprenderemos a gestionar nuestras prioridades, a dar un grado perfecto a nuestros intereses, deseos y expectativas en cuanto a nuestros recursos físico-temporales y a optimizarlos para favorecer lo realmente importante. – Se agachó y agarró un pesado saco que parecía lleno de inmensas piedras. Con mucho trabajo, lo empujó hasta el frente, lo abrió y comenzó a sacar piedras, que poco a poco, fue depositando en el acuario.

Los asistentes al taller, le miraban estupefactos, habían pagado un buen dinero por ver a un hombre introducir piedras en una caja de vidrio. El profesor, piedra a piedra, llenó la enorme pecera hasta que ya no cupo ninguna de esas grandes piedras.

- Muy bien, compañeros, ¿alguien podría definirme en qué estado se encuentra esta pecera?

- Bueno, señor, pues creo que ahora el acuario está lleno. – Dijo uno de los trajeados asistentes.

- Respuesta incorrecta, amigo. – El profesor volvió a la parte de atrás de la clase, de donde levantó, con esfuerzo, una caja de madera que estaba llena de algo. – Es bastante fácil el poner la excusa de que nuestra agenda está llena. Pero nos debemos preguntar si realmente lo está. – Llevó la caja hasta el frente y la apoyó al lado del acuario. Tomó fuerzas para levantar la caja y, poco a poco, vació su contenido en el acuario. Eran unas piedrecitas y guijarros que, poco a poco, fueron llenando la pecera, introduciéndose en los huecos que dejaban las enormes piedras. Cuando llegó hasta arriba, dejó la caja a un lado. - ¿Veis?, no estaba tan lleno al fin y al cabo.

- ¿Alguien podría describirme el estado de este acuario ahora?

- Pues, parece que, al menos, un poco más lleno que antes. – Respondió uno de los asistentes.

- Muy bien, amigos, pero esto no se ha acabado. – Volvió a dirigirse al final de la clase y cargó un cubo a la parte de adelante. Vació su contenido en la pecera, arena fina, que se introdujo en los pequeños huecos que habían dejado los guijarros. Cuando lo hubo terminado, se volvió a su audiencia.

- ¿Cómo está ahora?

- Lleno. Ahora sí que está lleno – Contestó el mismo que había fallado en la respuesta la primera vez que preguntó eso mismo el profesor.

- De nuevo, amigo, respuesta incorrecta. Aún podemos llenar más nuestra agenda, aunque parezca que no.

Esta vez, sacó de detrás de la mesa donde estaba el acuario, una jarra de agua, cuyo contenido vertió en la pecera. La arena fue absorbiendo el agua hasta que ya no cupo más.

- Mis queridos amigos, ¿cuál es la enseñanza que podemos extraer de este acuario?

- ¿Que nunca podemos decir que nuestra agenda está demasiado llena?

- Respuesta incorrecta. – Respondió el experto - De aquí podemos aprender que si no ponemos las piedras más grandes lo primero, jamás podremos colocarlas ya.

lunes, 12 de marzo de 2012

Cristiano de nombre

Cuando la batalla recrudecía, es cuando más unidos tenían que estar los ejércitos griegos. La formación de falange requería que todos y cada uno de ellos actuaran en total unidad y como un solo cuerpo.

Y aquella batalla era una de esas en las que los grandes guerreros griegos se ganaban su nombre. Una de esas en las que el coraje, la determinación, la unidad y el entrenamiento hacía la diferencia entre la vida y la muerte. La batalla estaba en el momento más dramático, en ese en el que casi cualquier cosa puede pasar, en ese en el que hasta el soldado más capaz y más valiente teme por su vida.

Y aquel soldado temió.

