Hace unos 2500 años, una tribu bárbara procedente
de las costas norteñas de la actual Dinamarca, Suecia y Finlandia se asentaron
en el corazón de la Europa
del Este para desde allí, poco a poco, ir cayendo cada vez más al oeste empujados
por avances de otros pueblos bárbaros. Los vándalos.
Este pueblo, aunque pueda parecernos lejano y que poco o
nada tiene que ver con nosotros, la verdad es que, aunque sea indirectamente,
nos ha afectado hasta tal punto, que seguimos acordándonos de ellos en nuestra
habla cotidiana y millones de personas siguen viviendo en un lugar que recibe
su nombre directamente de los vándalos.
A comienzos del siglo V, los vándalos, que se encontraban
situados en la frontera oriental del imperio romano, al norte de la capital del
este, Constantinopla, rebasaron el borde de la “civilización” y se lanzaron a
la búsqueda de la porción del Imperio que les tocara dentro del “bufet libre”
en que se había convertido la zona occidental de Europa. Aunque, en un
principio, la intención de los bárbaros que, oleada tras oleada, se lanzaron a
la rapiña del Imperio Romano, no era otra que la de participar de la grandeza y
riqueza romanas, y no la de conquistarlo, el caso es que, incluso actuando en
su supuesto nombre, destruyeron lo que durante siglos fue la primera potencia
mundial y la única de todo el Mediterráneo. En el 409 llegaron a la Hispania , en 425 asolaban
y saqueaban Cartago Nova y en el 426 arrasaban Hispalis para después cruzar el
estrecho de Gibraltar y finalmente establecerse en el norte de África poniendo
su capital en Cartago. De esta manera se hicieron con una de las regiones más
importantes del imperio, la que producía los cereales que alimentaban a las
otras provincias, por no hablar de la importancia comercial y naval del gran
puerto de Cartago.
De esta manera, ahora los romanos se veían en la obligación
de comprarle el cereal a los vándalos, además de la pérdida que supuso el
control de los bárbaros sobre el comercio de lo que hasta entonces había sido el
lado privado del Imperio. Sumado a la inestabilidad que supuso el hecho de que este pueblo usara la flota imperial de Cartago para piratear y sembrar el caos en el anterior Mare Nostrum, dieron más de un dolor de cabeza a los que hasta hacía poco habían dominado el mundo.
Los vándalos eran cristianos, al igual que los habitantes
del reino que habían conquistado. El problema es que eran de una rama cristiana
llamada “arriana”, algo así como los precursores antiguos de los actuales
Testigos de Jehová, considerada como herética repetidamente por la iglesia católica. Aunque su crueldad y malicia ya se dejó patente en los
saqueos y destrucciones que perpetraron en su larga marcha desde su reino
primigenio, en Europa del Este hasta el Magreb donde terminaron estableciéndose,
el caso es que con los habitantes que ya había en el lugar donde se
establecieron, pudieron ser testigos de las salvajadas de las que eran capaces.
Los obligaron a la conversión a su rama del cristianismo con los medios más
brutales que fueron capaces de utilizar, añadiendo miles de mártires al
santoral católico. Tanto es así, que desde entonces se acuñó un término para
designar las barbaridades y salvajadas cometidas sin atender a ninguna
consideración ni respeto, el vandalismo.
Aunque desde el Imperio se enviaron algunas misiones para
destruir el reino vándalo y restablecer el control total sobre el Mediterráneo,
no fue hasta la acción bizantina, de mano del emperador Justiniano, que por
fin destruyó el reino vándalo y lo asimiló a sus territorios devolviendo a la
fe católica la importancia que tuvo, en la década de los años 30 del siglo VI, en
un intento de restablecer la gloria y la extensión geográfica del antiguo
Imperio Romano.
Aún así, aunque no conservaron su reino ni su poder, los vándalos
se quedaron en esas tierras, asimilados como parte del Imperio Bizantino. Y así
continuó siendo hasta que, en los últimos años del siglo siguiente, otros conquistadores llegaran
para quedarse poniendo punto y final a la pretensión imperial de volver a poseer la totalidad de la cuenca mediterránea, los árabes.
Como las langostas, los musulmanes iban conquistando todo lo que
encontraban a su paso y nada parecía pararles. En el 698 conquistaron Cartago,
y con él cayó el norte de África. Allí se encontraron con un pueblo diferente,
que hablaba un dialecto extraño del latín, diferentes a los habitantes
originales de esas tierras, los bereberes. Cuando les dijeron que se llamaban vándalos y que venían de las tierras que
estaban al otro lado del estrecho de Gibraltar, donde aún quedaban algunos vándalos en el reino visigodo de Toledo, los árabes no dudaron en bautizar
aquellas tierras con su nombre. Así, para los árabes, a partir de entonces, las tierras en la Península Ibérica que posteriormente conquistarían tomarían su nombre. Al-Vándalus,
de donde viene Al-Ándalus y nuestra actual Andalucía, la tierra de los vándalos
de donde los vándalos no proveían.
1 comentario:
Vaya... Muy interesante, si señor ;)
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