En un momento, cuando se veía claro que los soldados persas iban a embestir con toda su crudeza, el soldado abandonó la formación y salió corriendo para ir a refugiarse en unas rocas cercanas. Quería esconderse allí. Él tenía familia, tenía hijos pequeños, una mujer. No podía permitirse dejarlos sin nadie que los protegiera. Así que huyó. Se metió entre las piedras y allí se hizo un ovillo mientras sus compañeros se esforzaban por no perder la batalla, mientras los demás trataban de cumplir con su lugar, y con el del soldado cobarde que los había dejado en el último momento.

Muchos cayeron en ese día. Demasiados. Por el soldado cobarde y otros como él, murieron hombres valientes. Muchos padres, esposos e hijos. Pero la victoria fue griega.

Y al soldado cobarde le llegó el momento en que tuvo que comparecer ante el gran Alejandro el Grande, el conquistador del mundo. Rodeado de sus generales con engalanadas armaduras, el gran general de Grecia estaba delante de él, mirándole con desprecio.

- Por tu cobardía han muerto soldados valientes. Si no actuamos como una unidad, si no somos valientes, si no actuamos como debemos, seremos derrotados. Y más hombres morirán. Soldado, ¿cual es tu nombre?

El soldado, avergonzado, bajó la cabeza. - Alejandro, Gran Rey. Mi nombre es Alejandro.

El Magno le observó sobresaltado. A los pocos segundos, le miró a los ojos y le dijo: - O cambias de nombre o cambias de actitud.

martes, 21 de junio de 2011

El burro

Hace unos años, había un padre y su hijo que viajaban con su burro desde su pueblo a otro para mostrárselo a un posible comprador.

El caso es que el camino era bastante largo y, para que el burro no se cansase demasiado, decidieron que irían andando. De esta manera el asno llegaría bien lustroso y sano para que lo viera el comprador.

Cuando pasaron por el primer pueblo de su ruta, todo el mundo se paraba y les miraba descaradamente. Vieron que la mayoría se reía entre dientes. Escucharon algunos que cuchicheaban con sus compañeros diciendo: “¿habéis visto este par de pringaos? Van con un burro el padre y el hijo, el par de tontos y ninguno va montado en él, seguramente sean tan tacaños que tengan miedo de desgastar al burro, ¡vaya par de idiotas!”

El padre, humillado, pensó que la gente podría tener razón y que quizá debería ir montado su hijo en el burro para que se cansase menos el niño y así el burro tampoco llegaría demasiado fatigado. Así que agarró al chico y lo subió al burro para continuar su travesía.

En el siguiente pueblo que cruzaron, iba el padre guiando al animal y el chico subido encima. También vieron que todo el mundo se les quedaba mirando, pero esta vez no se reían, esta vez eran miradas inquisitorias las que atravesaban a los paseantes. Escucharon las conversaciones de alguno, “Pues no tiene poca vergüenza el chico, el pobre padre andando y el joven tan feliz y tan contento subido encima del burro. Hace falta ser desgraciado para tener al padre andando con el calor que hace.”

Cuando hubieron atravesado el pueblo, el padre pensó que quizá tenían razón, así que bajó al crío del burro y se subió él. Así llegaron al tercer pueblo.

Cuando lo anduvieron cruzando, también todo el mundo se paraba y les miraba, esta vez las miradas eran más como exámenes. La cara de la gente era como una condena hacia el padre, mientras miraban con ternura al chico que guiaba al burro. “Menudo padre más desvergonzado, él va encima del burro tan contento, mientras el pobre crío tiene que ir andando. A saber de dónde vendrá el pobrecito andando mientras su padre va sentado, seguramente le irá riñendo y todo.”

El padre, ya seriamente cansado de las opiniones de la gente de los pueblos, decidió que, para que nadie se quejase en el siguiente, lo que haría sería montar también a su hijo en el burro, así nadie iría andando y no tendrían motivos para juzgarle por nada.

Cuando llegaron, aún las miradas eran peores. Parecía como si, de pronto, todo el mundo odiase a ese hombre. “¡Habrase visto!, ¡vaya par de zánganos!. Pues ¿no van los dos tan felices y tan contentos subidos a lomos del pobre burro y el pobre animal no puede ni respirar?. ¡Más les valdría tener un poco más de vergüenza y dejar al asno vivir en paz!.

Cuando el hombre con su hijo y el burro hubieron llegado al fin a su destino, habían aprendido una valiosísima lección. Si lo que intentas al hacer algo es agradar a la gente, no seguirás lo que tú piensas que es mejor, y hagas lo que hagas, jamás tendrás a todos contentos.

martes, 31 de mayo de 2011

El Juez

Había en una ciudad de un país lejano un Juez. Este Juez era respetado por toda la ciudad porque siempre impartía justicia de una manera exquisita. Todos aquellos que habían sido condenados por él, aunque tuvieran que sufrir el pago de lo que habían hecho, siempre eran conscientes que aquella condena que les había impuesto este Juez era completamente justa y merecida. Su manera de impartir ley era tan delicada que nunca había tenido un caso en que los acusados se hubieran quejado de sufrir una condena demasiado severa, y tampoco se había dado el caso en que los acusadores estuvieran disconformes con la levedad de la pena.

Pero este juez iba mucho más allá. No solamente cumplía con su tarea de impartir justicia de una manera tan esmerada y perfecta, sino que realmente su vida la había dedicado a la justicia. Su amor a la ley y a la responsabilidad individual era tal que literalmente había consagrado su vida a esto. No podía ver una injusticia por la calle sin tratar de arreglarla, había enseñado a su hijo cuanto había podido para que también amara la equidad, jamás había sido injusto con nadie. Verdaderamente este hombre era un ejemplo de rectitud. Y todos lo sabían.

El problema residía en su hijo. Seguramente fue el hecho de vivir en un hogar tan estricto que le hizo rebelarse. Pero él sencillamente no aceptaba la obsesión de su padre por la perfección de la ley. Para él un buen día era estar con sus amigos de fiesta durante tantas horas como aguantara el cuerpo, pasándoselo bien, pisando a quien fuera necesario para lograrlo. Para él la idea de responsabilidad o justicia no era para nada atractiva, es más, muchas veces, solo por diversión, trataba a posta de hacer injusticias a la gente. Aunque solamente fuera por contradecir a su padre, aunque no sacara nada bueno a cambio.

Llegado un momento, su padre lo sabía todo. El Juez había oído de los vecinos, de los ciudadanos que hablaban de su hijo como un delincuente, como un drogadicto, como un caso perdido. Por eso el padre intentaba convencer a su hijo cada día, intentaba mostrarle su amor por él y por la rectitud, pero su hijo no quería escuchar. Este hijo no solamente estaba pisoteando el amor de su padre y el ejemplo que le había dado, sino que a los ojos de toda la ciudad, este hijo deshonraba a su padre, pisaba el buen nombre que había forjado. Ahora ya no era el buen Juez justo, sino que era el que crió a un hijo rebelde, a un malhechor. Pero lo peor de todo es que estaba rompiendo su corazón. Todo el ahínco que había puesto en criar a su hijo, en inculcarle los valores que él amaba, todo el amor que había desparramado en su pequeño, estaba siendo escupido. Parecía como si su propio hijo le odiara. Y eso era algo que destrozaba al Juez por dentro.

Y entonces llegó el día. Este Juez estaba trabajando, como cada, día en el juzgado. Estaba en su despacho cuando llegó, como cada mañana, la secretaria para traerle la información del caso que llevaría en ese momento. Se trataba de un caso de asesinato. Por la zona donde había sido y las horas, debía haber sido alguna pelea nocturna provocada por el alcohol y el desfase festivo. Por lo que explicaba el informe, debía haber sido algo brutal. Los escabrosos detalles que explicaba el papel que leía el juez pondrían los pelos de punta a cualquiera. No solamente había sido un asesinado por un accidente en una pelea, el asesino se había ensañado con crueldad y alevosía. En la mente del Juez ya se comenzaba a fraguar la condena que sería la más justa.

Entonces fue cuando el semblante del Juez se oscureció por completo. Vio el nombre del acusado, del autor de semejante carnicería. Era su hijo. Su propio hijo, no solamente había pisoteado su nombre, su amor y todo lo que creía importante, sino que había arrasado la vida de un joven, y lo había hecho con toda la fuerza, la crudeza, con toda la impiedad que fue capaz. La mente del Juez solamente podía imaginarse a su propio hijo, con la cara descoyuntada de ira y maldad propinando golpes con una piedra en la cabeza de aquel chico mientras éste luchaba por su vida, gritaba con todas sus fuerzas, mientras este chico perdía el aliento a manos de la persona que el Juez más quería, se podía imaginar la sonrisa descompuesta por la brutalidad de su hijo mientras asesinaba fríamente a un semejante. No podía imaginar un crimen peor. Sabía perfectamente la pena que merecía este hecho. Pero no podía, no podría ejecutar la justa sentencia contra su propio hijo. Su hijo era perverso, era ciertamente malvado, pero era su hijo. Él no veía la triste y cruel realidad presente de lo que era su hijo, él veía lo que podría llegar a convertirse. Su hijo era alguien muy inteligente, en su niñez tenía un gran corazón, le gustaba hacer casetas de madera para los perros abandonados en la calle, su hijo podía cambiar a toda esta ciudad, pero no para mal como lo estaba haciendo, él podía hacerlo para bien, y su padre lo sabía. Si pudiera hacerle entender lo que él sentía, su pudiera cambiar su destino de alguna manera, lo haría.

Y el Juez estaba en una encrucijada. Si liberaba a su hijo como ciertamente deseaba, estaría pisando la justicia que le había caracterizado durante toda su vida, la razón de su existencia. Y no solamente eso, sino que estaría siendo tremendamente injusto, la familia destrozada del chico asesinado por su hijo demandaría, con toda razón, una justicia eficiente. No podía dejar el crimen sin pagar. Pero no podía. No podía hacer pagar a su hijo. El justo pago por el crimen era la muerte. Y él lo sabía.

-Después de estudiar el caso con todas mis fuerzas,- El Juez hablaba delante de los asistentes al juicio, delante de él, estaba su hijo esposado, con la cabeza agachada, llorando. -Y creedme que es el caso más difícil en el que he trabajado- La voz le abandonaba, las fuerzas le flaqueaban, una lagrima se escapaba por sus ojos. Sus manos, temblorosas, colocaban y recolocaban las hojas que descansaban en su púlpito, su corazón estaba destrozado. -Y he tomado una decisión al respecto del acusado.- Una ola de cuchicheos llenó la estancia. Unos aseguraban que perdonaría a su hijo, otros que seguiría la senda de la justicia, como siempre había hecho. El hijo, que conocía a su padre, sabía que le condenaría, siempre había amado más la justicia que a su propio hijo. -Mi decisión es que el acusado es culpable- el silencio era sepulcral en la sala -y su justa sentencia es la muerte- apenas se escucharon las últimas palabras, pues el Juez estaba ya demasiado afectado, solamente se escuchó el fuerte estruendo del martillo, señalando que la justicia había sido satisfecha.

El hijo bajó la cabeza, llorando, él sabía que la condena era justa. Su padre le había avisado demasiadas veces, y ahora realmente se había pasado de la raya. No podía esperar quedar impune después de la salvajada que había hecho.

-Señores, señoras, me gustaría apelar a la “Ley de sustitución.”- Esto si que disparó los cuchicheos en la sala, el hijo levantó la vista, aquello si que no se lo esperaba. -Según esta ley, cualquiera puede aceptar voluntariamente la condena de un familiar, cumpliendo de esta manera la justicia al mismo tiempo que el condenado queda libre. Quiero morir yo, cumpliendo el castigo de su asesinato, permitiendo de esta manera que él viva.-

El hijo cayó al suelo, de rodillas, llorando a más no poder. Su padre había sido perfectamente justo y al mismo tiempo le había amado más que a su propia existencia. Iba a pagar su cuenta con su vida. Poco a poco, llorando, se acurrucó en el suelo, sin poder hablar, ni moverse, solamente podía llorar, arrepentido, humillado, profundamente amado.

Dos días después se cumplió la pena. El Juez murió por aquello que no merecía. Ahora el chico era libre, era libre de su condena pero también era libre de su rebeldía, era libre de su crueldad, era libre del sentimiento de acusación a su padre, el Gran Juez. A partir de aquel día, ese chico no fue el mismo, con actitud de humildad, sabiendo que su vida no le pertenecía, sino al recuerdo de su padre y al servicio de la justicia, buscó hacer lo que a su padre le hubiera gustado. Llegó a ser un gran juez en esta ciudad, llegó a ser respetado, a ser amado, llegó a lograr que la gente olvidara su funesto crimen. Al fin, por medio del sacrificio del Juez, su hijo llegó a ser lo que su padre sabía que podía lograr, su hijo consiguió cambiar la ciudad para bien, tal y como el Juez anhelaba. El amor de su padre cambió su destino, logró su perdón y le salvó de su propia destrucción.

lunes, 18 de abril de 2011

Los tres árboles

Había una vez, en un bosque a orillas de un río, tres pequeños árboles. Estos árboles siempre habían vivido muy cerca entre sí y se habían hecho muy amigos. Compartían cada día con los otros sus sueños, las ilusiones que tenían para cuando crecieran. Todas las mañanas, con una conversación cargada de esperanzas y de confianza, hablaban de su futuro, de cómo sería su porvenir.

El primero, con gran entusiasmo, compartía: “Yo sueño con crecer grande y fuerte, que mi madera llegue a ser una de las más preciosas del mundo, y que con ella hagan un enorme y cuidado cofre. Un cofre labrado por los mejores artesanos con las filigranas más preciosas, que los cerrojos y las junturas sean de plata fina, quiero tener oro y diamantes engarzados en mi piel. Quiero encerrar en mi interior los más grandes tesoros del mundo, las piedras más preciosas, la corona del mayor rey de la historia, quiero que el oro que yo encierre valga más que un país. Sí, eso quiero ser, quiero ser el que encierre la mayor riqueza del mundo.”

El segundo, con determinación férrea comentaba: “Cuando crezca yo seré un árbol con una madera tan noble y dura que la usarán para crear un galeón. El galeón más robusto que se haya construido jamás. Mi madera será tan noble, tan valiosa, que el agua jamás la pudrirá. Adornarán el casco del galeón con flores y con especias aromáticas para que siempre huela como merece. Pero no será un galeón cualquiera, será el galeón de un gran rey. En mi galeón, este rey, el mayor sobre la faz de la tierra, surcará los enormes mares y océanos para moverse por las vastas tierras sobre las que es soberano. Me llamarán “El Rey de los Mares”. Todos me admirarán, todos me amarán. Sí, eso seré, seré el robusto y precioso galeón del Rey.”

El tercero, ilusionado, decía: “Pues yo quiero ser un árbol muy alto, tan alto que incluso las aves al volar puedan cobijarse a mi sombra. Desde las mayores y más famosas ciudades sabrán de mí, y me verán al horizonte desde los confines de la tierra. Todo el mundo sabrá que yo estoy aquí, y me vendrán a ver desde los lugares más recónditos de todo el planeta. Los animales y las familias se acercarán a mi descomunal sombra para descansar en verano, y para refrigerarse en los preciosos regatos de agua cristalina que surcarán las sombras de mis muchas hojas. Sí, eso voy a ser, el lugar que se vea desde todo el mundo, el sitio donde todos, grandes y pequeños vayan a refugiarse del sofocante sol.

Pasaron los años, y parece que nada salió como ellos esperaban.

El primero, no creció tan grande y tan fuerte como imaginaba. Su dureza y la pureza de su madera no eran las necesarias para un cofre tan precioso como él imaginaba. Y un día vinieron a cortar su tronco. Con él hicieron algo que no le gustaba nada. Uno de aquellos cajones donde ponen la paja para que coman los burros. Lo que fue el árbol con sueños gloriosos lloraba angustiado, su existencia había sido un fracaso.

La madera del segundo no terminó siendo tan robusta como para construir un galeón, mucho menos para un rey, además, no era tan grande como para abastecer para toda una nave tan descomunal. Un día vinieron a por su madera. La usaron para hacer un pequeño bote de pesca, uno de aquellos diminutos que usan los pobres pescadores para conseguir su sustento. Sus sueños de llevar a un rey, de ser admirado, de oler a rosas, fueron truncados. Ahora llevaba a un pobre, daba bastante lástima y siempre olía a pescado de una manera tan profunda que nadie quería acercarse a él. Otro sueño truncado, otro fracaso para los sueños del pobre árbol.

Y en cuanto al tercero, bueno, no creció mucho. Terminó siendo un árbol débil y deforme. Nadie venía a refugiarse a su sombra, porque sencillamente no tenía. Ni los leñadores quisieron su madera, era demasiado fea y poco ardería. Un día, una tormenta de agua, desbarató sus maltrechas raíces y destruyó el ya penoso árbol. Ahora se moría, tumbado, penoso, acabado.

Unos años más tarde, una familia tuvo que quedarse a dormir en el establo donde estaba el primer árbol. La mujer estaba embarazada y tuvo que dar a luz en semejante cochiquera. Cuando el precioso bebé hubo nacido, usaron el cajón, el pequeño pesebre que un día fue el árbol con sueños, como cuna para el pequeño. Cuando el pesebre vio que venían a verle pastores que le adoraron, cuando vio los coros celestiales que cantaban en su honor, se dio cuenta. Había logrado su sueño, pero no como esperaba. Ahora, en su interior, estaba el mayor tesoro de todo el mundo, del universo entero. Y esto fue posible gracias a que no creció tal y como él imaginaba que iba a ser lo mejor.

Algunos años después, el segundo árbol llevaba a un tal Jesús por el Mar de Galilea. No surcaba grandes océanos, olía a pescado más de lo que se atrevía a aceptar. Pero cuando vio la multitud que esperaba siempre allá donde iba, cuando escuchaba las palabras de su huésped, fue consciente que también había cumplido su sueño. Era el transporte del mayor rey, del único rey de todo el mundo. Y esto no lo habría podido conseguir si se hubiera convertido en el galeón que soñaba.

Un tiempo más tarde, un grupo de soldados romanos andaban por el bosque buscando árboles caídos para llevarlos a Jerusalén. Encontraron al tercer árbol. Lo cargaron hasta un pequeño monte junto a la ciudad. Allí, lo cortaron para sacar una cruz donde moriría un criminal, iba a servir para matar a una persona. Cuando colgaron al preso en su madera, fue consciente de la verdad. Había cumplido su sueño de la forma más increíble. Cuando se oscureció el cielo, cuando vino un terremoto, cuando todo el mundo se volvió loco y aquel romano dijo que verdaderamente era el Hijo de Dios, lo vio. No creció alto y fuerte, pero en todas las ciudades de la tierra se terminaría viendo su forma, no circularon manantiales de agua cristalina, pero circuló la sangre que limpiaría al hombre de sus pecados. No terminaría acogiendo a familias en verano, sino que serían millones los que acudirían a sus pies a refrigerar sus almas. Este árbol, de haber sido precioso y enorme, no habría logrado tal gloria.

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